Opinión
El Gordo en el museo de cera
Por David Torres
Escritor
-Actualizado a
Dar cera, pulir cera, decía el viejo maestro de Karate Kid. Era su manual breve de repartir leña y quedarse solo a aspavientos, pero también parece un díptico de escultura rápida para perpetrar los dobles cerúleos que pueblan los tétricos museos de figurones. Lo importante en esas galerías de engendros es trabajar con rapidez, porque una celebridad suele ser una estrella fugaz y luego no hay manera de acordarse de si ese señor del bañador ahí plantado es David Bisbal o David Hasselhoff. Lo importante es esculpir al famoso a toda hostia, dando cera y puliendo cera, antes de que se le pase el arroz y haya que arramblar otro clon al desván, a ese triste limbo de la desmemoria donde intercambian recuerdos cuando nadie los mira.
"Yo fui famosa una vez" dice una princesa tísica en un rincón, cubierta de polvo.
"Yo fui el amo de los siete mares" dice un vejestorio actoral, aproximativo e irreconocible, enfundado en un patético disfraz de pirata.
"Yo fui" dice misteriosa una silueta emergiendo desde la oscuridad, un desconocido alto y sombrío que casi nunca abre la boca y ante el que los nuevos desterrados retroceden.
"¿Es Drácula?" pregunta uno.
"No" responde el achacoso pirata. "Es Marichalar".
De niños nos encantaba mirar la cámara de los horrores del museo de cera, los monstruos, los criminales sanguinarios, los destripadores y estranguladores paralizados en el instante del crimen; de mayores descubrimos que el horror pulula a sus anchas, sin etiquetas, por todas partes. La maldición borgiana contra los espejos y la cópula, que multiplican el número de los hombres, no incluye a los museos de cera, tal vez por su frecuentación del miedo, la tristeza y el ridículo. Un día, contemplando fijamente la copia platónica de uno de los Hombres de Harrelson no sabes que da más pena: que te acuerdes de él o que nadie más se acuerde, que se parezca mucho o que casi no se parezca. Al fin y al cabo, para la gente de cierta edad, un museo de cera esconde un test de alzheimer. De repente el Hombre de Harrelson parpadea y ves que sólo es un vigilante con cierto aire a Steve Forrest.
Hay raquíticos gemelos de Michael Jackson distribuidos por los museos de todo el planeta, unos de piel más oscura, otros más harinosa; unos más parecidos a Diana Ross, otros a Paloma San Basilio. Si los vieras a todos juntos obtendrías una gama arqueológica del cantante en cada una de sus edades, avatares y conciertos. Entonces comprenderías que todos los fósiles de Michael Jackson han desembocado en el zombi destartalado de Thriller. Los museos de cera también son cementerios en pie, cuchufletas de burla a los muertos.
Este año quince décimos del Gordo han caído entre los empleados del Museo de Cera de Madrid. La familia real de cera, con sus sonrisas etruscas y sus ademanes de madelman, ha recibido la noticia con la misma impavidez monárquica con la que el tiempo les gotea encima. Se los van llevando uno a uno a la cámara del olvido, como en el juego de las sillas; el último fue Urdangarín y la infanta Cristina, que casi no se parece a sí misma, aguarda su turno. Es el único sitio donde Juan Carlos y Sofía siguen juntos, exceptuando el cuadro de Antonio López, que tardó tanto tiempo en reunirlos como ellos en separarse. Urdangarín espera. Marichalar tose. Dar cera, pulir cera.
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