Opinión
Maduro, Trump y los pueblos

Por Leila Nachawati
Doctora en comunicación y conflicto, profesora en el departamento de Comunicación de la Universidad Carlos III. Autora de 'Cuando la revolución termine'.
-Actualizado a
El secuestro de Nicolás Maduro por parte de fuerzas especiales estadounidenses -ejecutado en suelo venezolano y sin mandato internacional- parecería ciencia ficción si no estuviésemos ya acostumbrados a noticias diarias cada vez más delirantes. Ante semejante agresión, Venezuela, un país sumido en un autoritarismo y una asfixia económica que han obligado a exiliarse a más de un cuarto de la población, requiere de un conocimiento granular y matizado, a la altura de la complejidad a la que se enfrenta. Sin embargo, en estos tiempos en que el shock y la indignación son commodities, mercancías pensadas para consumirse sin contexto ni reflexión, proliferan posicionamientos de trazo grueso que obvian cualquier matiz. Se imponen lógicas de hooligans de uno u otro bando en un partido que se juega sin los pueblos, o por encima de ellos.
La corrosión interna
Venezuela, al igual que todos los contextos en los que se entrelazan tensiones locales con amenazas globales, requiere análisis complejos, alejados de miradas condescendientes y superficiales. A esa necesidad apelan investigadoras como Sara Ajlyakin, miembro del colectivo de escritores e investigadores sirios Al-Jumhuriya: "Bájense de las certezas abstractas de la pureza ideológica y dejen espacio para la empatía y para el matiz. Permitan al pueblo venezolano la plena complejidad de su momento presente: una alegría visceral amasada junto con pavor y miedo, un alivio contaminado por el terror", advierte.
Para Ajlyakin, es crucial comprender el modo en que los regímenes autoritarios vacían a las sociedades desde dentro: "No se limitan a reprimir la disidencia, sino que corroen los órganos a través de los que respira la vida colectiva: la imaginación política, el liderazgo, la confianza, la gramática de la solidaridad".
La corrosión no es nueva, por más que haya quienes solo reparan en ella cuando Estados Unidos mueve ficha, como nos recuerda con dureza una politóloga venezolana (cuyo nombre omitimos por seguridad), que apela a quienes hoy pretenden dar lecciones sobre un pueblo cuyo sufrimiento llevan ignorando años:
"Si te quedaste en silencio cuando mi pueblo empezó a ser desplazado por la fuerza, si nunca has compartido las historias de mis presos políticos, de las torturas, de la violencia sexual no tienes derecho a darnos lecciones sobre lo que está pasando en nuestro país ahora".
Aclara, además, que los venezolanos no son ingenuos: "Hemos sido refugio de muchas dictaduras en la región y de golpes de Estado promovidos por Estados Unidos en décadas anteriores, no necesitamos lecciones para saber lo que está en juego".
Estas cuestiones se alimentan de lo que el colectivo Pueblos en Camino define como un "péndulo tramposo" entre izquierdas y derechas. Señalan por un lado cómo el Gobierno de Maduro se protege tras una retórica de izquierdas que en la práctica despliega medidas represivas, de derechas en lo económico, y que no cumplen sus postulados anticapitalistas. Alertan también sobre el peligro de considerar a Rusia o a China alternativas a la derecha imperialista, "una postura pueril, más falsa y suicida que nunca", porque estas potencias "operan bajo la misma lógica de guerra contra los pueblos y los territorios".
La geopolítica de la impunidad
Reconocer la descomposición interna del país no implica, por tanto, validar la geopolítica de la impunidad. Al contrario: la ausencia de límites de Estados Unidos y su falta de respeto por la legalidad internacional ahondan la indefensión en la que toda la humanidad está sumida. "Vamos a liderar Venezuela" y "Nos vamos a implicar al máximo en la industria del petróleo para extraer una enorme cantidad de riqueza", declaraba un Trump triunfal, horas después del secuestro, días después del bombardeo de embarcaciones venezolanas que ya anticipaba el camino elegido.
Con la soltura del que se sabe impune, Trump ha extendido sus advertencias a cualquier país latinoamericano que no se pliegue a sus caprichos o cuyo presidente no le caiga en gracia. Es el caso de Gustavo Petro, a quien se dirigió con un "Colombia, prepare your ass". Un clavo más en el féretro de la legalidad internacional, que Trump se ha empeñado en enterrar: solo en 2025, bombardeó siete países -Somalia, Yemen, Irak, Irán, Nigeria, Siria y Venezuela- y tres en lo que va de 2026, además de continuar facilitando el genocidio palestino.
La tendencia no se limita a la administración estadounidense, sino que se enmarca en un contexto de respeto cada vez menor por la autonomía y dignidad de los pueblos. No es casual que figuras como Netanyahu o Putin cometan crímenes contra la humanidad cada vez con menos cortapisas, sin necesidad de justificación, sin apenas aludir ya siquiera a la democracia como coartada.
No hay contradicción alguna entre la condena de la deriva autoritaria de Maduro y de la impunidad de unas potencias geopolíticas que compiten en tácticas de tierra quemada, número de víctimas civiles y cantidad de hospitales bombardeados. Como señalan desde Pueblos en Camino, estamos ante una confrontación entre distintas formas de plutocracia que basan su acumulación en la explotación de la vida en todo el planeta. Y añaden:
"La pregunta urgente es cómo resistir a este orden en un momento en que la mayoría de la población siente que nada de esto le incumbe, o no logra escapar de las interpretaciones fabricadas: izquierdas y derechas, imperios y propaganda... No se trata de qué bando elegir, sino de cómo evitar que la banalidad del espectáculo impida que los pueblos construyan sus propios caminos, al margen de las recetas que los grandes poderes intentan imponernos".
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