Opinión
Lecciones desde Serbia

Profesora de Ciencia Política y Estudios Europeos en la UCM.
El próximo domingo, Serbia acudirá a las urnas en unas elecciones que pueden poner fin a más de una década de dominio político de Aleksandar Vučić. Y la razón de este cambio trascendental en la política serbia no son los partidos tradicionales de la oposición, incapaces durante años de quebrar la hegemonía del Partido Progresista Serbio (SNS), sino que es un movimiento estudiantil nacido de la indignación ante una tragedia que nunca debió producirse, organizado desde abajo, sin liderazgos carismáticos y que ha conseguido transformar una protesta ciudadana en una alternativa política. Desde la periferia europea de los Balcanes occidentales llega una lección que convendría observar con atención en el resto del continente.
Todo comenzó el 1 de noviembre de 2024, cuando el derrumbe de una marquesina de la estación ferroviaria de Novi Sad provocó la muerte de 16 personas. Lo que inicialmente podía parecer un accidente relacionado con unas obras de infraestructura terminó convirtiéndose en el símbolo de un sistema político atravesado por la corrupción, el clientelismo y la ausencia de mecanismos efectivos de rendición de cuentas. La pregunta que comenzaron a formular los estudiantes era aparentemente sencilla. ¿Quién era responsable de aquellas muertes? El problema es que responderla implicaba cuestionar los fundamentos sobre los que se había construido el régimen de Vučić.
Porque el problema de Serbia nunca ha sido exclusivamente la corrupción de algunos responsables públicos. El problema en Serbia, pero no solo ahí, es la implantación de un modelo de control del poder político donde las instituciones quedan subordinadas a los intereses del partido gobernante, los medios de comunicación sometidos a presiones constantes y las redes clientelares convertidas en instrumentos de control social y electoral, es lo que desde la Ciencia Política denominados una “captura del Estado”. Se trata así de un sistema que mantiene las formas de la democracia representativa mientras vacía de contenido buena parte de sus mecanismos de control y donde la celebración de elecciones no garantiza la existencia de una competencia democrática y plural en condiciones de igualdad.
Es lo que en los Balcanes occidentales conocemos como estabilocracia. Un modelo en el que dirigentes con prácticas crecientemente autoritarias se presentan ante sus socios internacionales como garantes imprescindibles de la estabilidad regional. Vučić ha sabido explotar esta lógica con extraordinaria habilidad. Así, para Bruselas representa un interlocutor necesario en la cuestión de Kosovo; para Moscú, un socio que se resiste a romper sus vínculos tradicionales; para Pekín, una puerta de entrada económica y estratégica a Europa. De este modo, esta capacidad de interlocución múltiple ha permitido a Belgrado acumular poder internamente mientras buena parte de sus socios europeos preferían mirar hacia otro lado mientras les pudiera asegurar estabilidad y seguridad. Porque para llegar a este punto el régimen de Vučić ha requerido de la imprescindible colaboración de la UE. Porque para la UE la estabilidad se confundía con inmovilismo y la cooperación con tolerancia frente al deterioro democrático. De este modo, Serbia se convertido en uno de los ejemplos más evidentes de las contradicciones de una política de ampliación que exige reformas institucionales sobre el papel mientras acepta prácticas contrarias a esos mismos principios cuando considera que sus intereses geopolíticos están en juego.
Lo que los estudiantes han conseguido es romper esa ecuación. Y lo han hecho sin reproducir inicialmente las estructuras políticas que habían fracasado en sus intentos de desplazar a Vučić. Las asambleas universitarias, los plenums, las decisiones colectivas y la ausencia de un liderazgo personalista han constituido la base de un movimiento horizontal que ha conseguido extenderse mucho más allá de los campus. Las alianzas intergeneracionales e intersectoriales, por el momento, parecen funcionar. Profesores, trabajadores, agricultores, profesionales liberales y ciudadanos de generaciones muy distintas han terminado incorporándose a unas movilizaciones que dejaron de ser estrictamente estudiantiles para convertirse en una impugnación general del sistema.
Su principal acierto ha sido comprender que la corrupción no era un problema sectorial, sino el elemento que conectaba las distintas frustraciones de la sociedad serbia. La precariedad, la emigración juvenil, el deterioro de los servicios públicos, la desigualdad territorial y la falta de expectativas compartían un mismo denominador y un mismo diagnóstico, que describe un Estado progresivamente capturado por quienes debían administrarlo en beneficio del conjunto de la ciudadanía.
Esta movilización también ha demostrado una capacidad de resistencia poco habitual. Mientras otras movilizaciones pierden intensidad después de unas semanas, los estudiantes serbios han mantenido durante casi dos años una actividad sostenida mediante bloqueos, marchas, concentraciones y redes de solidaridad. Han recorrido pequeñas localidades, han construido alianzas sociales y han conseguido trasladar la protesta desde las grandes ciudades hasta espacios donde el partido gobernante conservaba una importante capacidad de movilización. No se han limitado a ocupar las calles. Han construido organización.
Durante el último año se han observado movilizaciones de la generación Z en distintas partes del mundo, primero del Sur Global que hemos observado en países como Nepal, Marruecos o India, ahora las estamos viendo en primera persona en las calles de Francia, Bélgica, Italia, Portugal y también, por supuesto, España. Aunque sus contextos y reivindicaciones son diferentes, comparten una profunda desconfianza hacia las élites políticas, la percepción de que los canales tradicionales de representación han dejado de funcionar y el rechazo a aceptar como inevitable un futuro de precariedad y ausencia de oportunidades. Una generación que ha crecido en sociedades formalmente democráticas, pero que percibe cada vez menos capacidad para influir sobre las decisiones que condicionan su vida. Sin embargo, por el momento, es en Serbia donde esa movilización ha dado lugar a algo más.
La desconfianza no ha desembocado únicamente en el rechazo a los partidos sino que ha abierto la posibilidad de construir una alternativa electoral. La candidatura impulsada por los estudiantes, Students Win, representa el paso de la movilización social a la disputa institucional. De la calle a las instituciones. Pero para ello están contando con el concurso de buena parte de la oposición que reconoce implícitamente que quienes llevaban años intentando derrotar a Vučić no habían conseguido conectar con una sociedad profundamente desencantada.
Esta confluencia no es sencilla, tiene múltiples aristas y, en caso de victoria, sin duda tendrá que enfrentar contradicciones. Porque si bien la horizontalidad permite incorporar sensibilidades diferentes, también genera dificultades a la hora de gobernar. Del mismo modo, la ausencia de liderazgos fuertes protege frente a la personalización del poder, pero obliga a construir mecanismos eficaces de decisión y responsabilidad. Y, por supuesto, el que exista una unidad de acción contra la corrupción y por la regeneración democrática no elimina en ningún caso las diferencias existentes sobre cuestiones tan divisivas como Kosovo, la relación con Rusia o el futuro europeo del país. Del mismo modo, no conviene subestimar la capacidad de resistencia de un aparato político que controla importantes recursos institucionales, económicos y mediáticos. Ganar unas elecciones y conseguir una transferencia efectiva del poder son cuestiones diferentes cuando las reglas de la competencia llevan años profundamente desequilibradas.
Pero incluso antes de conocer los resultados del domingo, el movimiento estudiantil serbio ha conseguido algo políticamente extraordinario. Ha demostrado que la resignación no es inevitable, que los partidos tradicionales no tienen el monopolio de la representación política y que una movilización sostenida puede transformar la indignación en organización y la organización en una alternativa de poder.
En una Europa donde buena parte del descontento social está siendo capitalizado por las extremas derechas, Serbia ofrece otra posibilidad. No porque su movimiento estudiantil constituya un modelo exportable sin más, sino porque demuestra que existen formas de disputar el poder desde la participación colectiva, la exigencia democrática y la defensa de lo público.
Quizás los estudiantes serbios no consigan derrotar a Vučić este domingo. Quizás sí. Pero ya han conseguido romper una de las principales fortalezas de cualquier sistema autoritario: convencer a la ciudadanía de que no existe alternativa. Y esa es una victoria política que trasciende las fronteras de Serbia.



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