Opinión
Los locos de Salem

Por David Torres
Escritor
En 1692, en Salem, Massachusetts, tuvo lugar un episodio de histeria colectiva que se saldó con la ejecución de una veintena de inocentes, quince de ellas mujeres. Los infames juicios por brujería celebrados en la localidad se alargaron durante un año entero y por ellos desfilaron más de doscientos acusados, también mujeres la mayoría. El nombre de Salem quedó asociado para siempre al fanatismo religioso, al castigo por pensar diferente, al peligro de culpar a los más pobres y desfavorecidos, a quienes se encuentran en la periferia de la sociedad. Por un curioso azar, casi tres siglos después, fue en otro Salem (situado justo en el extremo opuesto de los Estados Unidos, en el ala abandonada de un hospital psiquiátrico de Oregón) donde se rodó Alguien voló sobre el nido del cuco (1975), quizá el mayor alegato a favor de la libertad de pensamiento y contra la opresión estatal que jamás haya dado el cine.
En un libro recién publicado, Los locos de Salem, Iván Reguera narra la historia de la accidentada producción y el apasionante rodaje de la película, desde la novela en la que está basada y la primera adaptación teatral hasta el momento en que arrasó en la ceremonia de los Oscar con cinco estatuillas. Nada más y nada menos que mejor película, director, actor principal, actriz principal y guión adaptado, un repóquer de ases que hasta entonces sólo había logrado Sucedió una noche (1934) y que sólo repetiría El silencio de los corderos (1991). Pero el camino al triunfo estuvo tan jalonado de dificultades, tropiezos y malentendidos que bien merecería otra película.
De momento, a falta de esa película, Reguera ha escrito una crónica pormenorizada de su génesis y desarrollo, un reportaje a ras de tierra y a vuelo de pájaro que ocupa varias décadas y donde aparecen no sólo los protagonistas a un lado y otro de la pantalla, sino también los demiurgos que la hicieron posible. Con el olfato de un investigador y el oído de un novelista, se reproducen diálogos y escenas en las que asistimos a un viaje enloquecido en un autobús cargado hasta los topes de LSD, un café parisino en medio del mayo del 68 donde Milos Forman charla con Luis Buñuel o una fiesta de Hollywood donde Jack Nicholson conoce a Anjelica Huston.
La historia empieza con la camisa de leñador de Ken Kesey, sus experimentos con drogas psicotrópicas y su trabajo como celador en hospitales psiquiátricos: un descenso a los infiernos que terminó relatando en su primera novela, Alguien voló sobre el nido del cuco. Saludado por Jack Kerouac y otros gurús de la contracultura como un hito de la literatura estadounidense de posguerra, el libro obtuvo un éxito de crítica y público tan apabullante que Kirk Douglas compró los derechos y encargó la redacción de un libreto a Dale Wasserman para protagonizarla en Broadway. Sin embargo, la obra teatral no terminó de despegar y la adaptación cinematográfica quedó varada durante más de un decenio. Los grandes estudios no se atrevían a financiar un proyecto con un delincuente de protagonista y diversas acusaciones de machismo y racismo.
Finalmente fue el hijo de Kirk Douglas, Michael, quien convenció al productor discográfico Saul Zaentz para que avalara una producción independiente en la que tuvo que hipotecar su compañía y la casi totalidad de sus posesiones. Por una de esas extrañas carambolas del destino, el primer director en quien pensó Kirk Douglas para llevar adelante la película fue el checo Milos Forman, a quien conoció durante un viaje a Praga en 1962. Le prometió enviarle el libro, que fue confiscado por la censura en la aduana, y diez años después, fue el joven Michael quien contactó con Forman después de ver ¡Al fuego, bomberos! (1967), una sátira política con un reparto coral que fue prohibida por las autoridades comunistas tras la Primavera de Praga.
Para el papel de McMurphy, se barajaron entre otros los nombres de Gene Hackman, Marlon Brando y James Caan, mientras el propio Forman quería a Burt Reynolds de protagonista. Por suerte, se impuso el criterio de los productores, que finalmente contrataron a Jack Nicholson, quien convirtió el rodaje en un pulso personal con Milos Forman que llevó a la realidad la atmósfera despótica de la ficción. Algo parecido sucedió con la enfermera Ratched, un personaje tan gélido y monstruoso que fue rechazado por Jane Fonda, Anne Bancroft y Geraldine Page, hasta que una casi desconocida Louise Fletcher lo hizo suyo y le dio la réplica perfecta a Nicholson. Para el inolvidable papel del Jefe Bromden, un indio gigantesco, no les quedó otro remedio que fichar a Will Sampson, un indio de dos metros que no tenía la menor experiencia actoral y era jinete de rodeo.
Hay muchas, casi incontables anécdotas, en las doscientas y pico páginas de este libro delicioso, pero les invito a que las descubran por sí mismos. Una de ellas fue cuando Nicholson descubrió que, sin saberlo, había protagonizado en su propia vida un episodio similar al de la revelación incestuosa en Chinatown. Otra, no menos increíble, es que la mayoría de los extras que deambulan por los pasillos del hospital y muchos de los tramoyistas y ayudantes eran pacientes psiquiátricos reales, del mismo modo que el médico jefe fue interpretado por el auténtico director del Hospital Estatal de Oregón, el doctor Dean Brooks. Hay que estar prácticamente loco para embarcarse en una película así, casi tan loco como para escribir Los locos de Salem. Por algo la editorial de Iván Reguera se llama Ediciones del Cuco.

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