Opinión
Hartos del odio. Apuntes contra el pesimismo de época

Por Marga Ferré
Presidenta de Transform Europe
-Actualizado a
El pasado octubre hubo elecciones en Países Bajos. Contra todo pronóstico perdió la extrema derecha y entre las causas de su derrota me provocó una sonrisa esperanzadora el que todos los analistas coincidieran en que la razón de esta derrota fuese que los holandeses están "hartos del odio". El partido ganador (moderado) enmarcó su inesperada victoria como un "adiós a las políticas del odio" que encienden una luz, una posibilidad inédita en el último lustro, de que el odio pueda ser rechazado por el electorado. ¿Estaremos empezando a derrotar al pesimismo?, me pregunté.
Hace poco estuve en China (lo conté en un artículo) y en él les destacaba que una de las cosas que más me llamó la atención es que los chinos y las chinas miran el futuro con mucho optimismo. Me chocó de puro contraste, viniendo de una Europa y un país que parecen haber hecho del pesimismo el pedestal desde el que ver el mundo.
Déjenme que se lo demuestre. Una encuesta del ECFR desvela que los europeos somos los campeones del pesimismo mundial:
La misma tendencia la encontramos en nuestro país. Ese pesimismo parece haberse instalado en todas las encuestas del CIS, que al preguntar sobre cómo ven el futuro del mundo y de España, casi un 70% contesta que con pesimismo.
Y sin embargo… la misma encuesta nos ofrece otros datos que hacen que algo no cuadre, que chirríe, que me pregunte hasta qué punto este pesimismo es cierto o inducido. Me explico. En el mismo cuestionario se pregunta a las y los españoles si se consideran una persona optimista o pesimista y la inmensa mayoría (un 77%) se definen como optimistas. Otro dato revelador es que el 70% contesta que son personas que no viven con miedo.
La misma disociación la encontramos en la percepción económica. La mayoría dice que su situación económica es buena (un 60%) y sin embargo al ser preguntados por la situación económica del país esa percepción baja a la mitad. O el que la inmigración no sea un problema importante en sus vidas y, a pesar de ello, la inmigración y la ocupación ilegal aparecen como un problema grave para el país, según los mismos encuestados.
Todo esto hace que me pregunte hasta qué punto nuestro pesimismo es real o inducido. No me malinterpreten: no niego, ratifico los males de nuestro tiempo. No cuestiono los problemas que tenemos (al revés) pero sí me cuestiono si la actitud negativa hacia el futuro no tiene, además de causas reales, un componente extra que magnifica la negatividad de forma intencionada.
El odio inducido
Decía Marta Nebot que vamos a bomba diaria. Las noticias negativas son tantas y de tal magnitud que hay personas que han decidido no ver telediarios porque se deprimen. Todo se narra como espantoso, inasible, inevitable… Y ahí es cuando me acordé de Steve Bannon.
El fundador de las fake news y baluarte de la extrema derecha defendía que "la verdadera oposición son los medios de comunicación. Y la forma de lidiar con ellos es inundar la zona con mierda". Ese es el modelo que parece impregnar en la política de Trump, la extrema derecha y mucho más allá, los medios de comunicación y las redes sociales: llenarlo todo de mierda. Perdonen la palabra, pero es que es literalmente la que Bannon usa como consigna y por ello afirmo que en Occidente se ha instalado el estilo Bannon: hacer que todo apeste hasta que la desinformación, el insulto y lo irracional sean tan ubicuos que la verdad pierda valor de intercambio.
Normalizar lo hiperbólico, saturar de noticias negativas hasta que el público desconecte, una narrativa apocalíptica que lo que busca no es ganar el debate, sino hacerlo imposible.
Defender la alegría
Defiendo la alegría como antídoto y lo hago sin inocencia alguna, créanme, más bien como lo hacía Foucault. En su texto Introducción a la vida no fascista, el pensador nos regalaba algunos consejos, entre ellos, este: "No creas que hay que estar triste para ser militante, aunque lo que se combata sea abominable".
De hecho, para ser más efectivos, huir del pesimismo me parece la mejor opción. Algo así debieron pensar los daneses que salieron este sábado a defender Groenlandia de la voraz imperialista, cuando en sus pancartas escribieron: "Make America go away", en pura mofa del movimiento MAGA, o el aún más grande "los americanos ya tienen demasiado hielo (ICE)", en referencia a los agentes de inmigración que están matando gente en EEUU.
Romper el cerco mental de la realidad como inevitable requiere de cierto humor. Y de cierta paciencia. Llevo semanas defendiendo que España ha de irse de la OTAN como primer paso para combatir a Trump y la reacción que encuentro es de estupefacción, como si fuera inimaginable. Y es perfectamente posible, si en vez de quedarnos atónitos ante cada embestida de la extrema derecha, nos ponemos en modo acción. Eso es, precisamente, lo que la narrativa apocalíptica pretende frenar: el pesimismo es paralizante.
Así que me quedo con la alegría militante para combatir a los monstruos y proponer irnos de la OTAN, acabar con la guerra en Ucrania, mirar al Este y al Sur y avanzar derechos, porque la alegría no está reñida con la rabia y nos permite defender la vida con más ganas. La rabia tiene un potencial de cambio. El odio, no.
Sacudámonos el pesimismo. Más allá de los telediarios y las redes hay mundos diferentes que ya están poniendo en marcha procesos de cambio. De hecho, se habla ya de una época postoccidente, incierta, es verdad, pero prefiero la incertidumbre de un futuro a crear que las falsas certezas del pesimismo inmovilizante.
Harta del odio, me sumo a la pancarta danesa y los muchos que exigen que nos vayamos de la OTAN para empezar a vivir una vida fuera de la distopía imperial. Así, como primer paso, Make America Go Away.

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