Opinión
La mejor respuesta a Trump es prohibir las armas nucleares

Por Pablo Castaño
Periodista y profesor de Ciencia Política en la UAB
El martes nos fuimos a dormir con la duda de si Donald Trump lanzaría una bomba atómica contra Irán. Se dice pronto. Su amenaza apocalíptica (“Una civilización entera morirá esta noche”) nos recordó de golpe un riesgo nuclear que se ha multiplicado en los últimos años, sin que la reacción de Europa esté a la altura del peligro. Afortunadamente, otros Estados sí han dado pasos hacia un mundo libre de armas atómicas, con el Tratado de Prohibición de Armas Nucleares de 2021, que España no ha ratificado.
Desde 2022 se habla de la posibilidad de que Vladimir Putin utilice un arma nuclear ‘táctica’ (de corto alcance) en Ucrania y el mundo contuvo el aliento ante los ataques en la zona de la central de Zaporiyia. El Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) señaló una situación sin precedentes: “Es la primera vez que ocurre un conflicto militar en en medio de las instalaciones de un gran programa de energía nuclear establecido”.
El riesgo atómico también viene de Israel, cuyo arsenal secreto está fuera del control del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) porque Tel Aviv no lo ha ratificado. El expansionismo del gobierno de Benjamin Netanyahu, que ha desatado un genocidio a Gaza, ha multiplicado la anexión de territorios palestinos en Cisjordania y ha atacado cinco Estados soberanos (Líbano, Irán, Yemen, Siria y Catar), impiden descartar que acabe recurriendo al arma nuclear. Israel ya estuvo cerca de utilizarla contra sus vecinos árabes en 1967 y 1973. Tampoco han ratificado el TNP Corea del Norte, Pakistán ni India, que en 2025 estuvieron al borde de la guerra.
En el mundo hay nueve Estados con armas atómicas. Entre todos poseen algo más de 13.000 cabezas nucleares, de las cuales 3.800 están desplegadas, según el Stockholm Internacional Peace Research Institute (SIPRI). Un número muy inferior al máximo de los años 80, cuando llegó a haber más de 60.000. Con el fin de la Guerra Fría, Estados Unidos y Rusia firmaron distintos tratados de desarme, que consiguieron una reducción significativa del número total de armas atómicas.
Sin embargo, el ritmo de desactivación de cabezas nucleares se ha ralentizado y tanto EEUU como Rusia han incrementado el número de misiles desplegados. Además, en febrero expiró el New START, el único acuerdo que estaba vigente entre los dos países para reducir sus arsenales. Como Trump rechazó la oferta de Putin de prorrogarlo un año, por primera vez en décadas no está en vigor ningún acuerdo de este tipo entre ambas potencias, que poseen cerca del 90% de las armas atómicas del planeta.
Sí está vigente el Tratado de No Proliferación Nuclear, que intenta limitar el número de Estados que adquieren este armamento de destrucción masiva. Desde su entrada en vigor, en 1970, solo lo han conseguido cuatro: India, Pakistán, Israel y Corea del Norte. Según el director del OIEA, Rafael Grossi, si se debilita el régimen de no proliferación, el mundo podría pasar a tener “25 o 30” países con armas atómicas, multiplicando exponencialmente el riesgo de un ataque nuclear.
Vale la pena destacar el éxito relativo del TNP y los acuerdos entre EEUU y Rusia, en un momento en que el sistema de Naciones Unidas está bajo el ataque directo de Washington y algunos confunden realismo con cinismo. La postura más realista frente al imperialismo agresivo de Trump, Putin y Netanyahu no es entregarse a su ley del más fuerte – como defendió Ursula Von der Leyen y han hecho en la práctica diversos líderes europeos – sino hacerles frente con los instrumentos disponibles, y Naciones Unidas es uno de ellos.
Menos conocido que el Tratado de No Proliferación es el Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares, aprobado por la Asamblea General de la ONU en 2017. El Tratado, que persigue avanzar hacia la eliminación total de las armas nucleares, ya ha sido ratificado por 74 Estados. Entre ellos, solo hay cinco países europeos (Austria, Irlanda, Malta, San Marino y Liechtenstein), ninguno de los cuales es miembro de la OTAN. Ahora que el paraguas nuclear de Washington ha dejado de existir en la práctica, se tambalean los argumentos que llevaron al gobierno de Pedro Sánchez a no ratificar el tratado, pese al apoyo de 9 de cada 10 ciudadanos.
Los realistas más cínicos considerarán que el acuerdo es inútil, ya que no lo han suscrito las potencias nucleares. Sin embargo, la prohibición internacional de las armas químicas y bacteriológicas, las minas antipersona o las bombas de racimo fue un paso importante para su estigmatización y redujo drásticamente su uso. Por ejemplo, se ha verificado la destrucción del 100% de las armas químicas declaradas por los Estados y su uso ha pasado de ser generalizado en la Primera Guerra Mundial a muy puntual en la actualidad. Este ejemplo inspiró a decenas de países para impulsar la prohibición global de las armas nucleares, que España debería apoyar, como han exigido decenas de entidades. Sería la mejor respuesta a un Trump dispuesto a romper los últimos límites de la ley y la moral, insinuando la posibilidad de usar el armamento más destructivo que existe.
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