Opinión
Me llamo Cristina y aquí van algunos datos sobre mí

Periodista y escritora
Me llamo Cristina Fallarás Sánchez, tengo una hija de 17 años y un hijo de 23. Nos queremos mucho alrededor de la mesa de la cocina, un mueble viejo de madera gastada que heredé de mi madre y ella, de la suya. Adoro a mi hermana y mi sobrino. Y a mi madre, la inagotable matriarca. Somos familia de núcleo pequeño y apiñado.
Yo cocino habitualmente. Mi mujer come embelesada lo que sirvo a la mesa como si asistiera al milagro doméstico de cada día. Tengo una violencia que me viene de la infancia y que, en las noches insomnes vuelco en collages que después rompo. Un día perdí la música y sigo buscándola. Me la robó un hombre malo a base de burlarse de mis gustos. Es lo más suave que me hizo.
Cuando voy a mercado y me detengo ante los ojos de las merluzas, no me acuerdo de que vivo amenazada de muerte. Cuando nos sentamos a ver una serie entera, horas y horas de domingo, tampoco. Una noche sentí el peso de la muerte sobre mí y me desperté sobresaltada en el suelo, junto a la cama. Recité a Emily Dikinson: Morir —lleva muy poco tiempo—/ Se dice que no duele—…”. Después, seguí durmiendo porque lo que no duele no me asusta. Son trucos que una tiene.
En los años 90 y 2000 fui muy periodista. En los años 10 de este siglo, muy escritora y también desahuciada. Ahora vivo escuchando la voz de las mujeres violentadas, sin dejar de escribir pero de otra manera. Ya no tengo ese miedo que me paralizaba en algunos actos públicos. Ahora sé que todas estamos ahí, dentro de una herida. Acompañada de tantas, los terrores de entonces son una especie de fiesta de voces, colectiva.
Lo más difícil que he hecho en mi vida, y mira que tengo una lista inmensa, ha sido la maternidad. Ser madre, masticar a diario la culpa, alimentar a mis criaturas cotidianamente sin ese veneno con cositas ricas, y hacerlo sola. A lo mejor por eso pienso en la vejez con unas ganas felices decoradas de farolillos. Anhelo ese momento y sueño con tener un perro grande.
Tengo claro que hablo desde el privilegio de esta blanquitud rica y europea, pero no por eso callo. Hay que encontrar el acomodo de las voces. Sigo trabajando en ello. Este escrito consiste en un intento de humanizarme contra aquellos que quieren hacernos daño, las gentes que vuelven a volcar su odio contra mí, contra nosotras. Quienes nos amenazan sin tregua.
Pienso también en todas las personas que están ahora regularizando sus papeles y en cómo gran parte de la población rechaza tal medida. Ojalá tengan espacio donde describir sus vidas y sus sueños, sus miedos y alegrías, las mañanas de mercado y las ollas en la cocina, el divino aroma de sus bebés. Ojalá lo hubiera hecho también el Gobierno de España antes de lanzar la regularización. Una campaña habría sido de gran ayuda. Son madres, hijos, padres, hijas, mujeres y hombres con vidas que deberíamos conocer.
La extrema derecha va instaurando sus abstracciones violentas. Tenemos la obligación de combatirlas a base de relatos de vida. Es la mejor manera de desarmar su tosco avance arrasador.
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