Opinión
No hay que jugar con Miguel Ángel Rodríguez

Por Israel Merino
Reportero y columnista en Cultura, Política, Nacional y Opinión.
-Actualizado a
Lo malo de jugar contra cortesanos y guardeses es que ellos lo hacen con las cartas marcadas. Lo entiende rápido Julián Sorel, provinciano protagonista de Rojo y negro que, en sus andaduras “parribistas” rumbo a la cúspide de la Francia postnapoleónica, se ve currando de escriba para un marques parisino apellidado La Mole en cuya corte, tras hincharse a licores y carnaza cada noche, se juega a las cartas hasta bien de madrugada. Julián, que aprende rápido porque así somos los de provincias, se da cuenta de que el marqués solo juega a la baraja con sus normas, estableciendo los marcos a la mismita hora de repartir juego, dándole a cada comensal una carta marcada con la que no solo prever su movimiento, sino inducirlo; Barnes aprende pronto que no puede hacer nada contra La Mole porque él decide cómo se juega cada noche, a cada rato, y comprende que el marqués no es un jugador cualquiera, sino una especie de árbitro y crupier que se mueve sobre aquella mesa de caoba como un diosito omnisciente y un poco cabrón.
Con estas mismas reglas del juego opera el rey no de la baraja, sino de los triles de la corte sin villa de Madrid; o sea, Miguel Ángel Rodríguez. El asesor de la presidenta Ayuso sacó los cubiletes y la bolita para hacernos bailar otra vez con ese concepto tan sádico – la inteligencia no le exime de su característica depravación enfermiza – que es el de los concebidos no natos, logrando que brincara como en el Salta, pirata toda la muchedumbre progresista con un tuit, publicado a las diez y media largas de la noche – la hora de redacción es importante para quien conoce las costumbres del personaje–, donde aseguraba que una nueva ley madrileña otorgaría la categoría de persona con derechos al fruto inexistente que hubiere en el vientre de una mujer que acabara de echar un polvo sin condón.
Comprendo que a cualquier persona decente que no tenga atascado de odio el cuerpo le encendiera semejante podredumbre moral, pero no es más que otra provocación lanzada desde un tapete marcado para desviar la atención de los múltiples casos de corrupción que rodean a la presidenta de la comunidad de Madrid; una provocación que relativiza los derechos inalienables de las mujeres, como el incuestionable derecho al aborto, y pone en tela de juicio hasta los conceptos biológicos más básicos, ya lo sé, pero una provocación al fin y al cabo; una provocación, además, en la que nosotros pasamos a ser rigurosa parte prevista cuando aceptamos la carta marcada y, al contestar, reaccionamos exactamente como se espera.
Desde el adefesio ético en el que se ha convertido la vieja Casa de Correos no es que se juegue siempre con las cartas marcadas, es que se deciden previamente las reglas del juego del debate gracias a la mano larga con la que lubrican celosamente los medios de comunicación que luego les ayudan a incidir en el debate; ellos deciden de qué se habla y cuándo, y somos nosotros, ilusos muchas veces, desprevenidos y de sangre caliente casi siempre, los que nos personamos voluntariamente a esa mesa en la que se jugará lo que a ellos les dé la gana. No se puede ganar a nada cuando ni siquiera se conocen las reglas de la partida, y, me perdonaréis la vulgar epanalepsis, ellos saben que nosotros no las sabemos.
Ahora la pelota la ha rebotado un encendidísimo progresismo mediático que ha colocado el asunto en la primera página de la agenda pública madrileña, muy por delante de otros tan graves como el caso FP o el de González Amador, y la rematará de volea Alberto Núñez Feijóo, un pobre hombre rodeado de incompetentes que no ha tardado en afirmar que impondrá la ley de los no natos a nivel nacional en cuanto sea presidente del Gobierno, sin entender que esta aseveración lo convierte en otro encadenado a las patas de una mesa de juegos que no controla – ay, mi desprevenido galleguito –.
Sé que es difícil hacerlo porque la sangre nos tira, pero la única forma de vencer a Miguel Ángel Rodríguez es no jugar con él en su guerra narrativa.

Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.