Opinión
Me largué de Madrid para poder respirar y soñar

Periodista y escritora
Fueron muchas las razones que me llevaron a largarme de Madrid hace un par de años definitivamente. La ciudad es nuestro primer gran ámbito político, superados cuerpo y familia (sea la que sea). Es ahí donde se experimenta con la idea bienestar y, sobre todo, con las opresiones y violencias. En Madrid, siempre un poco más, a ver hasta dónde aguanta la población, qué cantidad de sadismo es capaz de asumir. Las ciudades, el ámbito local, son los primeros territorios que modifican la convivencia. Después, en España, están los gobiernos autonómicos y, por fin, el Gobierno central. Pero la política en las ciudades, lo que ahí permitimos que suceda o frenamos, acabará definiendo nuestro esbozo de convivencia.
Madrid es una ciudad cruel y hostil para toda aquella persona que no sea rica o riquísima, joven o jovencísima, blanca o blanquísima. Me lo rebaten contándome no sé qué zarandajas sobre la diversión, el ocio y una concepción rancia del cosmopolitismo. Pamplinas. Enormes capas de población van siendo desplazadas hacia las secas periferias a medida que la vivienda se convierte en un sueño inalcanzable. Las extremas derechas ocupan las calles y los gimnasios donde jóvenes ultras musculan el caralsol que entonarán por la noche con su gramo de farlopa en el bolsillo. El racismo institucional y policial cepilla los barrios, las bocas de metro, los parques con sombra. Las universidades públicas tiritan en los huesos. El silencio, la falta de respuesta general contra los atropellos institucionales huele a derrota.
Hace tres o cuatro años me senté a comer frente a uno de los hombres que más manda en Madrid, a lo bestia. De pasada, por contar algo que no resultara siniestro, hablé sobre la orquesta que toca en el corto tramo de la calle Alcalá que va de Sol al metro de Sevilla, donde el Hotel Four Seasons y la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. El tipo me miró como si yo viniera de otro mundo y fuera un poco boba. “No tengo ni idea de lo que me hablas”, dijo. Después me explicó que hacía ya mucho tiempo que no pisaba la ciudad de Madrid, que se había trasladado a vivir a Pozuelo o Majadahonda, no recuerdo. Pensé que de él y su equipo depende la vida de quienes sí se quedan.
En Madrid se juntan los malos gobiernos de la ciudad y la comunidad autónoma, se entrecruzan y se confunden. José Luis Martínez Almeida e Isabel Díaz Ayuso son parte de la misma podredumbre en la capital del reino.
Me dice una amiga catalana que quien tendría que independizarse es la Comunidad Autónoma de Madrid y dejar en paz al resto de España. Tarde, me temo. El experimento que se ha llevado a cabo en la capital se extiende como el petróleo vertido en altamar. Todo lo infecta, todo lo arrasa.
Pero me fui de Madrid y cada día lo celebro. He recuperado la ilusión —imposible allí— de que otra forma de vivir es posible. Frente a la abrumadora presencia de las derechas extremas y su sadismo político, frente a la claudicación ante su avance brutal, sé que hay espacio para respirar. Y no es que me haya mudado a un pueblo con riachuelo, vivo en una ciudad grande. Me ha bastado con plantarme, embalar y admitir que me estaba ahogando entre seres violentos y seres callados.
De la misma manera que la dictadura del sadismo que ahora avanza y crece —pienso en Andalucía— empezó a solidificarse en ciudades como Madrid, será en las ciudades donde prospere su contrario. Pienso en el municipalismo libertario y las corrientes republicanas federales de los siglos XIX y XX, en las elecciones municipales de abril del 31, que hicieron posible la II República. Pienso que, si algo podemos imaginar y después modificar, será desde lo local. Pienso que a Donald Trump le escuece el Nueva York de Zohran Mamdani.
Me largué de Madrid hace un tiempo definitivamente por muchas razones. La principal es que ahí me resultaba imposible respirar, me asfixiaba en violencias. Si una no respira, soñar es imposible.
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