Opinión
El mayor misterio de la humanidad

Por Israel Merino
Reportero y columnista en Cultura, Política, Nacional y Opinión.
-Actualizado a
Cuenta el mito que San Agustín de Hipona, autor de las Confesiones, paseaba por un playa de la actual Argelia mientras reflexionaba sobre Dios y el misterio inconmensurable de su Trinidad – uno y tres, ya sabéis: no finjáis pellas en catequesis –, cuando se encontró a un niño tratando de traspasar el mar con una concha hacia un agujero de la playa, resultando que la porosidad de la arena se tragara el agua y empujara al crío, como en una especie de sueño de Sísifo medieval, a hacer infinitos viajes.
Agustín, con la sonrisa descascarillada por sus dientes acabados en pico, se acercó al chavalito y le soltó con soberbia que su trabajo era inútil y nunca podría llenar el agujero, a lo que el crío le respondió con una voz precisa que la afirmación era cierta, pero que aun así se llenaría antes de que él pudiera aproximarse siquiera a comprender el misterio de la Trinidad. El mito, que en algunas versiones anuncia al crío como un ángel, viene a decirnos que el trino divino es incomprensible por los hombres y que ni San Agustín ni Santo Tomás de Aquino, incapaz un par de siglos después de concluir su Summa Teológica con una respuesta concisa, podrían desentrañar jamás el misterio; el mayor de toda la historia de la humanidad, dirían los católicos.
O el segundo, porque aquí en España suceden cosas que escapan a la compresión de la Iglesia y hasta del mismísimo PSOE. El último, que viene rellenando los postines de filósofos repeinados y caraduras quinceemescos que todavía fingen precariedad en sus columnas, tiene que ver con el auge de Vox en las nuevas generaciones; su ascenso entre los nuevos votantes se analiza como una cosa descarada aunque encortinada tras el humo denso de un váper de melón; nadie sabe exactamente por qué pasa, pero pasa, que diría sobre la lluvia Mariano Rajoy, el Santo Tomás de Pontevedra.
Los preceptos – politólogos – se baten durante eternos concilios – tertulias políticas – en la hermenéutica de los nuevos textos sagrados – los barómetros del CIS y las encuestas de los institutos de demoscopia – en busca de alguna conclusión colegiada sobre el ascenso oficiosamente imparable del partido trumpista, cipayo y sionista español; algunos consiguen aproximarse cuales agustinianos de paseo por Gandía, pero la esencia del mito acaba desarmándolos porque, jolines, nadie puede siquiera oler en el fondo de esta cuestión: solo el Espíritu Santo puede iluminarnos con su enjuta.
Una hora antes de escribir esta herética encíclica, Pedro Sánchez ha anunciado en rueda de prensa que bonificará el 100% del IRPF a los propietarios de vivienda en alquiler que mantengan los descarados e injustificables precios actuales; es decir, ha comunicado a los sujetos de nuestro misterio de hoy que sus caseros recibirán exentos de polvo y paja los mil y pico machacantes extraídos por el piso ruinoso que mal habitan a quince kilómetros del centro de la ciudad.
Qué misterio tan misterioso, ¿eh? Nadie se explica el cinismo de los jóvenes con el Gobierno; qué estará pasando para que dos generaciones, formadas en su mayoría por inquilinos, estén tan, tan cabreadas con la ideología que encarna el partido en el poder.
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