Opinión
Me encanta el olor a gas lacrimógeno por la mañana

Por Sato Díaz
Coordinador de Política.
-Actualizado a
Me encanta el olor a gas lacrimógeno por la mañana. Este viernes, varios centenares de personas en Madrid se pudieron despertar pensando esta frase. La concentración convocada a las 19 horas del jueves frente al Ministerio de Exteriores, en la Plaza de la Provincia, para repulsar la interceptación por parte del Ejército israelí a los barcos de la Flotilla a Gaza, se convirtió en manifestación, se desplazó hasta el Congreso y en la Plaza de Neptuno se leyó el manifiesto. Poco después los antidisturbios cargaron para disolver la marcha y, sin dudarlo, lanzaron botes que esparcieron gas lacrimógeno.
El clorobenzilideno malononitrilo y la cloroacetofenona, los nombres científicos de los gases que suelen utilizar los cuerpos policiales para dispersar multitudes, producen de forma repentina irritación ocular, también en la garganta y en las vías respiratorias, y erosionan la piel. Sobre las 22 horas del viernes, en la intersección entre la madrileña plaza de Jesús y la calle Cervantes, la gente lloraba y no era por devoción al Cristo de Medinaceli que descansaba plácidamente en su basílica. Una metáfora barata diría que el pueblo de Madrid lloraba por Palestina, en última instancia no le faltaría razón.
También en las protestas que pararon en Madrid la última etapa de La Vuelta ciclista a España, los antidisturbios usaron gas para disolverlas. Un experimentado manifestante, de esos que recuerdan con nostalgia el periodo posterior al 15M y anterior a la irrupción de Podemos en las instituciones, años en los que en el centro de Madrid florecían las manifestaciones como setas, defendía la noche del jueves en la cervecería Cervantes que ahora los antidisturbios de la Policía Nacional prefieren el gas. Como el bar tuvo que cerrar las puertas para evitar que el corrosivo olor llegara al interior, hubo tertulia durante un rato. Otro de los allí presentes defendía: "Puestos a reprimir... ¡Mejor el gas este que las porras! Esto dura diez minutos de sufrimiento, un porrazo, mucho más".
Evidentemente, la frase que titula este artículo hace referencia a la película Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979). En ella, el director sitúa en la Guerra de Vietnam la novela de Joseph Conrad En el corazón de las tinieblas, y realiza el paralelismo de que el viaje que realiza el protagonista, el capitán Benjamin Willard, al interior de la selva indochina, navegando río adentro, es en realidad una expedición hacia lo más oscuro del ser humano: la locura, que en tiempos de guerra se multiplica. "Me encanta el olor a napalm por la mañana", dice el teniente coronel Bill Kilgore tras un ataque aéreo con napalm sobre un poblado vietnamita. El olor a napalm suponía, para este soldado norteamericano del film de Coppola, un signo de victoria.
No hay evidencias del uso de napalm en los dos años de barbarie genocida que Israel ejecuta contra el pueblo palestino. Sí que hay denuncias creíbles, así lo atestigua la organización Human Rights Watch, de que el ejército sionista haya lanzado fósforo blanco en algunos de sus ataques, otro peligrosísimo material incendiario de guerra. Ambos, napalm y fósforo blanco, producen gravísimas quemaduras en los cuerpos, pues adhieren el fuego a la piel. El fósforo blanco no está totalmenteprohibido por el Protocolo III de la Convención sobre Ciertas Armas Convencionales de 1980, pero sí su uso contra civiles. Se restringe a actuaciones como crear cortinas de humo durante la contienda o iluminar el campo de batalla, por la característica blancura y claridad que generan.
Donde sí que se usó napalm fue en la guerra de ocupación de Marruecos sobre el Sáhara Occidental de 1975 a 1991, según ha llegado a referenciar hasta la propia Audiencia Nacional española. Tras la Marcha Verde y la entrega ilegal de la exprovincia española a Marruecos por parte de España hace ahora 50 años, Marruecos, Mauritania y el Frente Polisario mantuvieron una guerra hasta la firma del alto el fuego de 1991 donde se recogía que se realizaría un referéndum para que la población saharaui decidiera su futuro político, bien integrado en Marruecos o la independencia. La consulta todavía no se ha realizado.
El conflicto del Sáhara todavía está lejos de solucionarse, pero cada vez su evolución se aleja más de la línea marcada por el derecho internacional y las resoluciones de Naciones Unidas y otros organismos. El reconocimiento por varios Estados (Estados Unidos, Francia, España...) de que la solución más fiable es la integración del Sáhara Occidental en Marruecos, la ausencia de un mecanismo internacional que vele por el respeto de los derechos humanos de la población saharaui en los territorios ocupados o el expolio sistemático de los recursos naturales y económicos de la excolonia española demuestran que la multipolaridad es cada vez menos el terreno donde se dilucida el futuro del mundo. Que el dinero puede más que la razón.
Esta semana, la Comisión Europea daba luz verde a un nuevo intento de sortear la propia justicia europea para incluir en el próximo acuerdo comercial con Marruecos también el intercambio de productos del Sáhara Occidental. En 2024, el TJUE ya se manifestó en el sentido de reconocer que el Sáhara y Marruecos son dos sujetos independientes, que el comercio con bienes y productos del Sáhara debe incluir un beneficio para la población saharaui y que el Frente Polisario es el actor reconocido como legítimo representante del esta población. Un año después, el trilerismo de la UE, con grandes problemas para salir al comercio internacional tras la imposición de la política arancelaria de Donald Trump y la incapacidad de mantener una relación sana con China, hace que intente burlar sus propias sentencias para obtener rédito económico de un nuevo acuerdo con Marruecos. La UE se sitúa, de nuevo, lejos de la senda del derecho internacional en el conflicto del Sáhara.
También esta semana sellaban un supuesto plan de paz para Palestina el presidente de Estados Unidos Donald Trump y el israelí Benjamin Netanyahu. Más allá de que las organizaciones palestinas (Autoridad Palestina y Hamás) hayan abierto la puerta a negociarlo, es evidente que el acuerdo de por sí obvia la legalidad internacional, el derecho a la autodeterminación del pueblo palestino, víctima de una ocupación colonial en pleno siglo XXI, y deja a la ONU y a los espacios de negociación multilateral fuera de juego. Dos años de genocidio después y con 65.000 asesinados sobre la mesa (aunque la mortalidad podría ser hasta diez veces superior, según la relatora de la ONU Francesca Albanese) la víctima se ve obligada a asumir por la fuerza un acuerdo que está hecho a medida de la potencia ocupante.
Visto está que nuestros gobiernos occidentales no son capaces de emprender un camino que ponga el derecho internacional y los derechos humanos en el centro para solucionar los conflictos. Es el momento de que la ciudadanía tome la palabra. Es emocionante contemplar la valentía de los centenares de personas que han viajado en barcos hasta cerca de las costas palestinas para abrir un corredor humanitario, y que ahora siguen detenidas ilegalmente por Israel. También la infinidad de manifestaciones que se celebran a lo largo y ancho de todo el planeta para condenar el genocidio que sistematiza Netanyahu contra el pueblo palestino.
Si ahora reprimen con gas lacrimógeno, me encanta el olor a gas lacrimógeno por la mañana.
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