Opinión
El juego base

Recomencé mi 2026, tras las uvas, a las 3, a las 5 y a las 8 de la mañana, cuando finalmente me levanté por imperativo de mi hija de dos años y casi cinco meses. Antes de meterme en la cama, cuando Cachitos sonaba en la televisión con mi madre de capitana del mando a distancia, medité muy seriamente si salir a tomar algo a la carpa que el Concello de Burela había instalado en la plaza para amenizar la entrada del año nuevo con una disco móvil. Me apetecía el plan, con mis amigas de toda la vida, pero más me apetecía dormir. Lo intenté. Con una niña tan pequeña es complicado. No me extraña que haya tantos padres y madres que se divorcian después de tener hijos. Me resulta más difícil de comprender los que deciden tener más de uno. A mí no me llega el riego al cerebro con una unidad de persona a mi cargo, aunque siempre me olvido de que en realidad son dos, porque yo también cuento. A alguien le importaré, supongo, aunque a mí misma, la mayoría de las veces, no. Yo solo quiero dormir. A todas horas. En cualquier lugar. La privación del sueño es un método de tortura según Amnistía Internacional. No todas las parejas pueden sobrevivir a Guantánamo.
Otra cosa que entiendo perfectamente desde que soy madre, hasta el punto de solidarizarme con lágrimas en los ojos, es el derecho al tiempo libre y de ocio de la gente. No comer a las cinco de la tarde y poder leer un libro en silencio tirada en el sofá del salón son lujos a los que aspiro algún día. Aquí quizás tengo que hacer un pequeño paréntesis para recordar a las personas que me leen que sueño tengo, pero retranca más. Adoro a mi hija, pero eso no implica que tenga que santosacralizar la maternidad, como si esconder las partes duras fuese a atraer a muchas más incautas al bosque en donde el lobo las está esperando. Está bien saber que entre los árboles hay un lobo, no voy a negarlo, pero nadie deja de ir a alimentar a su abuela moribunda por que los peligros acechen. Si acaso nos armamos de escopeta y machete y p’alante, que diría aquel.
Así que pisé la calle por primera vez este año sobre las doce menos algo de la mañana, camino del parque. Conmigo iba una amiga de toda la vida, su marido y su hijo de tres años. "Quién nos lo iba a decir," me comentó en el portal mientras mirábamos a nuestras criaturas correr de felicidad. Joder (¡perdón!), si nosotras tenemos fotos en los cumpleaños de la otra a los tres años y ahora resulta que somos las encargadas de hacer la fiesta. ¿Cuándo ha pasado esto? Es más: ¿quién se ha asegurado de que, efectivamente, sabemos encargarnos de eso?
Ella también se había ido a la cama al tomar las uvas, pero por suerte nos habíamos desquitado antes de la cena con un buen tardeo, tan de moda ahora. Nosotras que no pisábamos las discotecas para menores porque en los pueblos esas cosas modernas solo existían en carnavales y poco más. De normal, con catorce años íbamos a los mismos garitos que a los dieciocho, y nos servían las mismas cosas. Su hijo y mi hija se habían quedado al cuidado de los abuelos (¡benditos abuelos!) y pudimos escaparnos a tomar algo de 18:30 a 21, como en los viejos tiempos, pero mucho más temprano y mucho más cansadas.
Y como en Dormidas Anónimas nos conocemos todas, supe al momento que las camareras eran mis hermanas. Yo me fui sobre las 21 para que el padre de mi hija pudiese acostarla, pero hubo gente que un poco más y se toma las uvas en el local. No sé cómo los echaron ni quiero saberlo, porque si hubiese dependido de mí la escopeta ya estaría vaciada, y sin lobo a la vista.
Por eso me rechina tanto el comentario que le escucho a una de las madres que, como nosotras, pasa su primera mañana del 2026 en el parque: "¿Entonces dices que hoy no hay nada abierto?". Se dirige a un señor mayor que la acompaña con los dos niños, entiendo que hijos y abuelo, o suegro, o yo qué sé. Ella no tiene acento de aquí, pero la verdad no sé en qué lugar del mundo hay algo abierto en Año Nuevo. Qué quiere, ¿comprarse unas bragas en el Primark justo hoy? A lo mejor es de esta gente que enloquece cuando llega el fin de semana y el súper pasa 24 horas todas enteritas cerrado (¿han ido alguna vez a comprar comida un sábado a las 19 o 20? Ríete tú del lobo y del bosque).
Hace unos pocos días vi en el móvil que en un centro comercial de A Coruña había habido tal colapso al salir del párking que la gente se había quedado atrapada en los coches, sin poder salir, una hora. ¡Una hora! ¿¿¿Saben ustedes la de sueño que se recupera si se duerme una hora enterita???
Desvío la mirada y observo a mi hija tirarse por el tobogán con una sonrisa en la cara, a mi amiga diciéndole a su hijo que tiene que compartir el globo cochambroso que se han encontrado bajo el barco pirata, a unos niños recogiendo palos del suelo.
Está claro que la vida adulta es el modo difícil de videojuego. Sin embargo, antes se pagaba por el formato físico y a jugar, con más o menos acierto, pero tu pericia no dependía de si podías comprarte la caja de recompensa donde podía haber una escopeta o el amiibo edición limitada con el machete. Ahora todo tiene su propia store.
Tengo sueño, pero sonrío. No voy a decir que las cosas importantes de la vida no cuestan dinero, porque esa gilipollez solo la puede soltar una persona que nunca ha tenido problemas para llegar a fin de mes. Observo las mujeres en las que nos hemos convertido, mi amiga y yo.
A veces no está mal recordar que lo verdaderamente importante es el juego base, aunque nunca podamos estrenar el machete.

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