Opinión
¿El fin del "turnismo" portugués? La ultraderecha llama a la puerta

Por Miguel Urbán
El 2026 se perfila como un año clave en la política internacional: intensificación de conflictos, guerras sin resolver y otras posibles por comenzar, potencias en disputa y una economía global a las puertas de una nueva recesión. En este contexto, la Unión Europea se encuentra en una auténtica crisis existencial, atenazada entre el expansionismo putinista y el brutalismo imperial trumpista, con la locomotora alemana gripada por los altos precios de la energía y la pujanza de una extrema derecha que aparece cada vez más como un socio tanto de Trump como de Putin en su anhelo de disgregar la UE.
Un año que estará marcado por elecciones trascendentales en múltiples regiones, desde Brasil a Colombia en América Latina, y unas fundamentales "midterms" en los Estados Unidos. Y en la Unión Europea, diversos comicios que resultarán importantes para comprobar la pujanza en el continente de la ola reaccionaria global. En marzo se celebrarán elecciones municipales en Francia, una primera prueba para Rassemblement National antes de las fundamentales presidenciales de 2027, que podrían confirmar la inelegibilidad de Marine Le Pen. Un mes después, en Hungría, se celebrarán las elecciones generales y un nuevo partido, Tisza (derecha pero supuestamente pro-UE), liderado por Péter Magyar, antiguo aliado de Orbán, supera al Fidesz en las encuestas. Una derrota de Orbán supondría acabar con el puntal más importante de la ultraderecha en el continente, el más firme socio de Putin en Europa.
Un ciclo electoral que comenzará en Europa con las elecciones presidenciales portuguesas del próximo 18 de enero. Los quintos comicios en dos años desde que, en noviembre de 2023, un caso de corrupción se llevara por delante a António Costa y a su ejecutivo, uno de los pocos en los que aún los socialistas mantenían una mayoría absoluta. Desde entonces, Portugal ha entrado en una espiral de inestabilidad política cuyo último episodio serán las próximas elecciones presidenciales.
De hecho, la presidencia portuguesa se había convertido en el último reducto de estabilidad institucional. Rebelo de Sousa, una especie de Macron a la portuguesa o caudillo del extremo centro, ha presidido el país luso los últimos diez años con cuotas de popularidad que parecían ajenas al descrédito político que sacude a los grandes partidos portugueses y que ha encontrado en la extrema derecha de Chega (que significa "basta") un vehículo para expresarse.
En este sentido, la encuesta más reciente, publicada el lunes 29 de diciembre, arrojó un insólito empate técnico entre tres de los once candidatos que concurren a estas elecciones. Lo que apuntaría a una segunda vuelta en febrero, algo que el país no vive desde 1986, cuando ningún candidato obtuvo más de la mitad de los votos. Justo ese año, Portugal ingresó a la Unión Europea (entonces Comunidad Económica Europea) junto con España. Desde entonces, durante los últimos cuarenta años, las presidenciales portuguesas han sido un reducto de estabilidad turnista que se quebrará este mes.
Las encuestas muestran al exministro y comentarista conservador Luís Marques Mendes encabezando las previsiones con un 20,7 % de los votos, seguido por el exsecretario general del Partido Socialista António José Seguro con un 19,9 %, y, por último en esta carrera de tres, aparece André Ventura, líder de Chega, con un 19,1 %. Aunque no se puede descartar que, en esta carrera, pueda dar la sorpresa y meterse en la segunda vuelta el exjefe del Estado Mayor de la Armada, el almirante en la reserva Henrique Gouveia e Melo, que hasta hace poco aparecía como el principal candidato a la presidencia, siendo el primer militar que podría ocupar ese cargo desde que el general António Ramalho Eanes, líder del contragolpe del 25 de noviembre de 1975, dejara el cargo de presidente en 1986. Pero una investigación sobre posibles irregularidades en contratos de la Marina cuando el almirante tenía responsabilidades en esa rama de las Fuerzas Armadas parece haber afectado a sus posibilidades electorales.
La candidatura de Gouveia e Melo se sustenta sobre su popularidad, adquirida como coordinador del operativo encargado de organizar la vacunación durante la pandemia en febrero de 2021, y en su supuesta independencia política: ajeno a los grandes partidos, su candidatura se ha lanzado a partir de una plataforma ciudadana llamada "Honrar Portugal". Presentándose como un liderazgo capaz de cohesionar el país, su lema de candidatura, “Unir Portugal”, no deja lugar a dudas. Una forma de conectar con la corriente antipolítica, cada vez más importante entre la sociedad portuguesa, ofreciendo una figura de autoridad y orden.
El desinfle de Gouveia e Melo, que el pasado mayo, cuando anunció su candidatura, aparecía como el seguro ganador de los comicios, beneficia al conjunto de los principales candidatos presidenciales, pero especialmente a André Ventura, que, después de conseguir convertir en un tiempo récord a Chega en la segunda fuerza en el Parlamento portugués el pasado mayo, aspira ahora a una nueva victoria: colarse en una más que segura segunda vuelta de las elecciones presidenciales.
Al igual que Vox, su homólogo español, Chega nació como una escisión de la derecha tradicional —en este caso, del PSD—. Su nombre proviene del movimiento interno que Ventura encabezó dentro del partido, en oposición a su entonces líder, Rui Rio, a quien acusaba de moderado ("Chega de Rui Rio"). Su éxito, el más vertiginoso en la historia democrática portuguesa, se ha consolidado como expresión local de la ola reaccionaria global, sustentado en propuestas y declaraciones abiertamente racistas y polémicas (como la castración química para agresores sexuales, el confinamiento específico de población gitana durante la pandemia, ataques a los beneficiarios de ayudas sociales y discursos antiinmigración, antifeministas y anti-LGBTQIA+, además de la difusión de teorías conspirativas como la del "gran reemplazo").
Aunque el combustible electoral de Chega se encuentra en el malestar profundo de una ciudadanía golpeada por la pérdida de poder adquisitivo, la escalada de precios —especialmente de alimentos— y una crisis inmobiliaria galopante. Todo ello revela una economía profundamente dislocada entre los datos macroeconómicos y la realidad cotidiana de los hogares portugueses. De esta manera, Chega ha intensificado sus ataques no solo contra los migrantes como chivos expiatorios de la crisis, sino también contra la "clase política parasitaria" que —según Ventura— ha gobernado el país durante medio siglo, "enriqueciéndose mientras empobrece al pueblo, que ya no puede pagar la luz, el gas, el combustible ni la vivienda". Así, el líder ultra ha mutado el lema anticorrupción de "Limpiar Portugal", que utilizó en 2024, por el de "Salvar Portugal" de las últimas elecciones de mayo de 2025, con resonancias tanto trumpistas como salazaristas, apelando a los temores de una clase media empobrecida. Ventura se erige así como portavoz de ese "Portugal de abajo" que ya no llega a fin de mes.
Como analizábamos antes, las últimas encuestas, antes de que este domingo 4 de enero comience formalmente la campaña electoral de las presidenciales, nos describen tres escenarios plausibles para una segunda vuelta. Por un lado, una competencia entre los partidos tradicionales del turnismo portugués: Marques Mendes por los democristianos contra António José Seguro por los socialistas, con un André Ventura a las puertas de entrar en la segunda vuelta. O, por el contrario, una inédita competencia entre Mendes y Ventura, con una más que clara victoria del democristiano, pero que reforzaría la lógica —que ya hemos visto en Francia— de frente con la derecha para frenar a la ultraderecha; lo que victimizaría y aumentaría la popularidad de Chega como expresión del malestar contra el sistema político portugués. Incluso en este escenario a tres bandas no sería totalmente descartable una segunda vuelta entre el candidato socialista y la ultraderecha, tensionando las costuras de una derecha en el gobierno obligada a apoyar al candidato socialista contra Ventura.
Indudablemente, pase lo que pase en las próximas elecciones del 18 de enero, lo que ya podemos aventurar es que la tradicional estabilidad institucional del turnismo portugués se ha roto. El pasado mayo la ultraderecha consiguió, por primera vez desde el restablecimiento de la democracia, la jefatura de la oposición, y este enero tendremos una incierta segunda vuelta. Las presidenciales han dejado de ser un mero trámite del turnismo para convertirse en un test, tanto luso como europeo, sobre el nuevo tiempo histórico en el que nos adentramos. En el que Portugal se parece cada vez más a esa Europa azotada por la quiebra de los campos políticos tradicionales y la emergencia de una ola de autoritarismo reaccionario.

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