Opinión
Improbabilidad estadística

Por Magda Simó
Periodista y escritora
El sábado estuve en un concierto. Es un grupo que me gusta mucho y que he visto muchas veces en directo, en locales pequeños, medianos y también en un estadio lleno. Además, tengo el discreto honor de que dos de sus miembros sean amigos míos. De esa clase de amigos que no ves todos los días, pero a los que quieres a fuego y a los que te une un vínculo invisible y honesto. La música es para ellos lo que para mí es la escritura: no su modo de vida, pero sí su motor de vida. Es la pieza del puzle que vierte purpurina sobre los lunes laborables, que te saca de la apatía del día de la marmota y que te vuela la cabeza para elevarte sobre la cotidianidad. Que sí, que la rutina es buena, es necesaria, nos confirma que tenemos vidas privilegiadas en el primer mundo, pero no hace falta tanta, por favor. Déjennos ser otra cosa y romper el exoesqueleto gris y funcionarial, por lo menos un ratito.
El concierto era en un auditorio de, no sé, seiscientas butacas. Y eso son muchas butacas. Seguramente, no era el mejor día ni el mejor lugar y confluyeron muchas otras circunstancias en ese camino incierto de la promoción y la difusión, pero la realidad es que éramos pocos. Como espectadora, cuando eso ocurre, se vive con un cierto sufrimiento, aunque no seas de esa clase de gente que siempre prefiere el restaurante que está lleno. Sabes que hay mucho esfuerzo y mucha inversión emocional y económica encima de ese escenario, mucho talento y sentimiento allí subido, así que es imposible no empatizar con la decepción o la amargura que pueden sentir los artistas viendo el patio de butacas. Porque una cosa es saber racionalmente que estas cosas pasan, y bastante a menudo, y otra muy diferente lo que se siente, aunque no quieras.
Mientras volvía a casa, pensé mucho en lo que entendemos por éxito. Una relatividad de proporciones épicas, porque siempre va vinculada a las expectativas, no solo a las nuestras, sino a las que la sociedad toma como baremo y a las que nos proyectan, deformadas y magnificadas, las redes sociales. El sold out como medida de todas las cosas. Llenar los espacios, lo antes posible, o decir que has llenado, porque otra opción ni se contempla en este escaparate en el que vivimos: rebaño de ovejitas alucinadas, saltando de trend en trend colocadas de dopamina. Sacar pecho, enseñar músculo, abrillantar y pulir la realidad para que parezca otra cosa, mucho más esplendorosa que la del vecino. Que parezca que. Que los otros piensen que.
Es cierto que la convivencia con el propio éxito es confusa. Estadísticamente es improbable y la mayor parte de personas que lanzamos proyectos creativos al mundo tenemos muy claro el lugar que ocupamos, que normalmente es irrelevante más allá de nuestro entorno o nuestra burbuja de influencia. Pero siempre hay algo de ambivalencia entre esa consciencia y el ansia de reconocimiento y trascendencia. Una trampa del ego, si queremos, pero también una esperanza de compartir, que lo que nos mueve pueda llegar a sacudir los adentros de otros. Y en mitad de ese lío de expectativas y realidades, nos alegramos por las mínimas cosas que nos pasan, que siempre serán nuestros greatest hits. Cada logro que nos confirma dónde estamos y que nos acerca a esa sensación de recompensa es éxito, porque lo que más recordamos suelen ser las historias pequeñas. Una persona que viene a contarte que lloró con tu libro, alguien que viaja de lejos para ver tu concierto, una chica que pone tu canción de fondo en sus stories, el jurado que considera que te mereces el premio.
Además, como el listón de las expectativas va subiendo y nuestra visión del éxito se estira como una goma elástica, todo nos irá pareciendo poco a medida que ocurra, si ocurre. Los seguidores, los sold outs, las ediciones, las ventas. Nuestra mente se acostumbra al impacto de ciertos hitos y el hambre crece y crece porque el cerebro es así, plástico y adaptable, sin topes. Demasiado insaciable, si me preguntan. Por eso deberíamos envolver en un paño limpio y seco esos recuerdos, ínfimos, que nos hablan de un éxito real, valioso, humano, de cercanía y de emoción. Atesorarlos como los tesoros que son, conexiones que dejan su huella, la importancia de valorar cualitativamente ciertas cosas. Creo que son los que recordaremos cuando baje el ruido de la frustración y la competición eterna y ganemos perspectiva sobre nuestras vidas.
Sin duda, mis chicos merecían que hubiéramos sido muchos más en el patio de butacas. O mejor dicho, mucha más gente se merecía haberlo vivido y en cambio se lo perdieron. Si la magia se repartió, a los que allí estuvimos nos tocó mucha ración. Fue un concierto precioso.
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