Opinión
El límite de lo decible

Periodista
La tangana empezó el 4 de septiembre en el estadio MetLife de Nueva Jersey. Durante la gira estadounidense de Ed Sheeran, el rapero Macklemore reiteró su apoyo al pueblo palestino cantando a todo pulmón la canción "Hind’s Hall" mientras las pantallas gigantes reproducían imágenes de las protestas estudiantiles. Los lobbies sionistas, bañados en lágrimas de cocodrilo, reclamaron el veto al artista entre acusaciones infundadas de antisemitismo. Macklemore respondió durante el concierto del día 5 con una alocución a sus seguidores judíos: repudiar un genocidio no es ninguna modalidad de odio étnico, religioso o cultural.
Las razones del rapero estaban bien fundadas, pero los tentáculos de Netanyahu no tienen el cometido de prevenir la animadversión contra los judíos sino de silenciar toda tentativa de crítica política. Robert Kraft, dueño y señor del Gillette Stadium, apeló a una supuesta "retórica antisemita" para justificar su veto a Macklemore. Como los grupos de presión presionan, el magnate y CEO de The Kraft Group utilizó su red de contactos para extender la censura a otros estadios. La promotora Messina Touring Group decidió sacar a Macklemore del cartel para salvar la gira de Ed Sheeran.
Cuando se conocieron los pormenores del boicot, el músico británico despachó la controversia con unas palabras genéricas contra el dolor que se causa "en ambos bandos". En cualquier caso, defendió el derecho a separar su carrera profesional de los discursos políticos. La cuestión es que la hemeroteca nos trae de vuelta a un Ed Sheeran comprometido con causas de naturaleza diversa. En 2017, manifestó su simpatía por Jeremy Corbyn y participó en una campaña de Amnistía Internacional a favor de la acogida de refugiados. En 2021, pidió proteger la diversidad sexual en Estados Unidos.
Es otro, sin embargo, el episodio que ha suscitado las comparaciones. En 2022, un mes después de que el Ejército ruso invadiera Ucrania, Sheeran dedicó un mensaje de adhesión a los ucranianos: "Os quiero, estoy con vosotros y estoy orgulloso de tocar en el evento benéfico de la semana que viene". Se refería al Concierto por Ucrania de Birmingham, una iniciativa solidaria que recaudó casi 16 millones de euros. Si alguien hubiera acusado entonces a Ed Sheeran de rusófobo, le habrían respondido a carcajadas. Al fin y al cabo, se entiende que sus palabras de aliento iban dedicadas a los civiles que padecían los bombardeos.
No es que Palestina se parezca a Ucrania, sino que el cuestionamiento de Israel marca el límite de lo decible en la esfera pública occidental. Uno puede, claro está, escribir su parecer en las redes sociales o protestar en las calles, siempre a riesgo de que la policía termine llamando a la puerta de casa. Después de todo, la Alianza Internacional para el Recuerdo del Holocausto ha conseguido imponer en los países euroatlánticos una definición del antisemitismo que sirve de fundamento para reprimir las críticas contra Israel. Así al menos lo denuncian Amnistía Internacional, Human Rights Watch y otras organizaciones de derechos humanos.
En Alemania, un tribunal condenó a una activista por cantar "desde el río hasta el mar". Austria censuró el lema, Reino Unido arrestó a una manifestante que lo coreó y un estado de Australia ha modificado el Código Penal para castigarlo hasta con dos años de cárcel. En Francia, cinco agentes de la policía registraron una librería en busca de un libro infantil que pedía la paz para Gaza. España, por su parte, ha sancionado la exhibición de la bandera palestina en competiciones deportivas y cuatro activistas de Valladolid se enfrentan hasta a 25 meses y medio de prisión a raíz de las protestas en la Vuelta.
El problema que tienen nuestras élites es que el sentir común ha cambiado ya de bando. Incluso en Estados Unidos, donde los millonarios boicotean la causa palestina, la balanza de la empatía se ha decantado por primera vez del lado de Gaza. Según la demoscopia de Gallup, en 1991, el 64% de los encuestados expresaba su afinidad con Israel y solo el 7% lo hacía con Palestina. En 2026, en cambio, el respaldo proisraelí ha caído a un mínimo histórico del 36% frente al 41% que apoya al pueblo palestino. Por lo visto, el dinero no alcanza a comprar todas las opiniones.
Quizá por eso el boicot contra Macklemore ha desencadenado un efecto dominó. Los teloneros de Ed Sheeran, escandalizados con la mordaza, se han largado de la gira entre expresiones de indignación. Aaron Rowe ha difundido unas palabras de amor a Palestina y de desprecio contra los oligarcas. Lukas Graham ha celebrado la libertad de expresión y Finneas ha querido alinearse con los oprimidos. Hasta Beoga, que iba a acompañar a Ed Sheeran en el escenario, se ha descolgado del proyecto con un comunicado que identifica como enemigo al lobby sionista. Lo relevante, dice la banda irlandesa, es que Israel ha asesinado a más de mil palestinos desde el llamado "alto el fuego".
¿Qué hacemos ahora con Ed Sheeran? ¿Lo tachamos de esquirol y lo arrojamos a la hoguera de los pusilánimes? Sus propios compañeros, los músicos que lo han abandonado, han elegido absolverlo. Sheeran no es la enfermedad sino el síntoma de una industria de masas que prefiere inhibirse con la esperanza de caer bien a todo el mundo. Con Sheeran o sin él, aun a golpe de talonario, la propaganda sionista ha perdido ya la capacidad de articular un relato convincente. La música se vuelve pequeña cuando hablamos de todo un pueblo reducido a escombros, desplazado, avasallado, masacrado, cuyo derecho a existir es negado incluso en la pantalla efímera de un estadio.


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