Opinión
Maricarmen vuelve a casa y nada volverá a ser lo mismo

Por Sindicato de Inquilinas de Madrid
-Actualizado a
Maricarmen va a volver a su casa. Hace apenas unos días esta frase habría parecido una ingenuidad, quizá incluso una crueldad. La habíamos visto salir en camilla del piso en el que había vivido durante más de setenta años, después de un despliegue policial que consiguió finalmente ejecutar aquello que durante tanto tiempo habíamos intentado evitar. La cerradura había cambiado, el desahucio se había producido y todo el aparato institucional que acompaña estos procesos parecía haber pronunciado su última palabra. Habíamos llegado al final del recorrido, a ese punto en el que tantas veces se nos dice que ya no queda nada que hacer. Pero Maricarmen va a volver.
Conviene detenerse un momento ahí, porque en estos días todo está ocurriendo tan rápido que corremos el riesgo de pasar de una cosa a otra sin entender siquiera la dimensión de lo que hemos conseguido. Después de años de cartas, procedimientos judiciales, incertidumbre y miedo, después de varios intentos de desahucio y después, incluso, de que ese desahucio llegara finalmente a ejecutarse, Maricarmen volverá a cruzar la puerta de su casa con un alquiler que no podrá superar el 30% de sus ingresos y una serie de mejoras en una vivienda cuyas deficiencias llevaba demasiado tiempo soportando.
No ha ocurrido porque de repente apareciera una solución técnica que antes nadie hubiera sabido encontrar, ni porque quienes habían decidido expulsarla descubrieran súbitamente la injusticia de lo que estaba pasando. Entre el momento en que Maricarmen salió de su casa en camilla y el momento en que se alcanzó el acuerdo ocurrió otra cosa: cientos de personas habían puesto el cuerpo en su desahucio, miles habían salido después a las calles, la Puerta del Sol se había llenado de gente que quería hacer algo y un caso que durante años había podido ser tratado como un asunto privado entre una arrendataria y una empresa se había convertido en una cuestión política imposible de ignorar. Todo eso entró con nosotras en la sala de negociación.
Al principio Urbagestión no quería que el Sindicato de Inquilinas estuviera allí. Maricarmen y nosotras teníamos claro que no íbamos a aceptar una negociación en esas condiciones. Puede parecer un detalle comparado con todo lo sucedido durante estos días, pero probablemente sea una de las cosas más importantes que han ocurrido. Porque buena parte del poder de los rentistas se sostiene sobre la ficción de que lo que sucede entre quien tiene más casas de las que necesita y quién necesita vivir en ellas es una relación estrictamente individual y que, cuando aparece un problema, cada inquilina debe resolverlo sola.
Sola cuando llega una subida que no puede pagar. Sola cuando recibe una carta diciéndole que su contrato termina. Sola frente a la inmobiliaria, frente a los abogados de la propiedad y, llegado el caso, frente a un procedimiento judicial. Nos parece normal que una trabajadora no tenga que sentarse sola a negociar con su empresa, pero durante demasiado tiempo hemos asumido que una inquilina sí debe hacerlo frente a una empresa que posee su casa. Nosotras llevamos años diciendo que eso tiene que terminar.
Por eso importaba entrar en aquella sala con la camiseta del Sindicato. No por la camiseta en sí, sino por todo lo que representaba. Quienes estaban sentados al otro lado de la mesa sabían que detrás de las personas que negociaban había cientos que habían intentado parar el desahucio, miles que habían llenado Madrid y muchas otras sosteniendo una movilización que no da señales de querer desaparecer. Nosotras también lo sabíamos, y esa sensación cambia por completo una negociación.
Hay momentos en los que palabras que repetimos continuamente dejan de ser conceptos abstractos y adquieren una forma muy concreta. “Poder popular” puede sonar grandilocuente hasta que una se sienta a una mesa y descubre que puede negociar de otra manera porque hay miles de personas detrás. Entonces significa algo muy sencillo: tener suficiente fuerza colectiva como para que quien normalmente puede ignorarte tenga que escucharte. Eso es lo que ocurrió allí y, por eso, la vuelta de Maricarmen importa mucho más allá de Maricarmen.
Durante años nos han enseñado que el proceso de perder una vivienda avanza en una única dirección. Primero llega el burofax, después las llamadas, los abogados, la demanda, el juicio. Más tarde aparece una fecha en un papel y, si todavía te quedan fuerzas y logras no tirar la toalla, un día llegan los furgones de Policía para, finalmente, sacarte de casa. Ahí se supone que todo ha terminado y, sí, puedes protestar por lo sucedido, quizás denunciar la injusticia, pero la realidad ya se ha impuesto. Esta vez hemos conseguido caminar en sentido contrario.
Hemos logrado que una mujer expulsada de su vivienda pueda regresar a ella. Evidentemente eso no significa que cualquier desahucio pueda revertirse simplemente acumulando voluntad o indignación, pero demuestra que las relaciones de fuerza importan y que algunas de las cosas que se nos presentan como inevitables dejan de serlo cuando somos capaces de construir suficiente poder para disputarlas.
Hay una escena de estos días que probablemente recordaremos durante mucho tiempo. Cuando le comunicaron a Maricarmen que existía un acuerdo para que pudiera volver a casa, después de todo lo que había pasado y mientras seguía recuperándose en el hospital, una de sus primeras preguntas fue qué iba a ocurrir con las demás. Qué pasaba con el decreto, que había que seguir luchando, que la movilización continuara.
Tiene algo de extraordinario y, al mismo tiempo, resume perfectamente por qué estamos aquí. Después de siete años peleando por conservar su propia casa, en el momento en que finalmente sabe que podrá recuperarla, Maricarmen sigue pensando en quienes todavía pueden perder la suya. Por eso, queremos celebrar su regreso como merece. Queremos verla volver a atravesar ese portal acompañada por quienes han peleado a su lado y queremos disfrutar, aunque sea por unas horas, de una victoria que nos ha costado muchísimo. Necesitamos también aprender a celebrar, porque ningún movimiento puede sostenerse solamente sobre derrotas, urgencias y sacrificios.
Pero después habrá que continuar. Habrá que volver a los barrios y a los bloques, hablar con las vecinas que todavía piensan que el problema de su alquiler es únicamente suyo, organizar nuevos conflictos, fortalecer los sindicatos y conectar la pelea por la vivienda con las demás luchas que determinan nuestras condiciones de vida. Habrá que conseguir que la enorme energía que ha aparecido durante estos días no dependa eternamente de una acampada, de una plaza o de un caso excepcional, sino que eche raíces.
Quizá esa sea la verdadera medida de lo que ha ocurrido. Hace una semana, la historia parecía haber terminado con una mujer de 87 años saliendo en camilla de su casa mientras la Policía ejecutaba su desahucio. Hoy sabemos que Maricarmen va a volver y que nada volverá a ser como antes.
No hemos solucionado la crisis de vivienda, no hemos conseguido todavía buena parte de aquello por lo que llevamos años peleando y no sabemos hasta dónde podremos llegar. Pero sí sabemos algo que antes era mucho más difícil demostrar. Que cuando nos organizamos, la realidad se mueve. Y una vez has comprobado eso con tus propios ojos, es mucho más difícil volver a aceptar que las cosas son así porque no pueden ser de otra manera.
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