Opinión
Manual de vivienda para cafeteros indisciplinados

Por Julen Bollain
Economista
-Actualizado a
Es innegable que España tiene un gravísimo problema de vivienda. Por algo es la preocupación principal de la gran mayoría de la población. Pero, por suerte, el Mago More, nos ha dado la solución. Y no hace falta regular el mercado, ni subir salarios, ni tocar la fiscalidad del capital, ni hablar de herencias. No. Todo es mucho más sencillo. Tan sencillo como dejar de tomar cafés. Durante dos años. Et voilà: quince pisos. Así, sin despeinarse. El milagro inmobiliario explicado en vaso de café para llevar.
La historia es tan enternecedora que se presenta como ejemplo inspirador. Casi moral. No es economía. Es catequesis de una doctrina donde la moraleja no es que el mercado está hecho una mierda, sino que si no llegas es que algo estás haciendo mal. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Y como toda buena fábula neoliberal, convierte un problema estructural en un fallo individual. No eres pobre; eres indisciplinado. No eres precario; eres cafetero.
Pero hagamos números, que siempre son el peor enemigo de los relatos motivacionales. Supongamos que un piso medio cuesta unos 250.000 euros (si te parece exagerado, solo puedo darte la enhorabuena. Hace tiempo que no miras precios). Quince pisos suman 3,75 millones de euros. Si un café cuesta 2 euros, cualquier joven prodigio del ahorro tendría que renunciar a 1.875.000 cafés en dos años. Eso son 2.311 cafés al día. 96 cafés a la hora. 1,6 cafés por minuto. Sin dormir. Durante dos años. Más que una persona, una cafetera industrial con forma humana.
Sería gracioso si el problema fuera exclusivamente que las cuentas no salen. Pero no es un problema de cuentas. El problema es que el objetivo del relato no es explicar la realidad, sino disciplinar conciencias. Este tipo de "emprendimiento" no vende ahorro; vende culpa. La idea no es que te vuelvas rico, sino que, si no lo eres, la responsabilidad recaiga exclusivamente sobre ti. Sobre tus hábitos, sobre tus decisiones, sobre tu café con leche. El sistema, mientras tanto, no solo queda absuelto, sino que queda blindado, convertido en paisaje natural, fuera de toda discusión. Y no lo toques ni lo intentes cambiar, maldito comunista, enemigo de la libertad, de la propiedad privada y del esfuerzo. Como si la libertad tuviera nombre de fondo buitre y el esfuerzo fuera ese capuchino que te prohibieron para poder pagar el alquiler.
Y así, amigos, es como se construye una pedagogía muy eficaz. La vivienda no es un derecho tensionado por la financiarización, sino un premio a la virtud. No hay burbuja alimentada por la especulación y el enriquecimiento de unos pocos, hay vagancia. No hay rentismo, hay falta de mentalidad de tiburón. Y no hay desigualdad estructural, hay gente que pide espresso en lugar de pedir sacrificio.
El relato del café funciona porque simplifica hasta la caricatura. Desaparecen de escena elementos que en ciertos sectores, por lo que sea, molestan. Quién compró cuando era barato, quién heredó, quién tuvo aval familiar, quién se financió al 1% o quién convirtió un salario normal en patrimonio gracias a rentas acumuladas. Y, como todo eso es incómodo, hay quien desde su privilegiada atalaya lo sustituye por una historia de autosuperación que cabe en un titular y no cuestiona nada. Porque si cuestionamos, claro, quizá nuestros privilegios se tambaleen.
Mientras tanto, los datos siguen ahí, estropeando la fiesta. En España, el acceso a la vivienda lleva décadas deteriorándose porque los precios de la vivienda han incrementado muchísimo más que las subidas de los salarios. La emancipación ya ronda los 30 años de media. 4 de cada 10 personas inquilinas destinan más del 40% de sus ingresos a pagar el alquiler. Y la propiedad depende cada vez más del punto de partida. Pero nada de eso entra en la narrativa del café, porque nada de eso sirve para señalar al culpable adecuado: tú.
Por eso estos discursos son tan útiles políticamente. Porque no piden reformas, piden arrepentimiento. Porque no exigen políticas públicas, exigen actitud. Y, sobre todo, porque desactivan cualquier conflicto social. Si el problema es tu café, no hay nada que discutir colectivamente. Solo queda apretarse el cinturón y, si no llegas, sentirse mal por no apretarlo lo suficiente.
La próxima vez que alguien te explique la crisis de la vivienda con un café, devuélvele la metáfora con una pregunta que sea menos titular sensacionalista y más realidad. ¿Cuántos cafés equivalen a un alquiler que no deja de subir? ¿Cuántos a un sueldo que no alcanza, a contratos que caducan antes que un yogur, a una entrada imposible? ¿Cuántos a competir con quien compra para invertir y no para vivir? Spoiler: no es que te tomes muchos cafés. Es que hay gente que es dueña de la cafetera. Y también del bar. Y, a decir verdad, del edificio entero. Y tú, como siempre, pagando la ronda. Tu café con leche y los cubatas de los demás.
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