Opinión
Mamada en la Zarzuela
Por David Torres
Escritor
-Actualizado a
Los límites entre ficción y realidad siempre han sido difusos, pero últimamente casi no hay manera de distinguirlas. En los periódicos -por no hablar de los telediarios- cada vez hay menos diferencia entre la sección de política y la sección de humor, debe de ser por la misma razón que las noticias sobre el PP parecen los capítulos de una novela negra. Conscientes de este equívoco, los profesionales de la comunicación intentan atajarlo ensayando nuevos géneros. En Antena 3 una periodista valenciana salió en una entrevista de incógnito, confesando que, con las señales en catalán, no se aclaraba si podía pasar con el coche o no por el centro de la capital. Luego se la vio hablando perfectamente en catalán ante las cámaras y mucha gente se ha pillado un rebote tremendo cuando en realidad lo único que ha demostrado la pobre chica es que no sabe leer.
El periodismo de ficción encontró un filón inesperado el pasado miércoles en el Teatro de la Zarzuela durante la representación de ¡Cómo está Madriz!, una revisión posmoderna del género de la mano de Paco León. La obra, que mezcla números de El año pasado por agua y La Gran Vía, se articula a través de un viaje en el tiempo en que Paco León se traslada desde el presente hasta finales del siglo XIX, justo en la época en que se iniciaba la construcción de la popular calle madrileña. Hay referencias a Bárcenas, a Rato y a Camps, y una crítica descarada a la mala gestión y a la corrupción política que, durante los últimas décadas, ha dejado la capital endeudada hasta las cejas.
La realidad hizo acto de presencia desde uno de los palcos cuando Gallardón se levantó de su asiento y abandonó ostensiblemente el espectáculo. Siempre ha sido un melómano exigente pero, más que la música, le molestó el realismo de la escena. Hay cosas que es mejor dejarlas en segundo plano, en la oscuridad, en lugar de enseñarlas en público: he ahí la esencia misma de la obscenidad. El Gürtel, la Púnica, las tarjetas black, el saqueo de Caja Madrid y el despilfarro olímpico no casan muy bien con los acordes de Chueca. De un palco surgió el primer grito de protesta y, una vez dada la señal, la claque de descontentos empezó a silbar y a armar jaleo interrumpiendo el trabajo de los actores. La provocación definitiva venía de la butaca de la alcaldesa Manuela Carmena, que había decidido ir a ver la representación.
Fue, una vez más, una perfecta muestra del respeto de la derecha española hacia la cultura, tanto que prefieren no arrimarse a ella ni permitir que se arrime nadie. Es la misma razón por la cual al presidente Mariano no lo ha visto nadie todavía en un teatro, en una ópera, en el estreno de una película o con un libro bajo el brazo: nada más popular que un ejemplar del Marca. Pero por un momento consiguieron que una humilde zarzuela reivindicativa sonara como La consagración de la primavera el día en que la abuchearon en París. Más publicidad no le pueden dar. También se molestaron mucho con una escena donde a un obispo le practica una mamada una profesional en un burdel, cuando todo el mundo sabe que para eso los eclesiásticos suelen utilizar niños. Ahí se les fue un poco la mano con la ficción.
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