Opinión
Grietas en el MAGA: ¿señales de desgaste en el Trumpismo?

Por Miguel Urbán
En su discurso de la noche electoral, Donald Trump no mencionó ni una sola vez al Partido Republicano; en cambio, sí realizó varias alusiones al movimiento MAGA, refiriéndose a él como "el movimiento político más grande que se ha visto nunca en este país". MAGA, acrónimo del lema Make America Great Again, es un eslogan que ya utilizó Reagan en la campaña de 1980, que Trump se apropió en la campaña de 2016 y que ha mutado en una suerte de movimiento reaccionario: el auténtico núcleo duro del trumpismo.
Un movimiento con un rey absoluto, Trump, pero con muchos representantes. Quizá una de sus figuras más insignes en el último tiempo sea Marjorie Taylor Greene, congresista por el distrito del noroeste de Georgia, símbolo de una nueva camada de políticos MAGA. Taylor Greene es una acérrima defensora de la teoría de la conspiración de QAnon y una de las seguidoras públicas más leales de Trump, al que defendió a capa y espada cuando éste enarboló la teoría conspirativa del fraude electoral al perder ante Joe Biden.
La trayectoria política de Marjorie Taylor Greene ejemplifica la de miles de seguidores del MAGA que se involucraron activamente en la política con Trump, convirtiéndose en fanáticos del empresario neoyorquino y conformando una suerte de guardia pretoriana que conquistó el Partido Republicano. Ahora, después de un convulso año de legislatura y con las elecciones de mitad de mandato en el horizonte, esa guardia comienza a quebrarse públicamente.
El MAGA es un continente amorfo en el que conviven diversas familias reaccionarias, desde nativistas y supremacistas hasta fundamentalistas cristianos, con intereses en algunos casos contrapuestos. Están unidos por la omnipresente figura de Trump, que ha utilizado las conspiraciones como auténtico pegamento para el movimiento. La paradoja es que, justamente tras años dedicados a difundir teorías conspirativas para su propio beneficio político, el presidente Donald Trump se ha visto envuelto en la más controvertida de todas: la lista Epstein.
De hecho, han sido precisamente la defensa de las víctimas de Epstein y la ley para desclasificar los papeles del pederasta neoyorquino, las que han precipitado la ruptura de Trump con una de las caras más prominentes del movimiento MAGA en el Capitolio: Marjorie Taylor Greene. Una semana antes de la votación de la ley de Transparencia de los papeles de Epstein, Trump le dedicó a la legisladora republicana toda una serie de insultos en redes sociales, de "traidora" a "chiflada". Ataques del presidente que desembocaron en amenazas y otras tácticas de intimidación por parte de sus simpatizantes, y que finalmente terminaron con la renuncia de la republicana a su escaño el pasado 5 de enero, con las consiguientes elecciones anticipadas en el distrito del noroeste de Georgia.
Una ruptura que esconde motivaciones políticas que van más allá de la lista Epstein y que podría ser la muestra de divisiones más profundas en el seno del MAGA. No estamos hablando de un conflicto cualquiera: Taylor Greene era una figura muy importante en el trumpismo, y su alejamiento responde a razones profundas que conviene tener en cuenta para aventurar los escenarios que se abren en estos meses hasta las elecciones de mitad de mandato en noviembre. Un periodo en el que Trump puede perder el control del Congreso e incluso del Senado, una situación que complicaría el resto del mandato y que, ante la posibilidad de un impeachment, sería peligrosa para la propia continuidad de su presidencia.
Las críticas de Taylor Greene a la administración Trump se han centrado en dos aspectos fundamentales. Por un lado, ha sido muy dura cuestionando la política económica y social de la Casa Blanca, llegando a afirmar que la administración está manipulando a los estadounidenses respecto al aumento del coste de la vida. También ha acusado al Partido Republicano de no hacer nada para aliviar la situación de los beneficiarios de la Ley de Cuidado de Salud Asequible, quienes en algunos casos están viendo duplicarse el coste de sus primas. Llegó a asegurar, incluso, que había sido una ingenua al pensar que el presidente era realmente un "hombre del pueblo", una frase que resume el desencanto de quien fue una de sus mayores defensoras.
Además, Taylor Greene ha criticado la intensa política exterior de la Casa Blanca, acusando a Trump de buscar un "legado" con una política exterior intervencionista, que considera contraria a los principios del movimiento "Estados Unidos primero", que prioriza los asuntos internos y que, en cierta medida, se construyó en oposición a las costosas políticas imperiales —dinero y vidas— norteamericanas, como las de Irak o Afganistán.
A la desafección de Taylor Greene se ha sumado en el último tiempo la polémica por la decisión de Tucker Carlson de entrevistar en su pódcast a Nick Fuentes, un antisemita y negacionista del Holocausto confeso. Una polémica que ha vuelto a evidenciar las tensiones que genera la agresiva política exterior trumpista, en este caso por su seguidismo de la agenda de Benjamin Netanyahu —con Irán— en el horizonte, así como las diferentes familias de la ultraderecha que cada vez conviven peor dentro del MAGA.
También hay crecientes críticas a Trump por parte de la comunidad de podcasters reaccionarios, tan populares entre los jóvenes blancos, que desempeñaron un papel importante en su triunfo electoral de 2024. En este sentido, podcasters con enorme influencia —como Joe Rogan— se han mostrado muy críticos con las medidas de la administración Trump, tanto en la política económica como en la militarización del espacio público.
La audaz predicción que hizo Donald Trump el día de su toma de posesión, cuando habló de una "época dorada" de los EE. UU., no se ha materializado para la mayoría de los estadounidenses; más bien lo contrario. En este sentido, las encuestas muestran una caída en sus índices de aprobación y en las expectativas republicanas para las elecciones de mitad de mandato. Cada vez más voces importantes de la derecha se están atreviendo a cuestionar abiertamente el criterio del presidente, incluso cuando luchan entre sí sobre la mejor forma de interpretar y ejecutar la consigna de "Estados Unidos primero".
El distrito catorce de Georgia es un corredor mayoritariamente de clase trabajadora, desde los suburbios de Atlanta hasta la frontera con Tennessee, que en los últimos tiempos —desde que Taylor Greene arrasara en 2020— se ha consolidado como uno de los bastiones obreros más importantes del MAGA. Unos comicios muy simbólicos en los que no solo estamos viendo la división del movimiento por alzarse con el título de abanderado MAGA en el distrito, sino también son una buena muestra de la división en el seno republicano y de la pérdida relativa de influencia de Trump. Así, hasta catorce candidatos republicanos —a pesar de la designación por parte de Trump de Clay Fuller, el exfiscal de distrito, como su candidato— siguen en la carrera para suceder a Taylor Greene en las elecciones del próximo 10 de marzo. Una división que puede acarrear incluso la pérdida del escaño para los republicanos: todo un síntoma del momento de debilidad y fractura en el seno del trumpismo. Un aviso de cara a las cruciales elecciones de mitad de mandato del próximo noviembre, donde podremos ver cuán profunda es la herida en el MAGA que muestra la partida de Taylor Greene.

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