Opinión
La izquierda: un hoja de ruta

Dada la crítica situación que atraviesa el mundo y las enormes complejidades que han marcado esta legislatura, es lógico que cada cierto tiempo surja la pregunta de si a la izquierda le merece la pena estar en el Gobierno. Es una pregunta legítima, necesaria, que debe sin duda orientar los diagnósticos y las propuestas de los diferentes actores políticos y sociales para el próximo ciclo electoral. Soy muy consciente de que no soy imparcial en ese debate. También soy consciente de las limitaciones, las contradicciones y las dificultades que está suponiendo esta legislatura tan dura y el clima político y social tan adverso que alimenta un momento geopolítico reaccionario y el desgaste y los errores propios y ajenos de un largo ciclo progresista en el país. Pero precisamente en atención a la lógica de este tiempo histórico y de las correlaciones de fuerzas y amenazas que enfrentamos, creo que es importante poner las cosas en perspectiva. Explico cuál es la mía.
Las subidas del salario mínimo, de las pensiones, de las prestaciones no contributivas; la reducción del desempleo y la mejora de las condiciones laborales de los trabajadores; la ampliación de los permisos por nacimiento y cuidados a 19 semanas; el doblaje de los permisos para las familias monomarentales; la refundación del sistema de cuidados en España, que se vota este próximo martes en el Congreso; la prórroga de los alquileres de la que pudieron beneficiarse decenas de miles de familias antes de que las derechas la tumbaran en el Congreso, y que volverá a ser aprobada antes de final de mes junto a la regulación del alquiler de temporada y habitaciones o un nuevo impuesto disuasorio para los pisos turísticos; la regulación de los comedores escolares y de la alimentación en hospitales y residencias; las sanciones históricas a grandes multinacionales, inmobiliarias, aerolíneas, plataformas de juego online o gigantes del comercio electrónico; el reconocimiento del Estado de Palestina y la primera ley de embargo a Israel adoptada en territorio europeo; la regularización de un millón de personas migrantes que pasarán a tener derechos laborales, económicos y sociales…
Estos son sólo algunos de los pasos que han logrado darse en esta legislatura. Es justa la discusión sobre el alcance de cada uno de ellos. También sobre la necesidad de dar más y darlos más rápido. Pero es innegable que no hay muchos otros lugares en el mundo en que se sigan dando pasos adelante. Al revés: la tónica general es el recorte de derechos y libertades, el avance de fuerzas racistas y reaccionarias, el repliegue democrático. Son pocos los países que estén apostando de manera nítida por la defensa del orden multilateral (y alzando la voz por tanto contra el genocidio del pueblo palestino y la guerra ilegal en Irán); por la transición ecosocial y la soberanía energética; por la ampliación y el refuerzo de la red de protección social y el Estado de bienestar; por una política antirracista, contraria a la que practican déspotas y fascistas.
Con todas las limitaciones y los peros, España sí lo está haciendo. Y lo está haciendo porque la izquierda —social, política, parlamentaria y gubernamental— sigue empujando contra viento y marea para que el desarrollo económico del país, sin comparación en ninguno de los países de nuestro entorno, vaya en beneficio de quienes lo producen, de las clases trabajadoras.
Frente a la campaña orquestada para desmoralizar y desmotivar, creo que la izquierda debe abordar sus debates tácticos y estratégicos sobre el futuro lejos de cualquier derrotismo y con la cabeza muy alta. El país que somos hoy es más igualitario y justo que el que recibimos. La realidad es que los ingresos reales han crecido en todos los deciles de renta desde 2019, y de manera más acentuada para las familias de los deciles más pobres. Gracias a esto, se han recuperado los ingresos reales de 2008 tanto en ingreso mediano como entre los hogares más vulnerables. Se ha reducido la desigualdad medida por el índice de Gini y también la tasa de pobreza monetaria, y las subidas progresivas de salario mínimo han permitido que el salario real medio haya crecido un 6% de media entre 2018 y 2025, respaldado también por la drástica reducción de la temporalidad, una creación de empleo sin comparación en ningún país de Europa y el refuerzo sostenido de la negociación colectiva.
Tan evidentes como los avances que se han producido son también las áreas de mejora. Es fundamental que el crecimiento económico de estos años repercuta de una vez en grandes mejoras salariales en los convenios colectivos, para que la riqueza que el país está produciendo vaya a manos de quienes la generan. La crisis habitacional erosiona la mejora del poder adquisitivo de las clases trabajadoras, expropiando sus ingresos en un mercado secuestrado por lógicas rentistas y especulativas. A pesar de las mejoras generalizadas, ni el crecimiento económico, ni la creación de empleo, ni las nuevas prestaciones sociales como el Ingreso Mínimo Vital han logrado aún reducir significativamente la tasa de pobreza infantil, aunque sí su intensidad para muchas familias vulnerables. A la vez, cada vez más familias en España sufren la carga de una organización social de los cuidados que lastra la vida de las mujeres y de quienes no cuentan con recursos suficientes para hacer frente a las necesidades crecientes de las familias para cuidar a niños, mayores y personas con necesidad de apoyos.
Pero este diagnóstico no es abstracto ni dilatorio: tiene una traslación directa en batallas que están ya articuladas por las luchas sociales y políticas y que son perfectamente ganables para la izquierda en el corto plazo. Los trabajadores y trabajadoras se están movilizando en muchos de los sectores estratégicos de la economía de nuestro país para lograr una mejora real de sus condiciones laborales. Este mismo martes se vota en el Congreso el nuevo sistema de cuidados, la mayor reforma social de la legislatura y una de las más importantes desde el comienzo de siglo, con el objetivo de refundar por completo nuestro sistema público de cuidados, con una financiación extraordinaria de 6.200 millones de euros adicionales ya aprobada para 2026 y 2027. Tras años de lucha dentro y fuera del Gobierno, este mes se va a plasmar también el decreto de vivienda para volver a aprobar la prórroga de los contratos de alquiler, cerrar el agujero especulativo de los contratos de temporada y habitaciones, o penalizar fiscalmente a los pisos turísticos, entre otras medidas fundamentales. Y cara a los presupuestos vamos a llevar la Prestación Universal por Crianza para atajar de una vez la pobreza infantil y redistribuir por vía fiscal la riqueza de arriba hacia abajo, generando el derecho a un apoyo monetario a la crianza que cambiará la vida de las familias más vulnerables del país. Mientras la mayoría de los actores políticos se mueven ya exclusivamente en clave electoral, este mes de julio la izquierda ha conseguido cristalizar luchas determinantes para las condiciones de vida de la gente trabajadora de este país. Cuidados, vivienda, salarios, pobreza infantil, hacer que los ricos paguen lo que deben. No son cosas menores. Creo que merece la pena centrar las fuerzas y las prioridades en dar cada una de esas batallas y ganarlas.
Es evidente que cara al próximo ciclo electoral la izquierda va a necesitar una sacudida, gente e ideas nuevas, sentido común, responsabilidad, y que todos los actores sean capaces de anteponer el interés general al particular. Pero el ánimo con que se encare ese proceso es también un factor determinante, porque es condición de lo que se vaya a poder hacer. Quizás el mensaje que querría transmitir se resuma en esto: exigencia máxima, resignación ninguna. Movilicémonos para ganar cada una de las batallas decisivas que tenemos por delante. Organicémonos para mejorar lo que se ha hecho hasta ahora, pero en ningún caso bajemos los brazos o dudemos de que merece la pena.
Es evidente que en este largo ciclo político en el Gobierno la izquierda ha conseguido menos de lo que quería. Que ha perdido batallas importantes y ha cometido errores, muchos de ellos no forzados. Pero en todas sus fórmulas y en todos los frentes la izquierda nunca se ha confundido de bando ni de lealtades. Cada una de las peleas que ha dado, que está dando y que va a dar en el futuro tienen el objetivo de mejorar la vida de quienes no tienen otros medios para defender sus intereses que organizarse, poner en común y dar lo mejor de sí mismos. Cara a lo que viene, ojalá nadie se confunda de objetivo. A ganar estas peleas y a defender el interés de la gente trabajadora, que es lo mejor que tiene este país y el fin más honrado al que se puede servir.


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