ANÁLISIS
Glaciares que mueren matando

Por Pablo Batalla
Periodista
Primero pareció un terremoto: una tragedia tradicional. Sismo y luego tsunami, de agua dulce en este caso; algo que ha podido pasar en cualquier momento de la historia geológica del planeta Tierra. Pero no: según se ha ido analizando después, no hubo terremoto alguno, sino una tragedia nueva. El colapso de un glaciar, que derramó sus inmensos icebergs de interior sobre un lago, que entonces se desbordó y avasalló de agua el cauce que nace en él.
Podemos no llamar apocalipsis, por no ponernos teológicos, a la sucesión de colapsos cataclísmicos que ya se sucede en todo el planeta, pero tiene todas sus trazas. Colapsan los glaciares himalaicos y los alpinos. En julio de 2022, el de un serac de la Marmolada, en los Dolomitas, mató a once personas e hirió a ocho; uno de los accidentes más graves en los Alpes en décadas, precedido por una ola de calor con temperaturas anormalmente altas en las cumbres. En mayo de 2025, no hubo muertos, pero tuvo consecuencias materiales más aparatosas: el deshielo fulminante de otro glaciar en Suiza, que devoró por completo el idílico pueblo de Blatten. Otras cordilleras también van conociendo estos desastres: en Shovi (Georgia), un desprendimiento en un glaciar, en agosto de 2023, desencadenó un deslizamiento de tierra y la inundación posterior de una estación de montaña, causando la muerte de 33 personas. Y en el paso de Juuku, en el Kirguistán, hubo en julio de 2022 un fallo glaciar masivo con un volumen de hielo tres veces mayor que el de Marmolada, que por fortuna se abatió sobre un paraje deshabitado y no causó víctimas. Empieza, en fin, a ser muy peligroso estar cerca de un glaciar que no se haya esfumado ya, no con un estallido, sino con un suspiro, como en el célebre verso de Eliot. El Mer de Glace, el "Mar de Hielo" francés que en el siglo XIX fascinara a Victor Hugo, John Ruskin o Mary Shelley —que sitúa en él el encuentro entre Victor Frankenstein y su criatura—, hace tiempo que no es un mer, un mar, sino un arroyo; y a otros glaciarcillos agónicos de los Alpes ya los tapan con telas blancas en verano, para que no se derritan totalmente.
Colapsan los glaciares, colapsan los bosques en megaincendios de calibres imposibles: los 10 millones de hectáreas que ardieron en la Amazonía boliviana en 2024, los 17 millones que se consumieron en Siberia en 2021, los 184.493 kilómetros cuadrados que ardieron en Canadá en la temporada de 2023: una extensión del tamaño de Siria. Que también ha ardido estos años, de otro modo, con una guerra atroz cuya chispa fue política, pero encontró yesca en un terreno que se había ido secando dramática y literalmente. El Creciente Fértil venía de experimentar la sequía más severa desde que hay registros, que terminó con casi el 60% del sector agrícola y mató a más del 80% del ganado, provocando que más de un millón de personas migrase del campo a las ciudades, generando hacinamiento, descontento y protestas. Los autores de un estudio estadounidense de 2015 concluían que "sumada a todos los otros factores de estrés, [la sequía] ayudó a lanzar las cosas por encima del umbral de un conflicto abierto".
Cosas que se lanzan y se precipitan; umbrales chungos: ese es el mundo del siglo XXI y en él vivimos todos, cerca de un glaciar o de un gran bosque; del Perito Moreno o de Las Médulas, como el que escribe. "Todo arde si le aplicas la chispa adecuada", dice una canción de Héroes del Silencio, y en este planeta nuestro, empieza a ser adecuada cualquier chispa. Hay países más preparados que otros para resistir cataclismos, pero ninguno lo está para resistir los más grandes. Siria es una advertencia para el mundo entero: igual que no hay maravilla natural que no pueda colapsar debido al cambio climático, tampoco hay patrimonio histórico que no pueda convertirse en Alepo y en Palmira, ni torturas y matanzas de la cárcel de Seidnaya que no puedan terminar perpetrándose en la de Alcalá-Meco. Cuando en el mundo doblan cualesquiera campanas, doblan también por nosotros. Pero, a diferencia del apocalipsis teológico, nosotros tenemos —seguimos teniéndola— la capacidad de detenerlo; de hacer lo que sabemos que tenemos que hacer para que el invernadero deje de cocerse. Hagámoslo de una vez.

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