Opinión
Menos mal que existe La Zaranda

Por Sato Díaz
Coordinador de Política.
De la heroína al héroe clásico; del extrarradio al más allá; del escenario a la realidad; unos personajes que sucumben en un mundo trágico, en declive, difícil de comprender. La Zaranda culmina este fin de semana su estancia en Madrid, en la programación de Nave 10 de Matadero, con su obra Todos los ángeles alzaron el vuelo. La compañía volará a otros teatros del país en su gira de esta necesaria pieza escrita por Eusebio Calonge, dirigida por Paco de La Zaranda, interpretada por Ingrid Magrinyá, Natalia Martínez, Gaspar Campuzano, Francisco Sánchez (el de la Zaranda) y Enrique Bustos.
Cinco intérpretes para cinco personajes: Virgilio, un ladrón y camello que acaba de salir de la cárcel; la prostituta rumana y yonqui Micaela; La Alacrana, también prostituta; Paco Cadena es el chulo de putas y narcotraficante del barrio; Ramonet, el "idiota" que sufre de trastorno mental y que se refugia en los grandes de la literatura, como Dostoievski. Una decena de objetos -mantas, alfombra, un somier en las últimas, una silla de ruedas agrietada, zapatos rojos de tacón...- manipulados por los personajes sirven para hacer del escenario negro y vacío un polígono donde la droga y el trapicheo valen más que la propia vida humana; donde el amor, el cariño y la bondad sencillamente no existen; la muerte merodea y el techo se ha llenado de moscas. La obra recoge a los que ya fueron expulsados de la sociedad para mutarlos a humanos y a seres sobrehumanos, esa es la cualidad del teatro. Una oda al lumpenproletariado.
Como el escenario, negro es el futuro que muestran las noticias y la actualidad. En declive está el mundo al que nos habíamos acostumbrado a vivir. Estos personajes, creados por esta compañía jerezana que está a punto de cumplir medio siglo de historia, son histriónicos y bufonescos, nos hablan de la realidad, pero la estiran, la retuercen, la deforman. Como el momento histórico en el que nos encontramos, en el que la realidad parece también deformarse; en el que un zombi puesto hasta el culo de fentanilo es excusa para bombardear otro país; el miembro mutilado sobre un charco de sangre en una vía de tren se puede convertir en espectáculo de máxima audiencia; el cantante pop que dio forma a la manera de seducir y enamorar de algunas generaciones era en verdad un ogro acusado de agresión sexual y trata de personas.
La realidad actual está en los márgenes de lo que creíamos que era. Los referentes se tambalean, las certezas se esfuman. Julio Iglesias ya es una mal recuerdo de lo que fue, y eso que fue mucho. La banda sonora que acompañó historias de amor empalagosas, limpiezas del suelo fregona en mano, viajes familiares con la casete girando en la radio del coche, noches de insomnio merodeando por el salón, los primeros pinitos de un panoli en un karaoke. Aunque la Fiscalía española haya archivado la denuncia contra el cantante "por falta de jurisdicción de los tribunales españoles" ante el caso, es el mito el que se hunde, el- del creador de fans.
Escribo estas líneas desde un tren de alta velocidad que se dirige hacia el este. Durante estos días posteriores a la tragedia que terminó con la vida, al menos, de 45 personas de una manera injusta y prematura, pienso que la alta velocidad es uno de los símbolos de mi generación. Una generación que con dificultades puede llegar a recordar la inauguración del AVE, la Expo de Sevilla, la mascota Curro, los Juegos Olímpicos de Barcelona y la mascota Cobi. Una generación que se ha acostumbrado a coger el tren por obligación, para estudiar en la universidad, por ocio, por trabajo, para volver a casa.
Cae el mito de Julio Iglesias a golpe de #MeToo. También una denuncia por agresión sexual hacía tambalear consensos a finales del año pasado. Ariadna (nombre ficticio) acusaba al expresidente del Gobierno y mito de la Transición Adolfo Suárez de agresión sexual, una situación que, según describe la denunciante, se extendió durante tres años de su vida, entre 1982 y 1985, y comenzó cuando ella tenía 17 años y él, 50. Muchas manos a la cabeza al imaginar al personaje que da nombre al aeropuerto internacional más importante del país, Adolfo Suárez Madrid Barajas, y sobre el que se ha construido el relato oficioso del paso de la dictadura franquista al actual periodo democrático aprovechándose sexualmente de una niña.
Donald Trump humilla a Europa cada vez que puede y amenaza con romper con la relación más segura de la geopolítica: EEUU-UE. Se desquebraja la idea de Occidente, la indisoluble unidad ya no es tal. El mito de la Europa de los valores democráticos queda en evidencia cuando desplaza a personas migrantes a campos de deportación fuera de sus fronteras. A la otra orilla del Atlántico, los abusos de poder del magnate de la Casa Blanca se evidencian a golpe de detenciones parapoliciales del ICE que entierran la democracia liberal en un estercolero ultra. Lo que parecía ser, ya no es. El declive.
Los personajes de Todos los ángeles alzaron el vuelo tocaron fondo y se quedaron en él. El declive desde el que quizás se puede comprender mejor el momento que habitamos y que también produce un constante extrañamiento. El teatro, la literatura, el arte, el pensamiento tienen esa capacidad. Como la de elevar a estos personajes, Virgilio, Micaela, La Alacrana, Paco Cadena, Ramonet, hasta hacerlos trascender, redimirlos. Menos mal que desde hace casi 50 años existe La Zaranda y se juntan para crear en una nave perdida en Andalucía. Más teatro.
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