BORBOLANDIA
La guerra de los borbones: 193 años a guantazos

Periodista y escritora
El español es mayoritariamente obediente, acomodaticio, elástico, transigente... Peor. Es maleable. Así nos llevan adiestrando desde hace dos siglos para que traguemos carros y carretas con los borbones. ¿Este? Nos vale. No, mejor este otro… y también nos vale. Le tocaba a ese, pero vamos a poner a esta… y nos vale también.
Ese español medio de mente sencilla, como alumno aventajado que es de un país con una educación secuestrada desde 1851 por una secta religiosa, acepta comerse los mocos mientras aplaude el desfile de plutócratas sin recibir explicaciones y, como quien va a misa, sin hacerse preguntas ni buscar respuestas.
Carlismo malo. Carlistas casposos. Carlos María Isidro traidor. Guerras carlistas… carlismo, carlismo, carlismo… los tenemos interiorizado como los malos de la película, pero son los mismos perros que habitan en La Zarzuela, solo que con distinto collar. Son borbones con sus mismos vicios, iguales corrupciones y la misma inmoralidad. Son el mismo tronco familiar, pero nos han aleccionado para que aceptemos la diferencia y demos por legítimos a los de Felipe. Y no, los legítimos son los otros borbones. Felipe VI procede de la rama corrupta y usurpadora, que pasa ahora por ser la liberal porque, piénsenlo, se ha tenido que adaptar para mantener el negocio del trono. De haber llegado hasta aquí la rama legítima de los borbones, sus miembros se habrían adaptado igualmente y los carlistas serían los liberales y los felipistas los rancios.
Felipe VI procede de la rama corrupta y usurpadora, que pasa ahora por ser la liberal porque se ha tenido que adaptar para mantener el negocio del trono
Poco se habla de Carlos María Isidro, el hermano del mastuerzo Fernando VII. Y aunque hemos oído hablar mucho en el cole de carlismo, de sus orígenes y de las guerras que provocó su lucha por el poder, no tanto de los personajes en cuestión; así que, hagamos primero un breve recordatorio por si alguien no tiene situados a los llamados carlistas.
Fernando VII se murió, pero se saltó la legislación vigente e hizo un apaño para que lo sucediera su hija Isabelita. La ley dinástica de los borbones decía que al rey no le puede suceder una mujer, por muy hija que sea, mientras haya un hermano, un tío, un primo o un sobrino. Como el mastuerzo no quería que el trono de España pasara a su hermano Carlos María Isidro, que era el legítimo Príncipe de Asturias, y por tanto heredero al trono, cambió la ley para que el Principado pasara a su hija. Desde entonces, los descendientes del tal Carlosmari se consideran los herederos legítimos al trono de España y entienden que Felipe VI es un usurpador. Y tienen razón. A los republicanos nos traen al pairo las disputas intestinas borbonas, pero hay que reconocer que lo que es, es.
Dejando al margen la endémica bronca de esta familia, a estas alturas ya es difícil deducir cuál de las dos ramas habría sido la menos perjudicial para España, aunque, objetiva y matemáticamente, sin duda, la carlista. De entrada, nos habríamos ahorrado tres guerras civiles que desangraron el país, varias insurrecciones, golpes militares y miles de muertos. Por lo demás, la misma repulsa se merecen tanto unos como otros puesto que en lo único que estuvieron de acuerdo los borbones legítimos y usurpadores ha sido en el apoyo a la dictadura franquista.
En lo único que estuvieron de acuerdo los borbones legítimos y usurpadores ha sido en el apoyo a la dictadura franquista
Los carlistas pasan por ser unos pirados tradicionalistas, ultraconservadores, católicos patológicos, rabiosos antiliberales… menos una escisión carlista que ahora dice ser chupi-progre. No pierdan nunca de vista que los borbones son borbones y su naturaleza los lleva a fragmentarse como amebas. Todos. Echen una ojeada a la desestructurada familia de Felipe y la ciudadana Ortiz, pues en el mismo plan están sus primos de la rama legítima carlista. Desestructurados.
El principio de todo esto estuvo en el desencuentro entre hermanos en 1833, cuando Fernando le dijo a Carlosmari que tenía que jurar a su hija Isabel como Princesa de Asturias, y Carlos María respondió cariñosa y formalmente con una carta encabezada por "Mi muy querido hermano de mi corazón, Fernando de mi vida…", para decir a continuación que ni de coña juraba a la mocosa; que ni su conciencia ni su honor le permitían jurar otros derechos que no fueran los que marcaban la ley, y esa ley decía que el heredero de la corona tenía que seguir llevando pantalones. Y tenía razón. La ley es la ley.
El mastuerzo, a vuelta de correo, derramó el mismo cariño en la carta que encabezó diciendo: "Mi muy querido hermano mío de mi vida, Carlos de mi corazón…", para continuar diciéndole que se largara del país y no volviera. Y por cierto, te he confiscado todos tus bienes, hermano de mi vida.
A la vista está que los hermanos, más que quererse, se adoraban, pero las consecuencias de tanto corazón mío y tanto cariño de mis entretelas fueron las tres guerras carlistas que dejaron en el campo de batalla a miles de españoles.
Tras la expulsión del país del legítimo Príncipe de Asturias aún faltaba por llegar lo peor, porque cuando por fin se produjo el óbito del mastuerzo, Carlos María Isidro fue proclamado en Bilbao como el rey Carlos V. Ahí empezó la guerra, y ahí empezaron las distintas cuentas de los borbones con sus respectivos reyes.
Pero son sus cuentas; no se dejen contaminar por los trileros borbones ni permitan que les intoxiquen con insostenibles argumentos feministas en favor de la niña isabelita; forman parte de la misma dinastía, con idéntica ausencia de valores e iguales intereses, y tan machistas unos como otros, pero los usurpadores que fueron ganando las guerras y aplastando las insurrecciones familiares necesitaron el apoyo de los liberales y no les quedó otra que ir adaptándose en el siglo XIX a las exigencias políticas del momento si querían seguir reinando. De haber cambiado las tornas, los carlistas legítimos se habrían adaptado igualmente para retener el trono.
Carlos María Isidro se hubiera adaptado como se adaptó Isabel II y luego la hubiera cagado igual que la cagó Isabel II
A estas alturas de curso, con todas las pruebas en la mano, se puede afirmar con total seguridad que la regencia de María Cristina fue nefasta y el reinado de Isabel II un desastre, pero los españoles no tenían opción de elegir y, de haber podido hacerlo, sería como decidir si era menos pernicioso saltar desde la Torre Eiffel o desde el Empire State. Te tires de donde te tires el resultado sería igual de trágico. La regencia de los cristinos y el reinado de los isabelinos fueron dos absolutas calamidades. Corrupción, mal gobierno, involución… No sabemos qué habría pasado de haberse proclamado el legítimo; probablemente lo mismo, y Carlosmari se habría adaptado igualmente a las políticas del siglo XIX porque los reyes se acomodan a quienes les protegen el trono. Carlos María Isidro se hubiera adaptado como se adaptó Isabel II y luego la hubiera cagado igual que la cagó Isabel II.
Como los partidarios de Carlosmari han seguido siendo borbones sin tapujos, sin necesidad de disfrazarse de supuesta progresía y sin tener que adaptarse a nada, continúan instalados en su tradicional ranciedad borbona. Tanto los actuales borbones usurpadores como sus denostados parientes legítimos han dado en los últimos ciento y pico años muchos bandazos ideológicos con tal de mantener o intentar conseguir el trono. Cristinos, isabelinos, carlistas, alfonsinos, juancarlistas y felipistas se sitúan donde más les conviene según vengan dadas porque cuentan con la ventaja del citado español acomodaticio y la protección del gobierno de turno.
Tan extravagante es asistir a las hostias entre Felipe, la ciudadana Ortiz, el delincuente Juan Carlos, Elena, Cristina, Sofía y el resto de fauna y flora contemporánea, como comprobar la bronca de la rama legitimista, donde también se produjo una escisión muy simpática que ha llevado a que parte de sus miembros se declarasen socialistas autogestionarios y que firmaron pactos con los comunistas al final del franquismo. Madre del amor hermoso.
A partir de la expulsión de Isabel II en 1868, cuando se reactivó la ilusión de los legítimos herederos de Carlosmari por retomar el paso del trono, los borbones volvieron a confraternizar sin pudor pese a que los españoles tenían que seguir respondiendo a alzamientos y guerras cada vez que a los carlistas les salía de la boina roja. Se dieron una tregua entre ellos durante el paréntesis que se impuso con la llegada del Saboya porque ahora tenían un enemigo común al que batir: Amadeo I y su consorte la reina María Victoria. Ahora ya no eran carlistas contra alfonsinos (doña Isabelona había abdicado en el chavalín en 1870), sino borbones, todos, contra amadeístas. Ya llegaría el momento de dividir fuerzas y reanudar la disputa, pero, mientras, no había razón para desaprovechar los privilegios de la villa y corte, las fiestas, los banquetes…
Hasta los boicots contra los nuevos monarcas los organizaban a pachas (recuérdenme que les cuente la estrafalaria “Rebelión de las Mantillas” de la primavera de 1871, con las partidarias alfonsinas luciendo un broche con la flor de lis y las adeptas carlistas prendidos los suyos con una margarita como reivindicación de la reina titular en aquellos momentos, Margarita de Borbón y Parma, esposa del autoproclamado Carlos VII).
Los carlistas se han ido poniendo desde hace 193 años nombres con su numerito al lado, como si fueran reyes de verdad, para poder mantener la bufonada
Si ya resulta complicado a algunos ordenar la lista de los reyes usurpadores borbones oficiales, ni les cuento la de los borbones legitimistas. Ni yo me la sé, que vivo en un estado de fascinación permanente con esta loca familia. Los carlistas se han ido poniendo desde hace 193 años nombres con su numerito al lado, como si fueran reyes de verdad, para poder mantener la bufonada. Repasen conmigo: Carlos María Isidro se proclamó Carlos V, luego llegó su hijo Carlos VI, Juan III, Carlos VII, Jaime III, Alfonso Carlos I, Javier I, Carlos Hugo I, Carlos VIII, Enrique V y Carlos Javier I. Está claro que a los carlistas les gusta llamarse Carlos. Y hago notar que se inventaron un Juan III igual que los juancarlistas y los felipistas se han inventado su propio Juan III, el padre de Juan Carlos, y ese es el nombre que han grabado en el sarcófago de la cripta real de El Escorial. Así que se da la bonita paradoja de que hay dos borbones con el nombre de Juan III, uno carlista y el otro franquista. Y los dos, como reyes, dos farsantes.
Actualmente, mientras la niña Leonor se pasea por los cuarteles para aprender a toda hostia a conducir tanques, pilotar cazas y manejar portaaviones, hay otros borbones legítimos que también tienen herederos aspirantes al trono de España. Los homólogos de Felipe son uno que se hace llamar su alteza real Enrique V, que vive en París, que es súper-mega-ultra-todo siempre al servicio de la cristiandad, la hispanidad y la ranciedad y que anda el hombre senil perdido… y luego está otro, sobrino del senil y de la rama de los pretendidos progres, que es neerlandés y actual reclamante del trono que usurpa Felipe, Carlos Javier I. Este hombre se ha nacionalizado español, y en 2016, con ocasión del nacimiento de su primer hijo machote y legítimo (también tiene uno de extranjis porque, no lo olvidemos, es un borbón), el príncipe Carlos Enrique de Borbón y contrincante actual de la del moño, organizaron una misa y un tedeum en la catedral de Barcelona y convocaron a los carlistas para presentar al nuevo heredero al trono de “Las Españas”. No me digan que no son graciosos…
También tenemos otra alteza real borbona en París, encima senil, y otra real alteza en Países Bajos.
Ya… ya sé que no, porque no tenemos bastante con la turra de un rey borbón cabreado en La Zarzuela que quiere hacer más de lo que hace porque se cree que sabe más de lo que sabe, y con otro rey borbón delincuente entre Abu Dabi, Suiza y Sanxenso, que también tenemos otra alteza real borbona en París, encima senil, y otra real alteza en Países Bajos. España no da para tanto rey, señoras y señores. No queremos ni uno y andamos con cuatro al retortero.
Y esto no acaba aquí, porque este disparate de familia borbónica ha seguido provocando disturbios y muertes en este país ya metidos en el siglo XX. Aquí dejamos pendiente hablar de la escandalosa boda real entre dos borbones de las ramas usurpadora y legítima, y de los sucesos de Montejurra.



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