Opinión
Israel, arquitecto del desorden

Por Itxaso Domínguez
Analista especializada en Oriente Próximo y Norte de África
Los ataques lanzados por Israel la noche del 12 al 13 de junio contra Irán —dirigidos no solo a infraestructuras nucleares y militares, sino también a individuos concretos y, en algunos casos, a sus familias—han sido presentados por algunos medios como una represalia quirúrgica, otro episodio más en la disputa regional con Teherán. Pero estas acciones no son episódicas, ni responden únicamente a coyunturas de seguridad. Son expresiones de una estrategia de poder a largo plazo, donde el objetivo no es tanto prevenir como reconfigurar el orden regional desde una lógica colonial, supremacista y militarista.
La ofensiva reciente se inscribe en una larga serie de operaciones extraterritoriales que Israel ha llevado a cabo con impunidad en las últimas décadas: bombardeos en Siria, asesinatos selectivos en Líbano e Irak, ataques en Yemen e Irán. Esta política de guerra preventiva, sostenida por tecnologías de inteligencia y vigilancia masiva, apunta a una voluntad de control regional basada en la desestabilización de su entorno, la destrucción sistemática de cualquier disidencia estratégica y la imposición de una arquitectura geopolítica a su medida. Palestina es el epicentro de esa arquitectura. Pero su lógica, brutal y racializada, se extiende hoy mucho más allá.
De Gaza a Teherán: el genocidio como gramática regional
Lo que ocurre hoy en Gaza —un genocidio en curso que ha dejado más de 55.000 muertos (según la cifra oficial, que será mucho mayor), y ha destruido gran parte del tejido urbano, social y simbólico de la Franja, estos días en oscuridad comunicativa— no puede entenderse aisladamente. Forma parte de una continuidad colonial que combina eliminación física, destrucción cultural, desplazamiento forzado y deshumanización mediática. Gaza es el laboratorio, pero no la excepción.
Los ataques a Irán —planificados con precisión para eliminar altos mandos, científicos y otros oficiales, pero que también eliminan y aterrorizan a miembros de sus familias y comunidades— no son únicamente una muestra de fuerza o un intento de disuasión. Son una expresión más de la política de eliminación de sujetos considerados "amenazas existenciales". Esta noción, tan repetida en la retórica israelí, no describe amenazas inminentes sino formas de vida que escapan al marco de dominación israelí: liderazgo militar iraní, movimientos de resistencia libanesa o palestina, activismo transnacional, periodistas y defensores de derechos.
Así, la eliminación de personas es parte estructural de la estrategia israelí. No se trata de errores ni excesos: es doctrina. El asesinato extraterritorial se normaliza como instrumento legítimo de política exterior, en un marco donde la seguridad israelí se impone como principio rector por encima del derecho internacional, de la soberanía de otros Estados y de la vida humana.
Subimperialismo y pactos autoritarios: EAU, Arabia Saudí e Israel
Esta violencia selectiva y regionalizada no se sostiene sola. Se inscribe en una red de alianzas con regímenes autoritarios y subimperialistas, particularmente en el Golfo. Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí, lejos de oponerse a la expansión israelí, participan activamente en la consolidación de un nuevo orden regional donde la disidencia política, la resistencia popular y los derechos humanos son sistemáticamente reprimidos en nombre de la estabilidad, el crecimiento económico y la tecnología.
Los Acuerdos de Abraham no solo normalizaron relaciones diplomáticas: consolidaron una convergencia entre Estados que comparten una lógica de control absoluto sobre sus poblaciones. Una lógica basada en la vigilancia masiva, la criminalización de toda oposición, la explotación de migrantes y el uso intensivo de tecnologías militares y civiles para garantizar la continuidad de regímenes no democráticos. Israel no exporta solo software de espionaje: exporta un modelo de gobernanza.
Este modelo combina neoliberalismo autoritario, supremacismo racial y securitización total de la vida. En él, el enemigo no es únicamente externo, sino interno: activistas, periodistas, refugiados, minorías, esclavos modernos. Palestina ocupa un lugar central, no por solidaridad, sino como espejo. El aparato colonial israelí funciona como guía para gobiernos que aspiran a una represión más eficiente y a una legitimidad internacional blindada por acuerdos económicos y militares.
Estados Unidos: entre la complicidad estructural y la pérdida de agencia
La implicación de Estados Unidos en esta arquitectura de guerra no es reciente, pero sí cada vez más paradójica. Históricamente, Washington ha sido el principal proveedor de armas, fondos y cobertura diplomática para Israel. Pero en los últimos años, esa relación ha mutado: ya no es solo apoyo, sino subordinación. Israel marca la agenda; Estados Unidos la sigue, incluso cuando el coste reputacional, político y estratégico para su propia política exterior es evidente.
La ofensiva contra Irán ilustra esta deriva. Al permitir que su aliado actúe unilateralmente, Washington se ve arrastrado a una escalada potencialmente catastrófica, mientras sigue entregando miles de millones en asistencia militar y bloqueando resoluciones clave en Naciones Unidas. Lo mismo ocurre en Gaza: frente a las pruebas abrumadoras de crímenes internacionales, los gobiernos estadounidenses ha optado por defender lo indefendible.
Esta complicidad estructural no es accidental. Se sostiene en el peso del complejo militar-industrial estadounidense, cuyo beneficio económico depende de la continuidad de conflictos. Pero también se alimenta de una visión racista del orden mundial, donde ciertas poblaciones -árabes, musulmanas, negras, palestinas- pueden ser sacrificadas sin consecuencias. La política exterior estadounidense no es ciega: es selectivamente indiferente.
Europa: militarismo, racismo estructural y subordinación política
Europa, mientras tanto, se pliega a esta lógica. Las reacciones institucionales a los ataques israelíes son tibias o inexistentes, incluso cuando contradicen de forma flagrante los principios proclamados por la UE en materia de derechos humanos, legalidad internacional o multilateralismo. En lugar de condenar con firmeza, Europa refuerza sus vínculos con Israel en áreas clave como ciberseguridad, control migratorio y tecnología militar. Y si esto parece estar cambiando, lo hace a paso de caracol mientras decenas son asesinados cada día.
Esta actitud no es solo hipocresía: es síntoma de un proceso más profundo. Europa se encuentra inmersa en un giro militarista que combina rearme, securitización de las fronteras y racismo estructural. Los silencios sobre Gaza o Irán no son excepciones, sino expresiones coherentes de una política que deshumaniza sistemáticamente a quienes están fuera -y dentro- de sus límites geográficos y simbólicos.
Las leyes contra el apoyo a Palestina, la criminalización de las movilizaciones por el alto el fuego, el cierre de cuentas bancarias a organizaciones solidarias, o los ataques políticos contra artistas y académicos propalestinos no son medidas aisladas. Son parte de una arquitectura ideológica que rechaza la crítica, la disidencia y la solidaridad internacional. Y que ve en Israel un modelo a replicar, no a cuestionar.
Arquitectura del desorden: una geopolítica del supremacismo
Lo que se está consolidando es una arquitectura del desorden, donde el uso ilegítimo de la fuerza, la eliminación de sujetos políticos y la impunidad sistemática son no anomalías, sino pilares. Esta arquitectura no nace en Tel Aviv ni en Teherán: es transnacional. Se alimenta del complejo industrial militar global, de un capitalismo racial que gestiona la vida y la muerte con criterios de rentabilidad y control, y de una política internacional profundamente marcada por la herencia colonial.
Israel no es un Estado aislado que actúa con excepcionalidad. Es el nodo más avanzado y agresivo de un sistema internacional que tolera -y en muchos casos, promueve- la violencia estructural contra pueblos enteros. Su alianza con regímenes autoritarios, su papel como exportador de modelos de control, y su capacidad para moldear la política de grandes potencias evidencian una realidad incómoda: el genocidio, la ocupación y la guerra preventiva no son errores del sistema, son su motor.
¿Y ahora qué? Nombrar, romper, construir
Ante este panorama, urge romper con los marcos que presentan estos hechos como disputas bilaterales, guerras entre iguales o errores tácticos. Nombrar lo que está ocurriendo -como genocidio, como colonialismo, como supremacismo- es una obligación ética, no una exageración retórica. Pero no basta con nombrar: es necesario actuar.
Actuar implica exigir sanciones reales, suspensiones de acuerdos, cortes de suministro militar y un replanteamiento radical de la política exterior hacia Israel. Implica reconocer que la lucha por Palestina no es un asunto lejano, sino un punto de fractura que revela las fallas más profundas de nuestro tiempo: la violencia institucionalizada, el racismo estructural, el autoritarismo neoliberal.
Implica también dejar de concebir al Norte Global como un espacio necesariamente democrático o garante de derechos. Su silencio sobre Gaza y su complicidad con los ataques a Irán deben hacernos repensar los relatos de excepcionalidad europea. No hay neutralidad posible cuando se trata de crímenes internacionales. Hay alineamientos. Y el actual es inaceptable.


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