Opinión
'Influencers' o lo poco que usamos el 'unfollow'

Por Paco Tomás
Periodista y escritor
Al principio fue recibir información sobre tu artista favorita, o los jeans que llevabas tiempo buscando, y todo ha acabado alterando la convivencia, cambiando gobiernos, provocando entradas masivas de migrantes, difundiendo bulos y creando desinformación interesada. Todo motivado por un simple like. Nunca un me gusta había provocado un terremoto. Hasta ahora. Muchos me gusta. Miles. Tantos como seguidores. O no tantos, pero suficientes. Dentro de esa burbuja comenzaron a reproducirse esa especie, cruce entre celebritie y buscavidas, a la que dimos en llamar “influencers”, aunque cada red social tiene su propia denominación (instagramers, youtubers, tiktokers...).
Me sorprende que la que ya consideramos la primera gran crisis de los influencers llegue tras más de dos décadas de soportarlos. Mucho ha resistido la burbuja. Ahora es fácil señalar al más machista y más tonto y a la más pija y más tonta pero ¿desde dónde lo hacemos? ¿Desde el rechazo total al contenido y las ideas que difunden o desde la frustración del que piensa “por qué ellos sí y yo no”? Porque, en medio de esta supuesta crisis, que no percibo que lo sea tanto, lo que subyace es que somos responsables de lo que consumimos, difundimos y jaleamos casi en igual medida que lo son sus creadores. Porque, como cantaba Amaral, sin ti no son nada.
Participamos de lo que criticamos. Convertimos sus estupideces en el tema principal de conversación en la misma medida que dejamos que el falso relato de la extrema derecha marque el discurso político: dándoles bombo. Para ellos y sus intereses es igual de rentable que se les considere modelos de conducta que bufones de los que reírnos. Al final, tienen foco.
Pertenezco a una generación que cuando veía a una persona inteligente en los medios, con don de palabra, vocabulario, sabiduría, datos, nos causaba admiración e interés, pero también nos hacía considerar que si no estudiábamos, si no leíamos, si no adquiríamos conocimiento, nunca podríamos estar en ese lugar. Y estudiábamos. Y leíamos. No todos, por supuesto, pero quien deseaba esa cierta relevancia, se esforzaba. Luego vino cuando caímos en la trampa de la meritocracia, pero esa es otra columna.
Con las redes, el ascensor de la relevancia elevó directamente al ignorante hasta el ático. Rollo penthouse. Se alteró el escenario al demostrar que no hacía falta ser inteligente, ni hablar bien, ni saber comunicar, ni respetar tan siquiera las leyes de la física, para lograr el éxito masivo y ganar mucho dinero. Y ese éxito se mide en número de seguidores. Es más fácil pensar que tú también tienes posibilidades de triunfar en las redes cuando ves a un absoluto ignorante acumular seguidores por decir que la tierra es plana o que leer no te hace más inteligente. La ignorancia como modelo aspiracional. Y dar a seguir ha sido el coladero del negacionista de torso desnudo, el machista que marca paquete mientras hace burpees y la tradwife que te cocina un solomillo Wellington mientras te suelta que el feminismo ha ido demasiado lejos. Siempre con el apoyo de tus likes.
Ya no vale relativizar. A día de hoy, si un tipo como Carlos García, que se dedicó a decir que el eclipse solar era una cortina de humo organizada por el Gobierno para distraer a la población de los problemas reales de España, aún tiene 1,7 millones de seguidores, ¿quiere eso decir que en España hay 1,7 millones de bobos? Si Elena Gortari, que simuló un acoso para promocionar un champú, y que se bebió su propia orina, aún tiene 2,1 millones de seguidores, ¿quiere eso decir que hay en España 2,1 millones de personas dispuestas a beberse su pis? No lo creo. Pero sí creo que todas esas personas, muchas por simple entretenimiento, también son responsables de que toda esa mierda de discursos y comentarios ocupe espacios que no les pertenecen ni merecen.
El sencillo acto digital de presionar un botón para dar un like no solo define nuestra complicidad con determinados discursos y conductas, no solo damos oxígeno a quien pretende vivir de nuestro interés, sino que también acaba por subrayar nuestro rol en este absurdo circo de identidades, viralidad y poder. Porque de la misma manera que damos likes a estos influencers, se los negamos a la joven ilustradora que pretende difundir su trabajo, al cantante que muestra las grabaciones que se costea con sus otros empleos o al escritor no mediático que presenta su nueva novela.
¿Por qué hay personas que manejan los likes como si fueran billetes de 50 euros de los que cuesta desprenderse? Observo -ojo, yo también lo hago- cómo se dan likes y se comenta en la cuenta de Rosalía, de Lady Gaga o de Cristiano Ronaldo, personas tan en la cumbre que no leen lo que escribimos, que ni siquiera saben que existimos. Y asisto, con estupefacción, a la incapacidad de dar un me gusta, o escribir un comentario alentador, a esa dibujante que está dando sus primeros pasos en el sector o a la obra de teatro indie que busca algo de promoción. ¿Por qué venden a precio de oro su like y luego permiten que triunfe el narcisismo más inútil de los influencers?
Fue el villano de Mark Zuckerberg quien dijo que saber que una ardilla se muere delante de tu casa puede ser más relevante para tus intereses que el hecho de que la gente se muera de hambre en África. Lo dijo hace mucho tiempo. Mucho antes de esos 18.000 millones de dólares con los que ha cerrado el acuerdo judicial tras ser acusado de violar leyes de protección a menores de edad con sus plataformas de redes sociales. Mucho antes de que los influencers buscaran lucrarse con la mentira y el ridículo. Me pregunto cuanto tiempo más necesitamos para hacer uso del unfollow en lugar de seguir aceptando unas reglas del juego en las que se premia la ignorancia. Eso sí, con buen torso.


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