Opinión
Felipe González en blanco

Por David Torres
Escritor
Tengo grandes amigos que me recomiendan, amablemente y de vez en cuando, que deje de beber y de fumar, que me abstenga. Yo no les hago mucho caso, primero porque bebo poco y fumo todavía más poco, y luego porque, a estas alturas de la vida, la bebida y el tabaco son, más que placeres, dos de las pocas compañías que me van quedando. Es triste, pero es lo que hay. No creo en las virtudes de la abstinencia, mientras vaya tirando prefiero no abstenerme de los puros, ni del alcohol, ni de la mantequilla, ni de la carne roja, ni siquiera de la democracia, quizá el más dañino de todos los vicios y el más extendido en los países occidentales.
La democracia representativa es una mierda, para qué vamos a engañarnos, una antigualla corrupta e imperfecta, el peor de todos los sistemas políticos -ya avisó Churchill-, con excepción de todos los demás. Se trata de un mecanismo tan viejo y obsoleto que se mantiene a duras penas gracias a una tecnología inventada un par de siglos atrás. En esto de votar no hemos avanzado nada, no hemos descubierto nada mejor que el candidato, el mitin, la pancarta, el cartel electoral, la urna, la papeleta. Como si, ya en pleno tercer milenio, todavía funcionáramos a base de diligencias, palomas mensajeras, huevos de zurcir calcetines, sanguijuelas y miriñaques. Claro que tampoco es que el habano o el whisky de malta se hayan perfeccionado gran cosa en doscientos años. Es lo que ocurre con los vicios, que no pasan de moda incluso cuando se pasan de fecha.
Ante el vicio de votar, está la virtud de abstenerse, sólo que yo desconfío de las virtudes desde niño, cuando me las predicaban unos señores con alzacuellos. La prudencia, la fortaleza, la templanza, la justicia: de las tres primeras no hay mucho que decir; de la cuarta, mejor no decirlo. Sin embargo, si hay algo todavía peor que abstenerse es votar en blanco, una perfecta gilipollez que consiste en perder la mañana sólo para joder a los partidos minoritarios. Es como fumarse una mierda porque también echa humo. He ahí el consejo de Felipe González, el gorila albino del socialismo español, quien dice que no ve nada que lo represente y que seguramente votará en blanco inmaculado.
El blanco es un color asociado tradicionalmente a la pureza, a la inocencia, a la higiene -en buena parte de Oriente representa más bien el luto-, pero si uno rasca más a fondo se encuentra con que simboliza también el vacío, la nada, la enfermedad, la cobardía, el espanto. Después de asesinar a Duncan, Macbeth regresa pálido, aterrado, cubierto de sangre, y su mujer le dice, antes de quitarle la daga de las manos: "Me avergonzaría de tener un corazón tan blanco". Para describir el horror sobrehumano del monstruo al que el capitán Ahab persigue por todos los océanos del planeta, Melville lo pintó de blanco y lo adornó de arpones.
A Felipe el blanco le sienta como a Electra el luto, no sólo por la cal viva de Lasa y Zabala, sino por todas esas legislaturas de fogueo, todos esos años de mayoría absoluta en los que pudo cambiar España de arriba abajo y lo que acabó cambiando fue el PSOE, el color del pelo y su cuenta bancaria. Esa pelambrera canosa desde la que imparte sus lecciones de abuelo Cebolleta es la metáfora perfecta del blanqueamiento general con que ha ido esmaltando su socialismo de chichinabo, desde el referéndum a la OTAN y la reconversión industrial a la defensa de las garantías jurídicas en el Chile de Pinochet. Tras abandonar el sillón de Gas Natural Fenosa, porque allí se aburría lo suyo, fue a sentarse como consejero independiente en Boluda Towade, una empresa dedicada al transporte marítimo. Dónde iba a resguardarse mejor Moby Dick en su vejez que en una compañía naviera.
Hace unos días, esta ballena blanca de alquiler fue a embarrancar en el Círculo Empresarial de Málaga, donde dijo que "no ve un proyecto de país alternativo". Ya hay que estar ciego para no ver la tormenta de mierda que se nos echa encima con Feijóo y Abascal de la mano: las pensiones congeladas, los recortes en ayudas, el desguace de la sanidad pública, el feminismo de mesa-camilla y los desfiles del Orgullo Gay otra vez dentro del armario. Ya hay que estar ciego y sordo para no darse cuenta de que el 29 de noviembre hay que votar en defensa propia, fumar lo que sea, beber lo que sea, como aquel sargento de Fort Apache que, después de probar el whisky inmundo con el que emborrachan a los pobres indios, arruga la jeta y dictamina: "Mi coronel, es mejor que no beber ninguno".
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