Opinión
No ganar, no perder: la jugada de Sánchez

Por Francisco Jurado
Jurista y Doctor en Ciencia Política
Probablemente, el momento más bajo de Pedro Sánchez como Presidente ha sido a raíz de la crisis de Ceuta. Irreconocible, según muchos, el animal político por antonomasia dio la sensación de estar cansado, hastiado, harto ya de resistir. La gestión, no sólo de Sánchez, sino de todo el Gobierno, pareció la entrega de la cuchara y la caída en depresión de toda la izquierda.
¿De toda? No. Un sindicato muy particular, asociado al movimiento por el derecho a la vivienda, en lugar de al mundo del trabajo, lleva años levantando la cabeza en ese erial en el que se convirtió la autonomía política asociativa tras el desembarco institucional de 2015. El Sindicato de Inquilinas e Inquilinos lleva ya años trabajando con Maricármenes y generando movilizaciones masivas que no eran sino avisos de lo que estaba por llegar.
Y es que sí que estábamos viviendo la “legislatura de la vivienda”, aunque nadie en las altas esferas se lo tomara en serio hasta que las tiendas de campaña han vuelto a ocupar las plazas y todo el mundo ha empezado a sacar los manuales de hace 15 años.
Pero han cambiado muchas cosas: el movimiento por la vivienda se diferencia del 15M en que tiene un objetivo definido, de modo que no se tiene que pasar horas de asamblea discutiendo quiénes son y qué es lo que quieren. Esta vez, las redes sociales no son un fértil terreno de abono de la protesta, sino uno de los campos de batalla más difíciles de sostener. Quizás por esto último, la derecha no se ha puesto el disfraz de demócrata y han decidido cargar abiertamente contra los manifestantes, empezando por demonizar a Maricarmen, poniendo a sus medios truchos a escarbar en la basura. La última gran diferencia, en el día en que se convocan nuevas elecciones, es que el Presidente del Gobierno no está de salida, como lo estaba entonces ZP.
Pedro Sánchez se presenta de nuevo para el más difícil todavía. Ya en 2023 levantó un muro de encuestas para conseguir que la derecha no gobernase, aunque supusiera echarse en manos del partido menos fiable de todo el arco parlamentario. Esa hipoteca con Junts ha convertido la legislatura en un vía crucis y ha terminado siendo la puntilla, sí, pero también la excusa perfecta.
Porque parecía imposible pasar página de Ceuta, pero sucedió Maricarmen, sucedieron las acampadas y sucedió Junts tumbando el Real Decreto de las migajas y cabreando muchísimo a todo el personal que, el domingo, abarrotó las calles de toda España para decir que ya está bien, que Huelga General.
Y como la política es un estado de ánimo y no estamos en tiempos de esperanza, el cabreo parece ser el único motor posible para espolear a la izquierda. Aunque el cabreo es algo impredecible -y es irreal pensar que la gente cabreada, al menos una parte, no lo está contra el Gobierno-, también resulta difícil aventurar, en los próximos meses, una coyuntura menos desfavorable.
De esta coyuntura son conscientes en el PSOE y en el resto de partidos de la izquierda que, aún compartiendo que la movilización puede ser su clavo ardiendo, hubieran preferido un poco más de tiempo para terminar de construir su enésima coalición. Ya lo advirtió Gabriel Rufián el viernes, durante el Pleno extraordinario, sugiriendo a Sánchez que mirase a su izquierda y que, sin su izquierda, no volvería a ser Presidente.
A estas alturas, tres días más tarde, seguro que Rufián ya se ha dado cuenta de que el principal objetivo de Sánchez, para adelantar esta convocatoria electoral, no es volver a revalidar el Gobierno, al menos en el medio plazo. De adelantar esas intenciones se ha encargado Iván Redondo durante el fin de semana, señalando efusivamente la posibilidad, real, de que el PSOE gane las elecciones siendo la lista más votada.
El PSOE puede ser la lista más votada. Parece una broma pero no es nada descabellado. Eso sí, esta hipótesis, que sería la apuesta de Sánchez, descansa sobre algunas variables, a saber A) que Feijóo vuelva a realizar una campaña espantosa, con Vox arañándole votos y B) alzarse como el único voto seguro de la izquierda para parar a la ultraderecha. Obviamente, conseguir B) supone sacrificar a quienes han sido sus compañeros de gobierno en la última legislatura y de ahí que las advertencias de Rufián tampoco tuvieran mucho recorrido. No es nada personal, es política.
Paradojas de la vida, en 2023 Pedro Sánchez demostró que se pueden ganar unas elecciones perdiéndolas. Llegó a Presidente porque quiso y porque pudo, no como Feijóo, que se hartó de llorar a su lista más votada. El día 29 de noviembre puede pasar justo lo contrario, si la hipótesis se cumple y Sánchez gana en votos y en escaños pero PP y Vox superan los 175 escaños, algo prácticamente seguro, según toda la demoscopia existente.
Pero, si en aquél 2023 Sánchez fue el gran triunfador y Feijóo quedó a la altura del meme ¿por qué ese escenario, a la inversa y en 2026, no sería una derrota para el Presidente? Pues, principalmente, por varios motivos: A) porque las expectativas de la derecha son tan altas que comprobar que el PSOE es la lista más votada sería como meterse en una piscina de cubitos de hielo. Problema de desayunar, almorzar y cenar encuestas a la carta. B) Porque han demonizado tanto al Presidente que les provocaría un aneurisma comprobar que, a pesar de esa deshumanización tan bestia, es capaz de ganar unas elecciones en votos. C) Porque, tras la debacle de 2023, Feijóo no paraba de repetir que lo justo sería que gobernase la lista más votada y que el Gobierno de entonces se basaba en un “pacto de perdedores”. ¿Cómo escapar de la hemeroteca?. Y D), porque, al contrario de lo que sucede con el PP, las expectativas en torno al PSOE son tan bajas que una victoria así permitiría a Sánchez evitar la palabra fracaso y sostener, de alguna manera, su halo de superviviente.
Todo esto, en una legislatura en la que Feijóo tendrá que gobernar una coyuntura mundial endiablada con sus dos mayores rivales en casa: uno en su partido y el otro en su Consejo de Ministros.
Desvelada la hipótesis y sus variables, todo queda en el aire para dirimirse en una campaña imprevisible, porque no va a estar monopolizada por los partidos. La movilización ciudadana que ha despertado no entiende de cuentas electoralistas; entiende de derechos y de conquistas. Pase lo que pase. Caiga quien caiga. Gane quien gane.



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