Opinión
La igualdad de todos los españoles

Investigador científico, Incipit-CSIC
-Actualizado a
La igualdad es una de las grandes preocupaciones de la derecha. Un principio irrenunciable que defienden a capa y espada. Se trata, naturalmente, de un igualitarismo muy particular, que por lo general solo se activa en un contexto: cuando el País Vasco o Cataluña logran del Estado alguna competencia nueva o la ampliación de las ya existentes. No cuando la Comunidad de Madrid hace dumping fiscal en detrimento de otras regiones o vacía un poco más la España vaciada.
Pienso en el igualitarismo conservador cuando me entero del estado en que se encuentra la plaza del fotógrafo Robert Capa en Entrevías (Madrid). En la plaza —en realidad un solar abandonado— llevamos cuatro años realizando excavaciones arqueológicas y recuperando la historia de un barrio de clase trabajadora. Antes de ser solar fue brevemente plaza de verdad, con álamos y bancos, pero el descuido de las autoridades municipales permitió que se convirtiera en un espacio degradado: tierra removida, maleza y basura. El Ayuntamiento la limpia una vez al año y tarda poco en volver a su estado natural de vertedero.
El abandono es tal, que por no tener el solar no tiene ni nombre. El que actualmente figura en Google es oficioso: así la ha bautizado la plataforma SalvaPeironcely10 que defiende la memoria del lugar por donde pasó el mítico reportero de guerra Robert Capa y que ha sido testigo de los grandes eventos que marcaron la historia del siglo XX en España: la industrialización, la Guerra Civil, el éxodo a las ciudades, el chabolismo.
Me acuerdo mucho de la igualdad entre los españoles cuando excavo en la Plaza de Robert Capa. Cuando me llega el aroma de los contenedores de basura que nadie recoge durante días. Cuando veo los siete álamos enfermos que quedan —seis este agosto. Cuando retiro desechos y caca. Cuando tardo infinito en llegar al barrio desde el centro de Madrid porque el transporte público es terrible.
No he visto ninguna plaza convertida en descampado lleno de mierda en Chamberí ni en Salamanca ni en otros barrios burgueses. Tampoco he visto a ningún conservador rasgarse las vestiduras por la desigualdad manifiesta entre los españoles y españolas que viven en Entrevías o San Cristóbal y los que viven en Argüelles o Chamartín. Que no solo tienen rentas varias veces inferiores a las de los barrios burgueses, sino que disfrutan de menos servicios, menos infraestructuras y menos esperanza de vida —cinco años de diferencia de Entrevías a Jerónimos, en el distrito de Retiro.
No se me ocurre una desigualdad más radical que la que estipula los años que uno podrá vivir según el distrito postal. Y me pregunto a partir de qué distancia se activa la preocupación por la igualdad. Deben de ser más de cuatro kilómetros, que son los que separan Entrevías y Jerónimos.
El día en que los conservadores rechacen las diferencias entre vecinos de Usera y de Aravaca, tanto como las que existen entre madrileños y vascos, empezaré a creerme que es la desigualdad lo que verdaderamente les desvela. Mientras tanto, seguiré pensando que lo que defienden realmente es el nacionalismo español. Que usan el concepto de igualdad como usan el de libertad, de forma parcial y fraudulenta. Y que es España —o una idea de España— lo que de verdad les preocupa. Más que los españoles.
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