Opinión
El hijo del casero

Por Joan Losa
Periodista
-Actualizado a
Que dice el señor Manolo que su hijo anda fuertemente enamorado de una joven de origen macedonio. El crush, al parecer, le sobrevino al muchacho en el transcurso de un simposio que reunió en París a expertos internacionales en hermenéutica literaria, encuentro al que los ahora tórtolos acudieron como oyentes y del que salieron poco menos que de la mano. El idilio se ha consolidado y la pareja ha decidido guardarse fidelidad, por lo que en adelante el hijo del señor Manolo y la joven macedonia coitarán en régimen de exclusividad, eludiendo la posibilidad, siempre al acecho, de ser penetrados o penetrar en cuerpos ajenos.
La pareja busca ahora, me cuenta el señor Manolo, un apartamento en París, que es bella ciudad, con su mercado inmobiliario altamente tensionado y su cielo bajo y denso, como la panza de una ballena o el reverso de un sueño, que diría un poeta versado en cielos. El caso es que el muchacho del Manolo y su fiancée, que no son poetas pero sí jóvenes, que es otra forma de poesía, quizá la más elevada por involuntaria, podrían, de encontrar arrendamiento, ejercitarse en lo del amor romántico (y a buen seguro en el otro también) bajo la ya referida panza de ballena.
Yo, que estoy muy a tope con París, su cielo cremoso, el muchacho del Manolo y su amiga macedonia, tengo previsto contribuir a la felicidad de ambos. Lo hago, eso sí, a instancias del señor Manolo, que me ha pedido un esfuerzo extra, entiendo que para sufragar la aventura copulatoria de su chaval en París. Me he convertido, por tanto, en socio estratégico de una bonita historia de amor. Lo cual me congratula buena parte del tiempo, si bien hay momentos en que, vencido de rentismo y plusvalía, me vengo un poco abajo y sueño despierto, que como saben es gratis y un potente antiséptico.
Les imagino entonces compartiéndose sin descanso sobre un parquet fin de siècle o empujando al unísono una cómoda imitación Luis XIV. Quizá ahí, en el percutir furtivo de la mañana, con la voz aún tomada de sueño y deseo, él le pregunte a ella: ¿Sabías, mi querida macedonia, que este amor nuestro, este amor puro, sencillo y hermenéutico, está siendo generosamente cofinanciado por un fulano que habita el cuartucho con humedades que subarrienda mi padre el Manolo en el centro de Madrid a un precio que está ampliamente por encima del valor de mercado, del mínimo decoro y hasta del sentido común, como nuestro amor?
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