Opinión
Malaparte en Silicon Valley: la revancha de las tecnologías
Colaborador de la Fundación Alternativas y coautor de 'Chips y Poder'.
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Existen ensayos fundamentales para comprender un momento histórico, y La era de la revancha, escrito por Andrea Rizzi, es uno de ellos. Son esenciales porque permiten comprender las palancas que mueven el mundo. Rizzi habla del conflicto de nuestros valores progresistas y humanistas con dos fuerzas (el desafío al orden mundial democrático de Rusia y China y la internacional nacionalpopulista liderada por Trump), pero sobre todo habla del motor que las impulsa y define el marco de sus relaciones con nuestro entorno: la revancha. Un deseo de resarcimiento que no solo explica las actuaciones y planes de estos dos grupos, sino también de otras congregaciones que están agitando la economía y la sociedad en busca de un retroceso radical en ámbitos concretos. En la esfera digital occidental, la tecno-oligarquía ha emergido como otra asociación de la revancha.
Decía Warren Buffet allá por la crisis de 2008 que "hay una lucha de clases, pero es mi clase, la clase de los ricos, la que está librando esta guerra. Y la estamos ganando". Hacia 2023, la clase de los ricos en el ámbito digital, que cada vez más es la clase de los ricos sin más, fue consciente de que podía empezar a perder la guerra. Lo relata Anu Bradford en Digital Empires. La visión de la gobernanza digital de la Unión Europea empezaba a calar entre la élite política estadounidense, abriéndose paso la intervención regulatoria como un elemento imprescindible para garantizar los derechos del mundo físico a la esfera digital. Se investigaba a redes sociales en Congreso y Senado por la falta de moderación de contenidos, tanto en ámbito político como personal. El movimiento neobrandeista tomaba las instancias del Departamento de Justicia y la Federal Trade Commission (FTC) iniciando investigaciones antimonopolio, respectivamente, contra Google y Amazon.
Desde la perspectiva de la revancha, es fácil entender la involución de Silicon Valley hacia posiciones trumpistas. Primero, el fichaje de Elon Musk como futuro asesor presidencial. Después, las alabanzas de Zuckerberg por la actitud de Trump tras el atentado. Finalmente, la orden de “neutralidad” de Bezos a The Washington Post en el sprint final de la campaña electoral que finalizó con Trump asentándose de nuevo en el Despacho Oval. La asistencia de la plana mayor de las grandes tecnológicas a la segunda toma de posesión como presidente del magnate neoyorquino no surgió de la noche a la mañana, es el resultado de un proceso consciente, voluntario y continuado. Una revancha que tiene como coartada ideológica la llamada “ilustración oscura”, puro autoritarismo tecnocrático digital.
Decir élite tecnológica era a finales de 2024 equivalente a decir poder económico. El 31 de diciembre de 2024, la suma del valor de las diez empresas con mayor capitalización bursátil superó los 20.700 billones de dólares. Entre estas diez empresas, nueve eran de carácter tecnológico —Apple, Nvidia, Microsoft, Alphabet, Amazon, Meta, Tesla, Broadcom y TSMC— y la suma de su valor alcanzaba los 19.700 billones. La cifra es equivalente al 95,39% del PIB de la UE y 72,43% del PIB de EEUU. Considerando el crecimiento económico moderado que prevé Naciones Unidas para la UE y EEUU en el año 2025, respectivamente, 1,3% y 1,9%, el sorpasso del poder económico de las naciones por el poder económico corporativo de las grandes tecnológicas se presumía cercano. Y así ha empezado el asalto al poder político. Ya no se trata sólo de influir sino de estar en la mesa donde se toman las decisiones. Incluso han tenido un representante —Elon Musk— sentado en las reuniones del Ejecutivo trumpista.
Un asalto al poder no ha requerido nunca de grandes grupos, una élite decidida es más que suficiente. No hay mejor descripción de las distintas técnicas para un golpe de Estado que el clásico de Curzio Malaparte. Según la doctrina que construyó el italiano en 1931, la estrategia pasa por concentrar las fuerzas en el punto más delicado del adversario, que en un Estado moderno son los servicios públicos y los medios de comunicación. No es difícil ver las similitudes de esta estrategia con la seguida por los tecno-oligarcas. Por un lado, los pasos seguidos por Musk con la DOGE para desactivar a los servicios públicos estadounidenses. Por otro lado, la súbita eliminación de la moderación de contenidos en EEUU junto con la presión a la UE para que arrumbe en el olvido la Digital Service Act (DSA) eliminando cualquier rendición de cuentas cobre su control sobre la comunicación digital.
¿Es inevitable el triunfo de las grandes tecnológicas en el asalto al poder político? El obstáculo en el camino de una élite para asaltar el poder es siempre el enemigo interior. De nuevo la historia nos da pistas, la noche de los cuchillos largos acabó de un plumazo con las aspiraciones de las SA a fijar el curso político del nazismo. Sin pensar en aquellos baños de sangre, recordemos que el documento Proyecto 2025 —plataforma electoral oficiosa de Donald Trump elaborada por sus seguidores de primera hora— señalaba la necesidad de una mayor regulación de los gigantes digitales. La investigación abierta por la FTC sobre la censura en las plataformas digitales en los últimos años puede tener un final impredecible para los CEO de Silicon Valley. Recordemos que, con la excepción de Musk, los tecno-oligarcas eran responsables de sus empresas el 6 de enero de 2021, y actuaron de un modo u otro limitando la difusión de mensajes de grupos trumpistas tras el asalto al Congreso. La entrevista realizada a Steve Bannon en The New York Times da también pistas de la pugna latente entre los tecno-oligarcas y los trumpistas clásicos.
El auge de las grandes tecnológicas y su creciente influencia política plantean interrogantes sobre el futuro de la democracia en la era digital. En su revancha, están haciendo gala de su capacidad para controlar los servicios públicos y los medios de comunicación digitales apoyándose en la tecnología, en una evocación de las tácticas descritas por Malaparte en su "Técnica del golpe de Estado". Sin embargo, la posibilidad de conflictos internos con el trumpismo primigenio sugieren que el camino hacia la consolidación del poder tecnocrático no está exento de obstáculos. El desenlace de esta pugna por el poder dependerá también, en gran medida, de la capacidad de la sociedad y jueces para comprender y responder a las nuevas dinámicas de la era digital.
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