Opinión
Mariano y la prensa
Por David Torres
Escritor
Cuando estaba en la oposición, intentando sacar la plaza de presidente del gobierno, Mariano hacía los deberes leyendo el Marca. Hay quien sostiene que esto es una exageración, que Mariano, más que leer, se conformaba con ojear las fotos. En cualquier caso, el estudio de la prensa deportiva, y especialmente las estrategias de Luis Aragonés, le acabaron reportando una sonada victoria en las urnas. El Sabio de Hortaleza le enseñó que había pasado el tiempo de las grandes figuras y que, para vencer, nada mejor que amontonar una tropa de enanos en el medio del campo. No en vano, era lo mismo que había hecho Zapatero, que por algo llevaba siete años gobernando.
En los dos años y pico que lleva al frente del naufragio, Mariano le ha dado a la prensa el tratamiento que los latin-lover solían dar a las amantes despechadas: mucho olvido y un par de hostias bien dadas. Este método, probablemente copiado de Mourinho, no le fue demasiado bien en su relación con los medios; incluso ciertos periódicos y televisiones afines empezaron a quejarse cuando él creía que iban a echarse a sus pies como perrillos en busca de caricias. El maltrato a los medios se transformó en un hábito al que los periodistas ya se han acostumbrado, del mismo modo que esas señoras que aguantan en silencio los primeros bofetones.
Porque lo de Mariano con la prensa no es un romance fallido, ni un idilio echado a perder, ni siquiera una desavenencia: es un matrimonio católico, apostólico e hispano en el que el cura le susurra a la esposa que aguante, que no se queje, que al final merecerá la pena. Una vez leí, con estupor no exento de vergüenza, uno de esos azulejos ibéricos donde aconsejaban a la mujer ser fiel al marido incluso en las peores circunstancias. Eran diez mandamientos a cual más cavernícola pero el último de ellos rezumaba una lucidez implacable: “No te preocupes si tu marido no te desea como el primer día. ¿Cómo se puede desear lo que ya se posee?”
Primero fueron las ruedas de prensa sin preguntas, una costumbre a la que los periodistas se resignaron porque a veces todavía daban galletas y café con leche. Luego cambiaron las ruedas de prensa por ruedas de molino, que no eran precisamente donuts que uno pudiera mojar en el café para poder tragarlas. Al final ya no había ni café y Mariano inauguró la primera videoconferencia a tres metros de distancia, encerrado en una habitación como si la barba fuese una enfermedad de transmisión capilar. Ni siquiera tuvo el detalle de encender un puro a través de la pantalla de plasma y largar el discurso en volutas de humo para jugar al menos con la coartada sanitaria. Cabría achacar la reciente decapitación de los tres directores de los rotativos más influyentes de la prensa patria únicamente a razones monetarias, pero no hay que olvidar que poco antes o poco después De Guindos resumió la postura del gobierno ante las preguntas incómodas en un imperativo franco y explícito: “A tomar por culo”. Es otra vieja lección aprendida del Marca: cambiar de entrenador cuando vienen mal dadas.
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