Opinión
Radiografía de la injerencia trumpista en América Latina

Por Miguel Urbán
-Actualizado a
El 3 de enero de 1990, Manuel Antonio Noriega, el hombre fuerte de Panamá durante una década, se rendía tras dos semanas de resistencia, siendo finalmente trasladado a los Estados Unidos, en donde sería juzgado y condenado por narcotráfico. Dando por terminada la llamada operación Causa Justa que George H. W. Bush encabezó para asegurar el control del Canal de Panamá ante las veleidades soberanistas de Noriega.
Treinta y seis años después parece que, como afirmaba Marx, "la historia se repite dos veces: la primera vez como tragedia y la segunda como farsa". El ataque del ejército de los Estados Unidos del pasado 3 de enero contra Venezuela y el secuestro de su presidente Nicolás Maduro junto a su esposa, Cilia Flores, para ser juzgados en Nueva York por narcotráfico, es una farsa grotesca de la operación contra Noriega. Una operación que lleva varios meses fraguándose bajo la coartada de la lucha contra los cárteles de la droga.
El pasado agosto, The New York Times destapaba que Trump había firmado en secreto una directiva dirigida al Pentágono para que comenzara a utilizar la fuerza militar contra determinados cárteles de la droga latinoamericanos considerados por su Gobierno como organizaciones terroristas. Una orden que proporcionaba una base oficial para la posibilidad de albergar operaciones militares directas en el mar y en suelo extranjero contra los cárteles. El documento detallaba que el presidente Trump considera que los cárteles de la droga son grupos armados no estatales y que sus acciones equivalen a "un ataque armado contra Estados Unidos": "El presidente determinó que Estados Unidos está en un conflicto armado no internacional con estas organizaciones designadas como terroristas".
Unos meses antes, en febrero de 2025, la administración Trump designó como organizaciones terroristas internacionales a seis cárteles mexicanos (el Cártel de Sinaloa, Jalisco Nueva Generación, Cárteles Unidos, el Cártel del Noroeste, Cártel del Golfo y La Nueva Familia Michoacana) y dos pandillas: Tren de Aragua y la Mara Salvatrucha. En julio, el Gobierno de Trump incluyó en esta lista de grupos terroristas globales al Cártel de los Soles venezolano y afirmó que el cártel está dirigido por el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y otros altos cargos de su Gobierno.
Esta decisión fue mucho más que un simple cambio de nomenclatura. Como explicó el secretario de Estado, Marco Rubio, "lo que cambia es que nos da la autoridad legal para apuntar a estos [los cárteles] de manera que no se puede hacer si fueran solamente un montón de delincuentes. Ya no es un asunto de la Policía. Se convierte en un asunto de seguridad nacional". Una decisión que permite a Trump ordenar acciones militares unilaterales sin aval del Congreso. Justamente, una autorización parecida fue la que utilizó George H. W. Bush para enviar 20.000 soldados a invadir Panamá en la operación contra Noriega.
En ese sentido, cobra más importancia la designación, por parte de los Departamentos de Justicia y de Estado, de Maduro como jefe del cártel de los Soles, y las declaraciones de la fiscal general, Pam Bondi, al calificarlo como "uno de los narcotraficantes más grandes del mundo y una amenaza a nuestra seguridad nacional".
A lo largo de la historia, los gobiernos norteamericanos han calificado de terroristas a los dirigentes de naciones rivales, tratando de justificar las incursiones militares como "operaciones policiales" evitando pronunciar la impopular palabra "guerra". La afirmación es especialmente ridícula en este caso, dado que Venezuela no es un productor significativo de fentanilo ni de las otras drogas que han dominado la reciente epidemia de sobredosis en Estados Unidos, y la cocaína que sí produce fluye principalmente a Europa. Así, mientras en la segunda mitad del siglo XX la intervención imperialista de los Estados Unidos en América Latina se justificó en nombre de la "amenaza comunista", ahora la consigna es la "lucha contra el narcotráfico". La declaración de Maduro como jefe del Cártel de los Soles no deja de ser la excusa para una intervención en Venezuela a la manera del modelo Noriega en Panamá.
A Trump poco o nada le importa la supuesta guerra contra las drogas, no deja de ser una coartada para justificar su política imperialista en el continente latinoamericano. De hecho, unas semanas antes del secuestro de Maduro y su esposa para ser juzgados por narcotráfico, el propio Trump concedía el indulto a Juan Orlando Hernández, el expresidente de Honduras que cumplía una pena de 45 años de prisión por introducir, según la Fiscalía norteamericana, más de 400 toneladas de cocaína en EEUU. Un indulto justificado, según el propio Trump, porque la administración del expresidente Joe Biden le tendió una trampa a Juan Orlando Hernández. Aunque realmente respondía a los intereses geoestratégicos de la administración Trump en la región, que ven en Honduras un lugar estratégico en la región y Juan Orlando es un aliado de sus intereses.
Si una palabra se ha repetido hasta la saciedad en la rueda de prensa que ofreció Trump desde su residencia y club Mar-a-Lago en Palm Beach -para detallar las intenciones de su Gobierno sobre Venezuela- ha sido "petróleo", hasta 26 veces. "Drogas", "narcotráfico" y "democracia", aunque también se han mencionado, ha sido en un muy discreto segundo plano ante el verdadero protagonista: el petróleo.
Aunque han hablado de una "captura histórica" que "sólo Estados Unidos podría haber ejecutado", anunciando que permanecerán en el país "hasta que se llegue a una transición adecuada". El verdadero enfoque de la rueda de prensa ha sido el petróleo y los "inmensos" beneficios que reportará "a la economía estadounidense". En este sentido, es fundamental recordar que, en el mapa de las reservas mundiales de petróleo, Venezuela concentra en torno al 17% de las reservas probadas del planeta (más de 300.000 millones de barriles), por encima de Arabia Saudí o Estados Unidos. Un gigantesco tesoro que, como el propio Trump reconoció, Estados Unidos quiere recuperar después de que, según sus palabras, el "régimen socialista" realizara "uno de los mayores robos de propiedad estadounidense en la historia de nuestro país".
En su obsesión por recuperar la grandeza perdida del imperio norteamericano, Trump, con su lema Make America Great Again, se ha marcado como objetivo primordial reactualizar la doctrina Monroe —famosa por su "América para los americanos"—, que, bajo la supuesta defensa de la independencia de las naciones —aplaudida incluso por Simón Bolívar—, se transformó en una política deliberada para convertir a Latinoamérica en el "patio trasero" de Washington. A lo largo de la historia numerosos presidentes norteamericanos han actualizado la doctrina Monroe con diferentes adiciones conocidos como "corolarios".
Quizás el más importante de estos corolarios sería el "Gran Garrote" de Theodore Roosevelt (1901-1909), que justamente se inauguraría en el conflicto de Venezuela contra Alemania, Inglaterra e Italia. Este corolario adoptó la consigna del Gran Garrote de un dicho africano que afirmaba: "Habla suavemente y lleva un gran garrote; llegarás lejos". Y vaya si llegó lejos; convertiría a Roosevelt en padre del imperialismo norteamericano, inaugurando una política exterior de "Policía global" al servicio de sus intereses imperiales.
Con motivo del 250 aniversario de la doctrina Monroe, la Casa Blanca publicó un comunicado oficial en el que Donald Trump reafirma su compromiso con este pilar estructural de la política exterior estadounidense —pero también su intención de actualizarla, completándola con un "corolario Trump"—. Al estilo de su tan idolatrado Roosevelt, Trump pretende reactualizar y ampliar la sombra de ese gran garrote sobre América Latina. Pero sin hablar suavemente: prefiere su tradicional actitud de matón inmobiliario neoyorquino.
Así, desde el mismo día de su victoria electoral, ha mencionado a Panamá en repetidas ocasiones —en discursos, entrevistas y publicaciones en Truth Social—, amenazando con "recuperar" militarmente el canal, bajo control estadounidense entre 1914 y 1999. De hecho, CNN y NBC News revelaron la existencia de un memorando presidencial que ordenaba al Pentágono preparar "opciones militares creíbles para garantizar el acceso" al canal panameño y proteger los "intereses vitales estadounidenses". Ese memorando representa el desafío más directo a la soberanía panameña desde la invasión de 1989.
Con la sombra del garrote ciñéndose sobre Panamá, Trump ha arrancado una serie de concesiones al presidente conservador, José Raúl Mulino: el inicio de negociaciones para reembolsar a buques militares de Estados Unidos el pago de peajes y la aceptación de despliegues rotativos de personal militar estadounidense en bases panameñas (la última base permanente de EEUU en Panamá cerró en 1999). Todas esas concesiones buscan contrarrestar la influencia de China, que ha ganado terreno comercial en Panamá desde que el país rompió relaciones con Taiwán en 2017. En esa misma línea, otra victoria del chantaje norteamericano ha sido el anuncio de la salida de Panamá de la Iniciativa de la Franja y la Ruta de China, pieza central de la política exterior de Xi Jinping.
En el marco de la disputa con China por la hegemonía en América Latina, en verano, Trump decretó los aranceles a Brasil como arma negociadora-disciplinaria fundamental en su particular guerra comercial. El país sudamericano es clave en esta pugna global, no solo por sus recursos y su peso económico, sino también por su papel de punta de lanza de los BRICS y, por ende, de China en el continente. La excusa del castigo arancelario a Brasil fue, según la Casa Blanca, la "persecución, intimidación, acoso, censura y enjuiciamiento políticamente motivados del Gobierno de Brasil" contra "Bolsonaro y miles de sus seguidores": "Graves violaciones de derechos humanos que han socavado el Estado de derecho en Brasil".
El apoyo directo a sus aliados políticos en el continente se ha convertido en una nueva forma de injerencia en la soberanía latinoamericana. Así, la Casa Blanca repitió en Argentina el modelo aplicado con Brasil, condicionando un rescate económico de 20.000 millones de dólares —ampliable a 40.000— que el Tesoro de Estados Unidos canalizaría hacia Argentina siempre que Milei ganara las elecciones del 25 de octubre. "Si no gana, no perderemos el tiempo", dijo Trump tras una reunión bilateral en Washington con la delegación argentina.
La frase resume a la perfección esta nueva injerencia: Estados Unidos no está apoyando a Argentina; intenta condicionar la soberanía electoral de los argentinos y las argentinas, hipotecando el futuro económico del país a un resultado favorable al candidato de Trump. Milei, considerado por el propio Trump como "su aliado sistémico en la región", es una pieza clave para contrarrestar el eje progresista latinoamericano, actuar como caballo de Troya en el Mercosur y frenar la penetración china. "Si a Argentina le va bien, otros países seguirán su camino", afirmó Trump.
Aunque donde el garrote injerencista de Trump parece haberse posado con más fuerza es en Venezuela, sobre la que ya ha realizado diversas intervenciones militares contra su soberanía, la más grave la de este pasado 3 de enero. Pero sobre la que todavía sobrevuela la sombra de nuevas intervenciones militares si no se doblega a sus intereses imperiales. Un hecho histórico, ya que mientras en Centroamérica el ejército norteamericano sí había actuado, el ataque a Venezuela es el primero que realizan directamente soldados de los EEUU en Sudamérica. Lo que supone todo un hecho histórico con profundas implicaciones para el continente.
De hecho, ya hemos visto como el propio Trump no perdió la oportunidad de utilizar la rueda de prensa del secuestro de Maduro para amenazar -a uno de sus más fervientes críticos en América Latina- al presidente de Colombia, Gustavo Petro. Al que ha acusado en numerosas ocasiones, sin pruebas, de "ser un líder del narcotráfico que incentiva la producción masiva de drogas, tanto en campos grandes como pequeños, por toda Colombia". Asimismo, Cuba, un viejo objetivo del imperialismo norteamericano, también aparece entre las próximas víctimas de la injerencia trumpista.
Un ataque que ha hecho saltar por los aires todo el sistema jurídico internacional en lo que supone un auténtico "crimen de agresión" y "una flagrante violación manifiesta de la Carta de Naciones Unidas". Que como el propio editorial de The New York Times afirmaba ayer mismo, al proceder sin ningún atisbo de legitimidad internacional, autoridad legal válida o respaldo nacional, Trump se arriesga a dar una justificación a cualquier potencia que quiera dominar a sus propios vecinos. Con China y Taiwán en el horizonte. Y de forma más inmediata, amenaza con reproducir la arrogancia estadounidense que condujo a la invasión de Irak en 2003.
La intervención militar de Estados Unidos contra Venezuela, el secuestro del presidente Maduro junto a su esposa y los anuncios de instalar un gobierno dirigido desde Estados Unidos que pueda explotar los ricos recursos petroleros supone la definitiva crónica de una muerte anunciada de unas Naciones Unidas con cara de Sociedad de Naciones. Retrotrayéndonos a una lógica de rearme acelerado y de reparto neocolonial del mundo por parte de las potencias imperiales, un camino que nos puede llevar a una inevitable nueva guerra mundial. Hoy más que nunca, la defensa de la soberanía de Venezuela y la autodeterminación de los venezolanos es la causa de humanidad contra los monstruos de la guerra.
Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.