Opinión
El hundimiento anunciado del laborismo británico
Por Pablo Castaño
Periodista y profesor de Ciencia Política en la UAB
Keir Starmer pende de un hilo. El primer ministro británico y líder del Partido Laborista está sufriendo una avalancha de presiones de su propio partido para que dimita. Él se aferra al poder pero, aunque consiga mantenerse al frente del gobierno, lo hará en una situación de extrema debilidad. El detonante de la rebelión laborista –a la que se han unido 70 diputados y varios ministros– ha sido la debacle electoral sufrida en las elecciones regionales y locales del 7 de mayo, en las que el partido del gobierno perdió 1500 concejales, 30 municipios y el gobierno regional de Gales, que controlaban los laboristas desde su creación en 1999.
El hundimiento electoral se ha atribuido al escándalo provocado por la decisión de Starmer de nombrar embajador en Estados Unidos a Peter Mandelson, pese a sus nexos con el delincuente sexual Jeffrey Epstein, y a la falta de carisma de Starmer – el politólogo Rob Johns, de la Universidad de Southampton, resumió las críticas en que "es aburrido, le falta dinamismo y tiene una voz molesta" –.
Sin embargo, la crisis del laborismo es mucho más profunda. La supermayoría parlamentaria que el partido consiguió en las elecciones generales de julio de 2024 fue un espejismo provocado por el sistema electoral británico, que premia a los grandes partidos y castiga a los pequeños. En realidad, los laboristas obtuvieron el 33,7% de los votos, mientras que la suma de conservadores y Reform (extrema derecha) llegó al 38%. Starmer ganó exclusivamente por el desgaste sufrido por los ‘tories’, después de 14 años en el gobierno, un mareante baile de primeros ministros y el caos económico provocado por el Brexit.
El proyecto político de Starmer resultaba tan poco ilusionante que incluso perdió 11 puntos de intención de voto durante la campaña de las generales. Desde entonces, los laboristas no han parado de bajar en las encuestas y hoy están en el 16% de intención de voto. Por detrás de Reform, los conservadores e incluso los verdes del eco-populista Zack Polanski, el partido que más ha crecido en estos dos años.
Un hundimiento electoral tan drástico no se explica solamente por la falta de carisma de Starmer ni por el escándalo de Mandelson, sino porque los laboristas han incumplido su promesa de dejar atrás la política de austeridad aplicada por los ‘tories’. Tras poco menos de dos años como primer ministro, las medidas más recordadas de Starmer son un recorte de las subvenciones para pagar la calefacción en invierno, una limitación de las ayudas para familias pobres con menores y otra reducción del apoyo a personas con discapacidad. Al mismo tiempo, el gobierno laborista ha decidido multiplicar el gasto militar hasta el 2,5% del PIB. Una combinación de militarismo y austeridad social que recuerda al polémico presupuesto impulsado en Francia por Emmanuel Macron, otro cadáver político que desaparecerá del panorama tras las presidenciales de 2027.
A la traición de la promesa de cambio con la que se presentó a las elecciones de 2024, se ha sumado el apoyo de Starmer a Israel, suministrando armas e información de inteligencia al gobierno de Benjamin Netanyahu durante el genocidio en Gaza. Una colaboración que ha desatado protestas masivas en Reino Unido, incluidos sabotajes del colectivo Palestine Action contra empresas armamentísticas. La respuesta de Starmer ha sido declarar terrorista a esta organización, deteniendo a cientos de manifestantes pacíficos por apoyar a Palestine Action. Este giro autoritario ha alejado aún más del Partido Laborista al electorado de izquierdas, que se está decantando masivamente por Los Verdes o por la abstención. Según el British Election Study, solo el 8% de los exvotantes laboristas han transferido su voto a Reform, pero la obsesión de los dirigentes del partido por la fuga electoral hacia la extrema derecha ha llevado a Starmer a copiar algunas de las recetas antiinmigración de Farage, desnaturalizando aún más el proyecto político de su partido. Las elecciones locales han demostrado, una vez más, que el electorado convencido por el mensaje antiinmigración prefiere el original a la copia.
Los recientes comicios dibujan un complejo panorama de cinco partidos: Reform, conservadores, verdes, laboristas y liberal-demócratas. El partido de Nigel Farage, que ahora mismo es el favorito para ganar las próximas generales, ha obtenido buenos resultados en las zonas que votaron a favor del Brexit pero analistas como James Butler y Richard Seymour ven indicios de que el partido ultra está tocando techo, y su intención de voto ha bajado de la barrera del 30% que alcanzó el año pasado. Los verdes han crecido sobre todo en las zonas tradicionalmente laboristas, pero el sistema electoral ha limitado sus ganancias en concejales. El tradicional bipartidismo británico ha muerto: los ‘tories’ y los laboristas luchan por limitar los destrozos mientras que, a su derecha y a su izquierda, Reform y los verdes aspiran a sustituirlos.
La prensa británica y extranjera está sumida estos días en el psicodrama de la rebelión contra Starmer, la explicación de los métodos que podrían utilizar los sediciosos para derribar al primer ministro y el baile de nombres que aspiran a ocupar su trono. Pero, si el Partido Laborista quiere detener su hundimiento, quitar a Starmer no será suficiente. Como ha escrito el ex secretario general Jeremy Corbyn: "No basta con que Starmer se vaya. Lo que hay que expulsar es la política que representa: la codicia corporativa, las políticas antimigrantes y la guerra sin fin". Por ahora, ningún candidato al liderazgo laborista ha presentado un proyecto claro de ruptura con el desastroso legado político de Keir Starmer.
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