Opinión
Feijóo no puede ser presidente del gobierno español

Escritor. Autor de 'Quercus', 'Enjambre' y 'Valhondo'.
“La droga, la droga, la puta de la droga, la madre que la parió. Yo tenía un hijo sano y la muy puta lo mató.”
Galicia. Canción de las Madres contra la Droga.
He dedicado, y ha sido un placer, varios días del mes de agosto a leer el libro Fariña del periodista Nacho Carretero y a ver la serie homónima. Libro superventas que fue cautelarmente retirado de las librerías por orden judicial, incluyendo la denuncia contra el autor y la editorial, y que la Audiencia de Madrid desestimó y levantó la medida en 2018. Desde entonces, puede ser leído libremente. "Fariña" en gallego significa harina y también cocaína. Y hubo una época en las Rías Baixas que se consumía más que en las cocinas.
Ya sabemos que prohibir algo es uno de los mejores alicientes para el ser humano. Por lo que el secuestro del libro tuvo el efecto contrario. La serie también fue denunciada por uno de los traficantes, Laureano Oubiña, que ha acumulado 22 años de condenas, y que denunció, muy digno él, a la plataforma audiovisual por vulnerar su derecho a la intimidad por una escena de sexo que mantenían “su” personaje y el de su esposa. Reclamaba 1,5 millones y el Supremo, el año pasado, anuló la citada indemnización tras un largo proceso.
Digo lo de esta reciente sentencia, para demostrar que aunque el tema Fariña parezca antiguo, el asunto sigue vivo. Bien en los tribunales, en las noticias de las incautaciones de droga en la costa gallega; incluso con personajes de aquella época, multirreincidentes, o familiares herederos, que son incapaces de abandonar el narcotráfico como si fuera una adicción más fuerte que la propia heroína. Laureano Ubiña, a sus 80 años, fue desautorizado hace meses para comercializar una ruta turística por la ría de Arousa, en la que él mismo ejercía de guía a 190 euros la entrada, recorriendo en barcaza los puntos de desembarco del contrabando de tabaco y hachís. Una ruta muy didáctica.
Si el libro es bueno, la serie también. Adictiva igualmente. Aunque el calificativo más adecuado para libro y serie es valientes. Muy valientes para denunciar la trama del clan de los Charlines, los Padín, los Oubiña y otros, comandados por el anciano capo Terito, a los que se une el joven Sito Miñanco. Una organización que se inició con el contrabando de tabaco, después pasó al hachís con las mafias marroquíes y que acabó con la cocaína a través de los cárteles colombianos. Con esos sicarios que vengan cualquier traición rebanándote la garganta y sacándote la lengua con su conocida “corbata colombiana”.
Llama la atención la cantidad de millones y millones que movían. Armarios y maleteros repletos de billetes. Su ostentación con coches, pazos, barcos. Mucho dinero para comprar voluntades: políticos, desde humildes alcaldes a las más altas instancias del gobierno de la Xunta, jactándose de ser los financiadores de Alianza Popular, después PP, pasando por jueces, periodistas, policías y guardias civiles. Cualquiera que pudiera impedir o poner freno a sus delitos era sobornado. Por eso actuaban con total impunidad y su mayor problema era no saber dónde guardar ya tanto dinero.
Tanto que los jóvenes de las rías –igual que hoy algunos del Estrecho de Gibraltar– no querían estudiar ni trabajar en otra cosa que no fuera de braceiros para descargar y esconder la mercancía. O el siguiente escalafón, mucho más especializado y lucrativo, de piloto de una lancha motora. Así empezó el joven Marcial Dorado, pilotando una lancha a toda velocidad para el contrabandista de tabaco Vicente Otero, alias Terito, citado anteriormente. Los mismos pasos que el mayor narcotraficante de cocaína de todos los tiempos: Sito Miñanco, con sus condenas de 40 años.
Una sociedad absolutamente cómplice y corrompida por el dinero fácil y abundante, que ve a los jefes de esos clanes como verdaderos héroes porque están trayendo la “riqueza” a esa comarca que sobrevive de mala manera con la pesca, que da trabajo a sus hijos para que se compren coches deportivos y motos de gran cilindrada. Jóvenes cuya única y máxima aspiración es convertirse en Sito Miñanco. Hasta que comenzaron a engancharse a las drogas, en especial a la cocaína y posteriormente a la heroína. Hasta llevarse a toda una generación de chavales por delante. Una epidemia que había infectado de muerte las rías.
Cuenta Carmen Avendaño, madre coraje y activista principal de las Madres contra la Droga, que se enfrentó heroicamente a los narcotraficantes ante el dolor y la pasividad por la muerte de sus hijos, que “había semanas en las que teníamos tres funerales de muertos por las drogas”. Caían como… Crearon la fundación Érguete (“Levántate”) y se presentaban con pancartas en los bares donde se vendía droga, en los juicios contra los narcotraficantes y en sus propias casas, cantando su canción: “La droga, la droga, la puta de la droga…” y gritando en su cara: ¡Asesinos, asesinos, que estáis matando a nuestros hijos!
Tienes que llevar a tu hija o hijo nueve meses en tu vientre, parirlo, desgarrarte por dentro, amamantarlo, criarlo hasta que, siendo joven, veas que la droga que introducen y venden tus propios vecinos lo está matando, para echarte a la calle y enfrentarte a esos traficantes. Sin importar que te amenacen. Que te insulten y se rían. Sin importar que te maten. Porque la rabia y el amor por salvar a tu hijo está por encima del miedo y la injusticia. Contra la droga que mata, las madres coraje que dan vida. El matriarcado salvándonos. Echándose el planeta entero sobre sus costillas. Las madres. Y quiero resaltar especialmente su papel en este relato, para saber muy bien de qué lado estamos. En la Galicia de entonces, unos estaban con los narcotraficantes y otros con las madres coraje. Porque esta historia de los años 80 y 90, la conocía TODO el mundo en Galicia. Y TODO el mundo, a poco que leyera la prensa, escuchara la radio y viera los telediarios, sabía quién era Manolo Charlín, Laureano Oubiña, Sito Miñanco… o Marcial Dorado.
Ese nombre en el que he pensado durante días y días. Durante horas y horas. Sin descanso. En cada página de Fariña que leía y en cada escena cinematográfica. Marcial Dorado, Marcial Dorado, Marcial Dorado. Y una fotografía del año 1995: Feijóo pilotando su yate. Amistad y cariño. Cremita en la espalda. Camaradería y confianza.
Marcial Dorado fue condenado a una pena acumulada de 19 años. Diez por narcotráfico, seis por blanqueo de capitales y tres por soborno a agentes de la autoridad. Desde niño apuntaba alto. En los 60 ya lo pillaron con un alijo de tabaco y fue sancionado. En los 80, liderando uno de los grupos de contrabando más importantes, el soplo de una redada le obligó a huir a Portugal. En el 89 poseía uno de los conglomerados de empresas multisectoriales más importantes de Galicia. Ya era inmensamente rico. En 1990 fue detenido en la operación Nécora (juez Garzón), aunque no juzgado por dejar su caso fuera de ese sumario con 49 procesados, iniciando otra causa contra él por blanqueo de capitales. En octubre de 1992, Marcial Dorado es detenido en su lujoso pazo de A Illa de Arousa acusado por la captura de un alijo de 10.000 cajas de tabaco (5 millones de cajetillas) por valor de 1.100 millones de pesetas. En el juicio, celebrado siete años más tarde junto a varios guardias civiles, fue absuelto por ciertas “irregularidades” en la investigación. A partir de ahí, trascurridos unos años y una vez que dio el salto al tráfico de cocaína que él siempre ha negado, fue detenido, juzgado y condenado como hemos citado anteriormente. Aunque se le embargó su patrimonio valorado en 21 millones de euros – centenares de inmuebles, fincas, cuentas en Suiza -, hoy sigue viviendo en su pazo, que ya pertenece al Estado, a la espera de unas tardías diligencias para su desalojo. La última y definitiva sentencia por parte del Supremo es de 2016. Tras cumplir 15 años en prisión, en 2017 se le concedió el primer permiso carcelario, tras solicitarlo en 24 ocasiones.
Las fotos de Dorado y Feijóo que publicó El País en 2013 fueron un bombazo. Cuando se tomaron en el año 95, Feijóo ya era el número dos de la Consellería de Sanidade. Mucho poder y mucha información para no saber quién era el rey del tabaco. Feijóo tuvo que dar explicaciones, minimizando su relación de amistad, que, según él, rompió en 1997, cuando se enteró por la prensa de las actividades delictivas de Dorado. Declaraciones que no confirmó el contrabandista, según contó El Confidencial en la entrevista que le hizo: “Salíamos incluso con las mujeres. Tomábamos un vino. Y a cenar”, “Viajamos juntos por los Picos de Europa… Después también estuvimos un par de años pasando la Nochevieja en Estoril. Un hotelito en Albatroz… Yo me lo podía permitir”. Cuando Jordi Évole entrevistó a Dorado, dijo de su amistad: “Si duermes en mi casa, si mi mujer te hace el desayuno… ¿Eso ni es estrecha, ni es ancha?”, “Fuimos a Ibiza, a los Picos de Europa, a Portugal.” Según El País, “el juez reveló que la Policía grabó conversaciones telefónicas de Feijóo y Dorado entre 2001 y 2003”. ¿De qué hablarían?
La exigencia ética en la política es esencial, necesaria y ejemplarizante para una democracia sana. La aspiración de los países verdaderamente demócratas. En el norte de Europa, ha provocado dimisiones fulminantes. Plagiar párrafos en tu tesis doctoral o mentir en tu currículum son causas para dejar de ser ministro de inmediato. Theodor Guttenberg (Alemania, 2011), ministro de Defensa y gran promesa de la política germana, dimitió tras copiar unos párrafos de su tesis doctoral. La Universidad de Bayreuth le retiró el título de doctor en Derecho. Lo mismo que Annette Schavan (Alemania, 2013), ministra de Educación, tras hallar plagio en su tesis escrita ¡33 años antes! Franziska Giffey (Alemania, 2021), ministra de Familia, dimitida por plagio. Pál Schmitt (Hungría, 2012), siendo presidente de la República abandonó la jefatura del Estado después de que la facultad de Medicina demostrara que había copiado su tesis doctoral. Aida Hadzialic (Suecia, 2016), ministra de Educación que dio positivo en un control de alcoholemia con 0,2 gramos de alcohol por litro de sangre (el límite legal en Suecia, en España son 0,5). Había tomado dos copas de vino horas antes, pero renunció inmediatamente calificando el hecho como "el mayor error de su vida". Mona Sahlin (Suecia, 1995). La entonces viceprimera ministra y clara favorita para suceder al jefe de Gobierno dimitió tras revelarse que usó la tarjeta de crédito oficial para comprar unas chocolatinas y un par de pañales. ¿Sigo?
¿Entienden ahora por qué Feijóo no puede ser presidente del gobierno español?


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