Opinión
La guerra de Estados Unidos contra el ascenso de China

Por Pedro Barragán
Economista y editor de China Información y Economía
La reunión prevista entre Xi Jinping y Donald Trump para el próximo 24 de septiembre se produce en uno de los momentos decisivos de la transformación del orden económico mundial. Lo que está en juego es la resistencia de Estados Unidos a aceptar la pérdida progresiva de la posición hegemónica que ha ocupado durante décadas y la aparición de China como potencia económica, industrial y tecnológica de primer orden.
China ya es la mayor economía mundial medida en paridad de poder adquisitivo (PPA). Según el Banco Mundial, su PIB en PPA alcanzó en 2025 41,3 billones de dólares internacionales, frente a 30,8 billones de Estados Unidos, un 34 % superior.
La guerra comercial y tecnológica de Washington contra China debe entenderse dentro de esta transformación histórica. Durante décadas, el crecimiento chino ha sido compatible con la globalización dirigida por Estados Unidos mientras China ocupaba los escalones bajos manufactureros de la división internacional del trabajo. Las empresas occidentales conservaban posiciones privilegiadas en tecnología, finanzas, propiedad intelectual y productos de mayor valor añadido.
Hoy China es una potencia en vehículos eléctricos, baterías, energía solar, telecomunicaciones, drones, ferrocarriles de alta velocidad y construcción naval, mientras reduce de forma acelerada las últimas dependencias tecnológicas. Y, para mayor preocupación norteamericana, ha sorpasado a su economía.
Washington enmascara sus restricciones tecnológicas como una cuestión de seguridad nacional. Sin embargo, los propios documentos estadounidenses reconocen abiertamente el objetivo de bloquear el desarrollo tecnológico chino.
Estados Unidos no se limita a intentar desarrollar mejores tecnologías que China, se centra en tratar de impedir que China también pueda desarrollarlas.
Mientras la globalización consolidaba la superioridad tecnológica occidental, Washington fue su principal defensor. Cuando China ha comenzado a ascender hacia sectores de mayor valor añadido, han reaparecido los aranceles, las subvenciones industriales norteamericanas, las restricciones de inversión y los controles tecnológicos.
El problema no es la competencia. El problema es que China ha adquirido capacidad para competir en sectores cuya superioridad Estados Unidos consideraba parte fundamental de su poder.
La paciencia de Pekín
La respuesta china resulta cuando menos relevante. Pekín ha aplicado represalias, controles de exportación y otras medidas de presión, pero ha evitado convertir cada ataque estadounidense en una escalada automática. Esta paciencia responde a una lógica estratégica y no implica pasividad.
China necesita estabilidad, mercados y tiempo para avanzar en el progreso económico de su población. Una ruptura precipitada con Estados Unidos perjudicaría también sus intereses. Su respuesta fundamental consiste, por ello, en reducir progresivamente la capacidad estadounidense para condicionar su desarrollo.
Cada semiconductor que Washington impide vender a China aumenta el incentivo para producirlo dentro del país. Cada tecnología susceptible de convertirse en instrumento de presión aumenta el valor estratégico de sustituirla. La política estadounidense está así produciendo el efecto de acelerar la autonomía tecnológica china que precisamente pretende contener. Y la aceleración tecnológica china está siendo espectacular.
China dispone además de una gran escala industrial, un enorme mercado, universidades punteras, las mayores generaciones de ingenieros (se gradúan en el país 1,5 millones de ingenieros cada año), capacidad de inversión y una política industrial capaz de sostener objetivos durante largos periodos.
El espacio para el acuerdo
Antes del encuentro, el secretario del Tesoro norteamericano, Scott Bessent, y el viceprimer ministro chino He Lifeng tienen previsto mantener nuevas conversaciones. Ambos países han establecido además un mecanismo económico y comercial y están estudiando reducciones arancelarias sobre unos 30.000 millones de dólares en mercancías.
El primer terreno posible de acuerdo es precisamente evitar una nueva escalada arancelaria. Ninguna de las dos economías obtiene ventajas de una ruptura indiscriminada de las cadenas comerciales construidas durante décadas. Rebajar aranceles sobre productos no estratégicos permitiría aislar parte del comercio de la confrontación tecnológica.
Un segundo ámbito son las tierras raras y los minerales críticos. China ocupa posiciones esenciales en el procesamiento y suministro de diversos materiales imprescindibles para semiconductores, aeronáutica, automoción y defensa. Las recientes dificultades de suministro han vuelto a mostrar la vulnerabilidad estadounidense.
Ambos tienen razones para introducir previsibilidad en estos intercambios. Y también existe margen en agricultura, aviación civil y grandes contratos comerciales, terrenos donde pueden obtenerse beneficios económicos sin que ninguna de las partes renuncie a sus objetivos estratégicos.
Incluso la inteligencia artificial, uno de los principales escenarios de la guerra tecnológica lanzada por Estados Unidos, ofrece un espacio limitado de cooperación. Estados Unidos y China preparan conversaciones bilaterales sobre seguridad de la IA y posibles ciberataques dirigidos por inteligencia artificial.
La reunión del 24 de septiembre puede producir acuerdos importantes. Xi y Trump pueden rebajar aranceles, estabilizar el comercio, pactar mecanismos sobre minerales críticos o abrir canales de cooperación en inteligencia artificial. El hecho de que se produzca la reunión (China ha esperado hasta el último momento para confirmarla) es ya una señal de que hay una garantía de acuerdo.
Pero esos acuerdos serán tácticos y el conflicto estratégico continuará.
Estados Unidos trata de preservar una hegemonía construida cuando su poder económico y tecnológico apenas encontraba contrapesos, mientras que China reivindica algo tan elemental como el derecho a continuar su desarrollo sin que Washington pueda decidir cuáles son los límites de su progreso económico, industrial y tecnológico.

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