Opinión
Me gusta mi cuerpo, orgullosa lo digo

Periodista y escritora
Me coloco ante el espejo. En pelotas. Tengo 58 años y los aparento. Me pregunto qué significa aparentar 58 años. Qué significa hoy y qué significaba en tiempos de mi abuela. Ante el espejo del baño siempre empiezo por el vientre. Me coloco ahí, con vaho, y dejo los ojos fijos en el punto donde está la tripa. Sé que el vaho acabará yéndose y aparecerá la carne.
La domesticación en favor del vientre plano es la principal, la que viene de cuando niñas. No tengo el vientre plano. Ni muchísimo menos ni puñeteras ganas. Tengo mis redondeces y me gustan. Me gustan las redondeces de todas las mujeres que veo. Me gustan también sin redondeces, de vientre plano. Me gustan las mujeres.
Mi hija me riñe cuando hablo del cuerpo de otras personas. Hoy no me podrá reñir, este es el mío.
Del vientre paso a las tetas, que son otra de las domas de largo aliento. También me gustan mis tetas. Cuando era chavala, me gustaban tan poco que llegaba a follar con el sujetador puesto, el brazo o la almohada sobre el pecho. Qué mal se folla con complejos. ¿Quién no los tiene? No recuerdo si era una cuestión de tamaño, peso, forma de areola y pezón o su color. Todo a la vez. Ninguna teta, en mi primera juventud, era la buena teta. Crecí con los “pechitos de manzana” de la Joaquina de Gil de Biedma, que era la de Marsé, y los de Marisol en Interviú. Después llegaron las cirugías, las tumefacciones y todo fue confuso. Lo único claro: ninguna teta es la teta correcta.
Ante el espejo, mis pechos me parecen estupendos. Y la pregunta: ¿por qué no iban a serlo?
El cuello y los brazos son asuntos nuevos. A los 45 años aparece el cuello. Los brazos, a los 50. La mirada del miserable está ahí desde siempre. En las vídeollamadas veo mi cuello en la pantalla, junto a los otros tres o cuatro cuellos que comparten reunión. Se me va la cabeza, me ausento y en cada arruga veo una vida, un amante, un escalofrío. Madre mía el cuello, Nora Efron, madre mía los brazos.
Eso pienso. Después me pregunto de quién es la mirada. Quién fabrica los miles de fulares y camisetas de cuellos alto. En una corsetería del norte me ofrecieron un bañador “de cuello cisne”.
Me gustan los cuellos de las mujeres jóvenes, de las mujeres madres, de las mujeres maduras, de todas las mujeres. Me gustan sus brazos. En cada cuello, veinte vidas. En cada brazo, quinientas hostias sin atizar.
Me gusta mi pelo sin peso, mi cara con años, mis piernas cansadas, mis manos de piel de papel. Me gusta mi coño, me gusta mi culo, mis hombros, mi espalda, mis tobillos y el dedo gordo de cada pie. Me gusta todo lo vivido en mi cuerpo y todo lo que le (nos) queda por vivir. Todo momento es mi momento. Orgullosa lo digo.
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