Opinión
La izquierda que buscó un líder en un córner

Por Toni Mejías
Periodista
La política española ha alcanzado un punto fascinante: una parte de la izquierda ya no busca referentes en la política. Los busca en las convocatorias de la selección española. No es una metáfora. Es una patología.
Durante unos días, Twitter —perdón, X, ese geriátrico de egos donde conviven criptobros, falangistas y diputados con exceso de tiempo libre— se llenó de hilos explicando que esta selección representa la España que viene. La España diversa. La España mestiza. La España abierta. Faltó que alguien analizara el mapa de calor de Lamine Yamal para demostrar la vigencia del materialismo histórico. No es culpa de los futbolistas, ellos juegan al fútbol. La culpa es de quien necesita convertir un cambio de banda en una tesis sobre la hegemonía cultural.
La escena resulta especialmente reveladora porque dice más sobre la izquierda que sobre la selección. Cuando un espacio político necesita apropiarse emocionalmente de once jugadores que ni se presentan a las elecciones ni pretenden hacerlo, quizá convenga admitir que el problema no está en el césped. Hace demasiado tiempo que la izquierda institucional dejó de fabricar ilusión y empezó a fabricar comunicados.
Sumar publica manifiestos que parecen redactados por un comité de recursos humanos. Podemos continúa librando batallas contra todo el mundo, incluido el espejo. El PSOE lleva tantos años practicando el centrismo elástico que podría patentar un chicle ideológico. Y mientras tanto, la extrema derecha hace campaña con tres conceptos, dos bulos y una bandera, convencida (y con bastante éxito) de que la política consiste en ocupar el espacio emocional que los demás abandonan.
Luego llegan los goles y aparece la necesidad casi infantil de convertir un vestuario en un sujeto político. Nico Williams abraza a Lamine Yamal: "La España antifascista." Pedri da una asistencia: "Los cuidados." Un central corta un contraataque: "El escudo social." Dentro de poco un saque de esquina será interpretado como una metáfora del reparto de la riqueza. Es enternecedor. También profundamente triste.
Porque mientras algunos convierten cada celebración en una ponencia del Congreso de Sumar, la realidad sigue empeñada en ser mucho menos poética. El alquiler continúa expulsando a miles de personas de sus barrios. Los fondos de inversión siguen comprando vivienda como quien colecciona cromos. Los salarios llegan peor a fin de mes que las teorías sobre la transversalidad llegan a las urnas. Pero nada genera tanta conversación como preguntarse si la selección "representa nuestros valores". Quizá porque los valores hace tiempo que dejaron de representarlos quienes tenían la responsabilidad de defenderlos.
Y cuando renuncias a construir un horizonte político, acabas buscando símbolos donde sea. En una gala de premios, en un cantante, en una actriz, en un streamer o en un extremo de diecinueve años. La paradoja es extraordinaria. Se criticó durante décadas que el nacionalismo conservador utilizara el fútbol como anestesia colectiva. Ahora algunos parecen convencidos de que, si la anestesia lleva perspectiva intercultural, entonces ya no anestesia.
Disfrutar del fútbol es perfectamente compatible con entender que un gol no sustituye a una política de vivienda y que levantar una copa no redistribuye la riqueza. Lo verdaderamente preocupante no es que la selección despierte entusiasmo, eso es exactamente lo que debería hacer. Lo jodido es que despierte más entusiasmo que quienes dicen querer transformar el país.
Porque si una parte de la izquierda necesita buscar liderazgo en un vestuario donde nadie ha pedido ese papel, quizá debería dejar de preguntarse qué representa el combinado nacional y empezar a preguntarse por qué millones de personas son capaces de emocionarse durante noventa minutos con un partido, pero no durante cinco con un discurso de quienes llevan años prometiendo cambiar España.
Tal vez la crisis de referentes no empezó en el fútbol. Tal vez empezó el día en que la izquierda confundió comunicar con gobernar, viralizar con organizar y un buen hilo en X con construir poder. Y desde entonces, cada verano espera que un delantero haga el trabajo que ningún dirigente ha sabido volver a hacer: ilusionar.

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