Opinión
Un gran 'no' unitario a la guerra

Por Agustín Moreno
Activista de Ecologistas en Acción
La decidida voluntad de Israel de atacar a Irán viene de muy lejos. Les voy a contar una historia. Hace cerca de veinte años, en un instituto de Fuenlabrada muy comprometido con los derechos humanos y con la igualdad, organizamos el 27 de enero el Día Internacional en Memoria de las Víctimas del Holocausto. Con gran participación del alumnado y el profesorado, se leyeron textos y se plantó un olivo centenario en el patio, mientras sonaba el tema de John Williams de "La lista de Schindler" tocada al violín por el profesor de música. El acto salió tan vistoso que a través de la Casa Sefarad nos invitaron al grupo de profesores que organizamos la conmemoración a un viaje a Israel en el mes de julio. Allí, se dio un curso a los profesores, se les llevó a visitar el Museo del Holocausto, el Yad Vashem, y una noche tuvieron un debate con el director del curso, un exgeneral de origen argentino. Cuando se le preguntó por una solución justa para Palestina y la posibilidad de los dos estados, su respuesta vino a decir: no se preocupen por eso, es un tema menor que se resolverá de alguna manera; lo que a nosotros realmente nos preocupa es Irán y antes o después acabaremos atacándola y, entonces, necesitaremos toda su solidaridad. Yo no fui al viaje, porque creo que hay que tener toda la solidaridad con las víctimas, pero no quería ser utilizado por los que son verdugos de otros pueblos. Pero aquello que me contaron los compañeros, lo he recordado muchas veces últimamente porque lo que está pasando hoy es la crónica de una guerra anunciada.
No se trata de una obsesión de Israel, es una estrategia que se llama Doctrina Begin y que es la búsqueda de la total hegemonía por todos los medios, incluida la guerra, y evitar que otros países que considere hostiles desarrollen programas nucleares. Por eso se opuso frontalmente cuando el presidente de Estados Unidos, Barak Obama, firmó en 2015 un acuerdo histórico nuclear con Irán, que le impedía tener armas nucleares. Lo rechazaba porque lo que el sionismo realmente busca es el control geopolítico por la fuerza de todo Oriente Próximo y la anexión de territorios vecinos para construir el Gran Israel. Pues bien, Netanyahu, después de haber cometido un genocidio en Gaza, ha logrado arrastrar a Trump a una guerra contra Irán, algo que no logró Israel en treinta años ni con Clinton, ni con Bush, ni con Obama ni con Biden. Trump se ha metido en la guerra por el petróleo, por razones geoestratégicas de su competencia con China, o como cortina de humo sobre los papeles de Epstein, como pasaba en aquella película del mismo nombre de Barry Levinson. Desde luego, lo que menos les importa a los agresores son los derechos humanos y la democracia en Irán, ni hoy pueden argumentar sin mentir con la posesión iraní de armas nucleares.
El ataque sorpresa de EEUU e Israel sobre Irán viola el derecho internacional y se produce cuando se estaba negociando una revisión del acuerdo nuclear, algo gravísimo desde el punto de vista del respeto entre las partes y la credibilidad del atacante. Hay que rechazar esta agresión con claridad, más allá del rechazo que nos pueda producir el régimen teocrático iraní y que condenemos sin paliativos la represión sobre su propio pueblo. El ataque ha sido técnicamente brillante al cercenar a buena parte de la cúpula del régimen iraní, pero brutal por sus graves consecuencias sobre la población civil. La masacre de la escuela de Shajareh Tayebeh en Minab, donde 168 personas, la mayoría niñas han sido asesinadas según las investigaciones por un misil Tomahawk de EEUU, contrasta con la precisión para eliminar a Alí Jamenei. La OMS afirma con razón que cuando se bombardean escuelas y hospitales no hay errores, son crímenes de guerra.
La guerra va camino de su cuarta semana y todo apunta a un alargamiento y a un resultado incierto en su desenlace. Dicen los expertos que la impulsividad de Trump y Netanyahu en el ataque a Irán del 28 de febrero, parece que no había previsto cómo continuar si no provocaban un cambio de régimen, algo que en absoluto está en el horizonte inmediato. Al contrario, la agresión a Irán puede acabar produciendo un cierre de filas nacionalista, porque no se libera a ningún pueblo con bombas sobre su población.
Mientras Estados Unido e Israel bombardean miles de objetivos en Irán, la respuesta iraní y de sus aliados es defenderse con ataques a Israel y a las bases norteamericanas en la zona. Ello está generalizando la guerra que se extiende al Líbano y a los países del Golfo. Ante la inevitabilidad del ataque, Irán ha debido prepararse y su otro gran frente es utilizar el petróleo y el gas como armas estratégicas cerrando el Estrecho de Ormuz. Debido a la gran dependencia mundial de los hidrocarburos, ello puede conducir a que se dispare su precio y a la crisis de la economía mundial. Buscan que el mundo presione a aquellos que le agredieron, especialmente a Trump que, además, tiene elecciones legislativas en noviembre. Si el mundo no detiene la guerra, todo apunta a un agravamiento del conflicto: ataques a centrales nucleares, bombardeos de infraestructuras energéticas y eléctricas, tropas norteamericanas en el Golfo Pérsico, etc.
Frente a la locura belicista desatada solo cabe decir no a la guerra, y movilizarse activamente por la paz. Para impedir la muerte de miles de personas y la destrucción de ciudades e infraestructuras; y para evitar una crisis económica mundial pavorosa que produzca inflación, encarecimiento del coste de la vida, cierre de empresas, desempleo, recortes del gasto social, etc.
Urge por ello salir a la calle, pero no puede volver a pasar lo sucedido el 14 y el 21 de marzo, con convocatorias coincidentes en Madrid a la misma hora y en diferentes sitios, sobre los mismos o parecidos temas (no a la guerra, no a la OTAN, solidaridad con Cuba…). Una pena y un desastre. Prueba de ello fue la escasa asistencia a todas ellas, cuando la situación exige que se movilicen cientos de miles de personas.
Es necesaria una gran convocatoria unitaria en abril que pueda aglutinar a ese 85% de la población que rechaza la guerra en nuestro país. Con un lema suficientemente amplio para que sea un paraguas que dé cobertura a la inmensa mayoría de la ciudadanía y de las organizaciones que defienden la paz y el derecho internacional. Debería convocarse en todo el estado por el conjunto de los sindicatos de clase, por los movimientos sociales, las plataformas y asambleas solidarias, iglesias, ONG´s, etc. Después se deberían sumar los partidos políticos progresistas y democráticos. Nadie debería quedar fuera de la convocatoria, en todo caso, solo quien en su excelso purismo sea incapaz de manifestase contra la guerra junto a todos los demás.
Nos jugamos mucho. A nivel europeo, debemos presionar a la Unión Europea para que abandone posiciones erróneas como las manifestadas por la presidenta Ursula von der Leyen, porque la disyuntiva no es matonismo frente a multilateralismo: solo los matones, las mafias y los delincuentes defienden la selva que supone la ausencia de normas y de leyes. En clave interna, debemos vacunarnos ante el riesgo de que los Feijóo, Abascal y Ayuso si llegara a gobernar nos metieran en una guerra ilegal por su obsceno vasallaje ante Trump, como hizo Aznar en Irak. Y es que no falla esta ecuación: cuanto más "patriotas" de pacotilla, más vendepatrias.
España se ha convertido en una referencia a nivel mundial con su No a la guerra y por negarle a EEUU el uso de las bases y el envío de barcos al Estrecho de Ormuz. Ahora se trata de que nuestro pueblo sea un referente con su movilización pacifista, como lo fue hace cuarenta años con su oposición a la OTAN y a los bloques militares; y como lo ha sido en la movilización contra el genocidio de Gaza, incluso en la Vuelta Ciclista. Es la hora de una gran marea por la paz que llene las calles de España.

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