Opinión
La felicidad de las viudas

Periodista y escritora
Iba a escribir la palabra "alegría", pero se trata de algo mayor que eso. La alegría es una explosión, surge, vibra y después desaparece. Es un estallido. Lo de las viudas es otra cosa. Lo de las viudas tiene toda la pinta de largo aliento, algo que parece prolongado, estable, duradero, un empezar a ser. Lo que se ve en la cara y en el gesto de las viudas me atrevo a llamarlo felicidad.
Por supuesto que todas conocemos casos de viudas desoladas, devastadas por el fallecimiento de su marido o compañero. Pero hoy quiero hablar de las otras, de aquellas a las que también hemos visto todas —y todos— florecer tras el sepelio. Suelen ser ya mayores, bastante mayores, y su felicidad mezcla el sosiego, un descanso construido con restos de cerillas apagadas, la paz de quien respira hondo, una ilusión casi infantil.
No se ha escrito casi nada sobre esa dicha tan conocida que destierra del armario los ocres y los grises. Aparece una blusa de colores, en el armario irrumpen el blanco, los azules y el naranja. Todo eso se comenta por lo bajini. Puede que no se estudie —tiempo al tiempo—, pero la familia sonríe cuando llega el verano y aparece un pareo. Las amigas se miran con picardía: "Hay que ver cómo se ha puesto María desde que se le fue Mariano".
Encierra muchísimos matices la felicidad de las viudas. Uno de los más interesantes me parece la vergüenza social que supone nombrarla. No entre sus círculos, que también, sino socialmente. La viuda feliz lo es porque acaba de quitarse de encima una carga cuyo peso sólo ella conoce, pero eso no se dice. Después de décadas, vuelve a ser dueña de su tiempo. Comerá si quiere, cocinará si le da la gana; nadie le mirará con el ojo torcido el largo de la falda; nadie le afeará su aspecto; ningún macho que ella no elija ocupará su cuerpo para aliviarse. Parece que nos cuesta admitir su dicha, y ya va siendo hora.
Imagino que para contrarrestar esa felicidad tan dulce, preciosísima, de las viudas, la sociedad necesitó crear la figura de “la viuda alegre”. O sea, la mujer que folla cuando le da la gana después de que se muera su marido. En lo popular, la viuda alegre recibe su castigo, y se acerca peligrosamente al apestoso mito de la viuda negra.
Porque si miráramos a la cara a ese contento, veríamos la tortura que padecen miles, cientos de miles de mujeres durante todos los años de su matrimonio. Sería un buen paso empezar a nombrar su felicidad. Quizás entonces podríamos empezar a afrontar y desmenuzar las violencias de ellos.

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