Opinión
La infantilización de la política

Escritora y doctora en estudios culturales
Hace unos días, la profesora y filósofa Marta Tafalla comentó un vídeo en X donde salía el presidente de EE.UU. golpeando con una pelota de golf al cantante Bruce Springsteen, cuyas críticas al republicano son conocidas. Tafalla inquiría de forma retórica: “¿Qué edad tiene Trump? ¿Ocho años?”, pues cuesta creer que el mandatario de la primera potencia mundial se dedique a tales quehaceres. El vídeo –falso– se podría enmarcar en una serie de imágenes generadas con Inteligencia Artificial que abarcan desde fotografías que semejan la pose y atuendo de un emperador a bailes con su colega Elon Musk, entre las que destaca por su especial componente corrosivo el anuncio de Gaza convertido en resort, fantasía desarrollista del deseo de expulsión de la población palestina. Una puede preguntarse cómo es posible que hayamos llegado a tal espectacularización de la política –recordando al teórico Guy Debord– pero, sobre todo, una cuestiona en qué momento las élites políticas comenzaron a considerar a la ciudadanía un vulgar saco de estulticia, capaz de dejarse arrastrar por las mayores estupideces, felices de participar en una suerte de partida ludópata que involucra miles de vidas perdidas.
Como afirmaba hace poco la periodista especializada en Derechos Humanos Olga Rodríguez, parece que todo esto fuese un videojuego sin consecuencias, la palanca que dispara balas o drones en una pantalla en 3D y generase puntos. Porque en mitad de un tablero geopolítico complejísimo, plagado de crisis –ecológica, económica, energética, etc.–, quienes tienen la sartén por el mango y ostentan un poder teóricamente cedido por la ciudadanía, quienes aseguran representarnos y viven de sueldos pagados por los impuestos de familias que no llegan a fin de mes, no responden, no hacen su trabajo; en el peor de los casos, se limitan a engañar azuzando un fenómeno fan que trasluce nuestra ignorancia, así como la de ellos.
Vivimos en un tiempo donde la política se encuentra infantilizada. El depositario de la soberanía popular se transforma en líder; el líder se convierte en héroe; el héroe fácilmente se vuelve villano, y sus fechorías se aplauden como en un mal turno de póker donde gana quien va de farol. Desuella las neuronas de cualquier persona medianamente responsable el vocabulario que utilizan: todo es “grande” (o great), hiperbólicamente fútil; la historia se pinta de reverberaciones en neón, o bien se le arroja una capa de purpurina al estiércol para que, ni huela, ni muestre sus tonos amarronados. Los debates parlamentarios, aquí y allá, alojan la apariencia de una batalla de “zascas”, sobresale el escarnio sobre el raciocinio, y hasta los mayores expertos en comunicación política se dedican a la producción exagerada de neologismos, eslóganes, titulares llamativos que luego las redes y los medios se encargarán de destacar, obviando el contenido sustancioso, si es que queda algo debajo del antifaz y las bambalinas. La fiesta de disfraces, como en una macabra broma de Halloween, oculta que las calabazas son más comida que máscaras; el cerebro sobre-estimulado del electorado selecciona el discurso más estrambótico que identifica con la marca vendible y, en mitad de la fanfarria, se nos olvida que la vida está en juego, desde el estado decrépito de nuestra sanidad pública hasta nuestras desoladas aulas, pasando por masacres inenarrables como la del pueblo palestino. Por supuesto, a algunos se les permite más que a otras seguir teniendo ocho años mientras se recrean en la necropolítica: boys being boys, dicen, esa especie de machismo impúber susceptible de durar hasta los ochenta años. Del ocho al ochenta, ya se sabe, circula la indiferencia; apenas varía el cero que somos.
Qué alegría poderse permitir la niñez eterna, pero con el botón nuclear en la mano. Qué tranquilidad debe de ser levantarse en la mañana, poblar las cámaras de ocurrencias peregrinas, anunciar aranceles con un pizarrín de juguete –los cálculos enrabietados por la peor calculadora–, darse un baño de masas acríticas, fabricar gorras que prodigan mensajes necios y que la gente se los crea, firmar leyes que guardan cuerpos agazapados, mortales, vulnerables, dependientes del garabato que apenas sabes esbozar, y que se premie tu mediocridad. Yo, que aprendí a ser mujer tan temprano e, igual que otras muchas personas, he batallado para no dar nunca un paso en falso temerosa de las consecuencias para mí misma y el resto de seres que me rodean; yo, que me siento mal si no reciclo, si cojo un vuelo o felicito tres días después a un amigo por su cumpleaños, pienso que debe de ser maravilloso habitar en un castillo de cartón piedra cegado por el flash de las fotos y marear las biografías ajenas como el payaso que realiza malabares. Pienso, también, que no nos merecíamos esto, ni los mítines vacuos, ni la mala poesía de sus intervenciones, ni los gritos; por favor, dejen de gritar, y de gritarse entre ustedes –suplico–, que no hemos venido a escuchar una competición de chabacanería, ni se mide en decibelios la valía de un servidor público.
A veces, a quienes abandonamos la infancia hace tantos años, y nos hemos esforzado en salir adelante a base de ética comunal y aprendizajes acordes a la madurez que requieren los problemas importantes, se nos cae la cara de vergüenza al comprobar en qué se ha convertido el mundo en manos de unos pocos, y nos sentimos profundamente insultados.
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