Opinión
Fantasías sobre el 'Guernica'

Por Pablo Batalla
Periodista
-Actualizado a
¿El Guernica es de Gernika? No más de lo que La balsa de la Medusa es mauritano. Fue allí, ante las costas de la actual Mauritania, donde ocurrió el naufragio pintado por Géricault. Pero nadie ha pedido nunca que el cuadro se exponga en Nuakchot, en lugar de en el Louvre. Un pintor andaluz, que se había formado en Barcelona, pintó en París un cuadro encargado por el Gobierno de la República Española —radicado entonces en Valencia— y del que dejó dicho que quería que se expusiese en un museo madrileño —el Prado— cuando la democracia volviera a España. En todo este cóctel geográfico, lo único vasco es el nombre de la pintura y el acontecimiento que la inspiró. Pintura que, luego, se convirtió en un símbolo universal del horror de la guerra. Y que pudo convertirse en ello, en parte, porque en la pintura en sí no aparece un solo identificador gernikarra o vasco. Picasso no dibujó en ella una ikurriña, una txapela, un letrero en euskera: solo rostros humanos y equinos descompuestos por el horror. Ni siquiera aviones con esvásticas que surcaran el cielo que tampoco se ve y que le dieran al cuadro una explicitud antifascista. Picasso no pintó alemanes y vascos tal como Goya no dibujó, en los Desastres, franceses y españoles, sino solo seres humanos. La guerra, casi cualquier guerra. En el Guernica hay una bombilla y ese es el único detalle limitante: ya no vale para las guerras de los romanos o Carlos V, sino solo para las guerras libradas después del invento de Thomas Edison. Pero dentro de estas, para cualquiera. Y por eso se han pintado y se pintan guernicas en los muros de Cisjordania y de Sarajevo, de Vietnam y de Nicaragua.
Isabel Díaz Ayuso tiene razón cuando dice que es un cuadro universal… pero, precisamente porque lo es, no tendría por qué estar en Madrid, y bien podría exponerse en un continente tan espléndido e impecable como el Guggenheim de Bilbao, a tiro de piedra de la vizcaína Gernika. Madrid no es el Universo, aunque el madrileñismo cateto que Ayuso encarna y lidera así lo crea. Madrid no es siquiera España, y bien estaría una España que no fuera un embudo hacia Madrid, en la cual las instituciones se repartieran por el país igual que sucede en otros, e igual que se repartieran los ministerios y el de Agricultura estuviera en Palencia, el de Turismo en Valencia y el de Industria en Bilbao, por decir algo, ocurriera lo mismo con los grandes museos nacionales. Que el Arqueológico estuviera en Numancia, el Museo de América en Sevilla y el Naval, no en Madrid —que tiene bemoles—, sino en Cádiz o El Ferrol o Cartagena o Gijón; y el Prado bien pudiera seguir en Madrid, pero el gran museo de arte contemporáneo fuera el Guggenheim, y no el Reina Sofía, y allá estuviera, sí, el Guernica. O en cualquier otra parte, porque el Guernica no tiene por qué estar en Bilbao y no tiene por qué estar en Madrid. No tenía por qué estar ni por qué no estar en Nueva York, y entre los millones de universos paralelos que dicen que igual existen, puede que haya uno en el que sea un cuadro itinerante, expuesto cada año en el lugar en que la injusticia universal que denuncia sea más viva, más flagrante. Fantasía disparatada, ya lo sé, pero dejadme fantasear: un cuadro-escudo humano en el tejado de un hospital de Gaza, para que no lo bombardearan; o en la maternidad de Mariúpol, o hace más años en la biblioteca de Sarajevo. Un cuadro del mundo entero.
De vuelta a la Tierra desde las blancas nubes de la fantasía, un argumento emerge para dejar el Guernica donde está: su estado de conservación, que ya desaconsejó, hace cuarenta años, el traslado desde Nueva York. No está para trotes este cuadro enorme y casi centenario y eso importa, debe importar más, que cualquier otro criterio; bastar para convencer al más recalcitrante de los nacionalistas vascos que exigen que Guernica Gernikara. Pero no tienen por qué quedarse con las manos vacías: ¿por qué no pensar en grande y fuera del tiesto y convertir el Guggenheim en un Museo de Arte Contemporáneo Antifascista, que adquiera todas las grandes obras universales antifascistas que pueda —de la Derradeira lección do mestre de Castelao a la Fuga dall’Etna de Renato Guttuso, pasando por las obras de John Heartfield o el Ángel del hogar de Max Ernst— y que promueva, financie y exhiba obras nuevas con el mismo sentido, contra el fascismo de ahora; y en algún lugar central exhiba una gigantesca foto de las ruinas desoladas de Gernika, la cruda realidad del acontecimiento? Renunciar al Guernica para conseguir cien, mil guernicas que se conviertan en gigantesco altavoz universal contra la barbarie nazifascista.
Otra fantasía disparatada, ya lo sé. Pero otras fantasías son igual de disparatadas y empiezan a adueñarse de nuestro mundo. Franco y la Legión Cóndor fantasearon y lo cumplieron. Si a nosotros nos quitan hasta el fantasear, ¿qué nos queda?
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