Opinión
El fracaso de los padres y del sistema educativo (II)

Escritor. Autor de 'Quercus', 'Enjambre' y 'Valhondo'.
Escribo esta columna para intentar responder a los más de mil comentarios a mi anterior artículo, titulado "El fracaso de los educadores y del sistema educativo", que trasladaba la enorme frustración ante esos jóvenes abanderados de la extrema derecha. Si en él los protagonistas eran los docentes, aquí son los padres. Así, la columna de hoy sería la segunda parte, dedicada al pilar fundamental en la educación del ser humano: los progenitores.
Seguramente lo mejor de un artículo periodístico sea servir de instrumento para abrir un debate. ¡Genial, objetivo cumplido! Porque hablar de un problema, ya es el primer paso para su solución. Excluyendo, por supuesto, toda esa arcada de rebuznos de la extrema derecha, que escriben sin haber leído –lo suyo no es leer, solo regurgitar zafias consignas–, soltando su bilis, en un corta y pega cansino, huero pero muy dañino, que, más que asco, da pena.
En cuanto al debate sobre la labor de "educar/enseñar", alguien ha escrito con certeza: "La familia (casa) debe educar para que la escuela pueda enseñar. La escuela es la segunda casa y la casa debe ser la primera escuela." A lo que añado: Educar como labor compartida (unidos, no enfrentados) entre padres y docentes, con un objetivo común. Hoy muchos padres se creen más listos – listillos– que los maestros y profesores, se enfrentan a ellos, los insultan, sin valorar, pobres ignorantes, el daño que hacen con esa actitud a sus hijos. Porque aprendemos por imitación y, por tanto, se educa con el ejemplo. Un profesor enseña historia, y, partiendo de ella, explica también cómo enfrentarse a los discursos de odio que provocan las guerras. Eso NO ES ADOCTRINAMIENTO. Porque combatir el odio al diferente, combatir el racismo y la homofobia, el maltrato o la desigualdad lacerante, no es adoctrinar, sino educar en los valores universales de la humanidad.
¿El modelo? La Institución Libre de Enseñanza de Giner de los Ríos que, aunque fuera fundada en 1876, jamás ha perdido validez: "Educar antes que instruir, buscando siempre la formación integral, la ética, la autonomía intelectual y el espíritu crítico."
Soy el tutor de un 2° de la ESO, además de su profe de lengua. He llamado reiteradamente a los padres de Samuel, 14 años, que en el primer trimestre ha suspendido 9 asignaturas y en el segundo las mismas 9, porque ya no hay más. Todos los compañeros se quejan porque su comportamiento disruptivo es insoportable. No conozco a los padres pues nunca han venido a las reuniones iniciales. Ni contestan mis mensajes. En esta ocasión, les he mandado una carta certificada. ¿El motivo? Su hijo ha insultado y amenazado a Salma, la mejor alumna de la clase. Extraordinaria estudiante y persona. Una ESPAÑOLA de origen marroquí, al grito de: – ¡Puta mora, vete de España!
De entrada, sentado frente a mí, intenta salvar la situación explicando que su mujer y él están pluriempleados y que no les queda un minuto libre para atender a los chicos. Hay que pagar la hipoteca, el coche, darles de comer, comprarles zapatillas de deporte, que valen un dineral. Y no piense usted que no los educamos, que cuando trae las notas se gana una buena zurra. Por lo que le contesto: –Claro, por eso en Navidad le regalaron el teléfono más grande de la tienda, que ocupa cuatro veces más que el mío, con el que va presumiendo por todo el instituto enseñando a sus compañeros vete a saber qué. En vez de zurras, mejor sin móvil. Hablar, explicar, negociar.
–Mire usted – continúo –, "criar" no es "educar". La próxima vez no le llamaré yo como tutor, le llamará la policía porque su hijo se habrá metido en un buen lío.
Entonces humilla la cabeza, se tapa la cara con las manos y se echa a llorar como un niño: – Estamos desesperados, profesor. Ya no sabemos qué hacer con él. Nos está quitando la vida. Si se lo llevaran a un centro de menores, sería lo mejor para él y para nosotros.
Cuando regreso a casa, con el peso de la tristeza plomiza en las venas, dejo de mala gana sobre la mesa todos esos cuadernos para corregir y el paquete de exámenes. Me derrumbo sobre el sofá y a mí también se me saltan las lágrimas: ¿Cómo vamos a combatir los profesores a toda esa sociedad con una pizarra y una tiza? ¿Con un libro? ¿Cómo ganar la guerra cultural desde la escuela pública, masificada, ahíta de papeleo, con medios tan precarios, sin una apuesta decidida de la administración por la calidad? Es lo que hacen los padres, intentar compensar el abandono de sus hijos comprándoles todo lo que el mercado voraz ordena. ¡Compra, compra, compra! Combatir el fuego echando gasolina. Alimentar la hidra de mil cabezas dándoles lo que piden para aliviar sus malas conciencias. Una sociedad que, con su potente altavoz, enseña lo contrario que la escuela. Unos padres que ponen al niño juegos en una pantalla en el cochecito, durante horas, mientras ellos se toman unas cañas.
Escribe un maestro jubilado, con enorme sabiduría: "Estamos en una etapa decadente en cuanto a valores éticos. Han puesto el mundo patas arriba. La sociedad en su conjunto es culpable de la situación actual. En mis primeros años de docencia era muy común esta frase: "Lo ha dicho mi maestro". Era toda una declaración de intenciones. El maestro podía, además de enseñar, educar. Era el oráculo de referencia. En la II República, los mejores maestros de la historia de España, fueron sembrando por todo el país esas ideas y valores que tanto echamos en falta. Por eso terminaron exiliados, en la cárcel o asesinados. Ahora los medios de comunicación, en manos de oligarquías financieras, entontecen al personal y ejercen una perniciosa influencia sobre las masas. Entre medios y redes sociales, ya tenemos la manipulación perfecta. ¿A qué niño oímos ahora decir, con respeto y admiración, "Lo ha dicho mi maestro"? Ahora se lo ha dicho el youtuber, el influencer o el más tonto de TikTok, que siempre es de VOX."
A lo que una madre contesta: "Los hemos dejado solos, tirados en internet". "No es un fracaso del sistema educativo. Es la dirección que ha tomado el mundo desde hace varias décadas, con un ultracapitalismo salvaje que nos conduce a la extinción". "¿Que qué hemos hecho los padres? Les dimos todo sin explicarles su valor. Les hicimos creer que merecían lo que tienen por el simple hecho de haber nacido, ¡tan lindos!, nunca les contamos que la vida no fue tan fácil siempre. Hemos creado una sociedad de gente hedonista, deshumanizada, tiranos en muchos casos, incapaces de sentir el dolor ajeno. Hemos creado aquello contra lo que peleamos y que creímos vencido. Los padres somos culpables por no contarles lo que ha costado conseguir los derechos con los que ellos han nacido. Inculcándoles la necesidad de luchar por conservarlos. Su fragilidad. Les hemos dado todo, sin enseñarles a valorarlo. Ni el esfuerzo que cuesta ganarlo. En vez de hablar, explicar, convencer, motivar en esos valores, les compras el último modelo de … y asunto arreglado."
El niño y el adolescente que están abriéndose a la vida, necesitan referentes claros. Unas normas, un modelo a seguir. Invariable. No pegar un lunes dos tortazos a Samuel y el martes comprarle unas zapatillas de 120 euros. Si la familia, que debe educar en valores, con unos ideales, en la responsabilidad y el esfuerzo por conseguir lo que tienes, no es su referente, el chico lo buscará afuera. Y afuera es la jungla, que te devorará en cuatro días. Normas claras que se cumplen y hablar mucho, comunicación a tope, confianza y respeto.
No entraré en el análisis de la educación privada y concertada (la pagamos nosotros), que crece y crece en detrimento de la pública, que la va fagocitando, igual que esas universidades donde se venden a precio de oro los títulos y los másteres. Reiterar, que ha llegado el momento de acabar con la escuela concertada, y que queden dos modelos: el público y el privado. Ese modelo privado sigue siendo el semillero para los aspirantes a detentar el verdadero poder en España, que no está en las Cortes: la judicatura con los mandos policiales, los medios de comunicación, la economía, la banca. La herencia franquista que se perpetúa con cada generación. Y lo peor: padres que son explotados en sus puestos de trabajo, que no se atreven a reclamar al jefe que esquía en Suiza las horas extras impagadas, se quitan el pan de la boca para pagar el colegio de sus hijos en un intento de aproximarse al esquiador. El oprimido gritando, convertido en la voz de su amo. Inmigrantes que sufren el estigma social llevan a sus hijos al colegio de las monjitas porque se sienten diferentes a sus colegas migrantes. Sus hijos, en el mismo pupitre que los de VOX, que piden expulsarlos de la madre patria o que recen en un polideportivo. Los pobres y desgraciados del sistema, primeros beneficiarios del estado de bienestar, que, ganando 1.500 euros al mes, ya se sienten Onassis y se ponen una pulsera en la muñeca. Trabajadores pobres votando a la extrema derecha. Sus hijos portando las banderas. O como los bañistas de la Gestapo que se tiran a detener inmigrantes en esa playa abominable de la vergüenza.
En la escuela pública hay un grupo de alumn@s, por desgracia minoritario (los he contado durante 10 cursos y calculo que son un tercio), cuyos padres se preocupan muchísimo por ellos, y son la mejor generación de chavales de nuestra historia. Son jóvenes solidarios y empáticos, preocupados por el medio ambiente, concienciados por la gravedad de la injusticia planetaria. Hablan idiomas, hacen deporte, están muy bien informados, leen más que sus progenitores, viajan, van a los conservatorios y acuden a las manifestaciones. Aunque no es generalizable, hay una relación directa entre su formación y el nivel económico y de estudios de los padres. Lo que nos lleva directamente al eterno problema de la desigualdad que no brinda a todos las mismas oportunidades. Con la iglesia hemos topado, amigo Sancho. La desigualdad enquistada. Por suerte, y para evitar sospechas de clasismo, hay familias trabajadoras, muy humildes, que son un auténtico ejemplo educando a sus hijos, pues decidieron que la educación, como dijo Nelson Mandela, "es el arma más poderosa para cambiar el mundo". El mundo asquerosamente desigual, sus vidas y su futuro. ¡Bravo, Salma!
El resto de la clase, la antítesis, – insisto: sin generalizar – son la carne de cañón del sistema. Los manipulables del odio y el bate. Abandonados por los padres, abandonados por la escuela. Los padres que renunciaron a educarlos, pasando la pelota irresponsablemente a los profesores que están perdiendo la batalla cultural pues no se puede combatir con voluntarismo y una tiza una bomba nuclear.
El primer grupo simbolizan la esperanza. El segundo: el reto. Reto para los gobiernos haciendo una apuesta valiente por la educación pública. ¡En el año 2022 gastamos solo un 4,32% del PIB en Educación, menos de lo que exige Trump en armas! ¡Alucinante! Reto para los padres para que ejerzan verdaderamente su responsabilidad de educar. Reto para los profesores y maestros –un buen maestr@ transforma una vida–, para que esos alumnos se conviertan en prioridad. Reto para ti y para mí, reto para toda la sociedad.

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