Opinión
Melody, el Sónar y la presión social

Por Paco Tomás
Periodista y escritor
-Actualizado a
Desde la final del festival de Eurovisión, incluidos los doce puntos del televoto español al Estado genocida de Israel, han pasado dos semanas y docenas de titulares. El punto de vista artístico quedó en un segundo plano. Ahí seguiría si no fuera porque la artista ofreció una rueda de prensa megalómana. Y yo, que soy voyeur de nacimiento, me senté y observé.
Lo primero que me llamó la atención no fue ese narcisismo que mostró la artista. Ni siquiera lo desconcertante que era verla sonreír como una de las protagonistas de la película de terror de Parker Finn. Siempre vi en Melody la estirpe de la folclórica. Y una folclórica siempre baila al son del poder. Por eso me sorprende que alguien esperase una rueda de prensa, a lo Inés Hernand, denunciando el aparato de propaganda asesina de Israel y señalando la complicidad de EEUU y la UE. Incluso que arremetiese contra la indecencia del PP, que no olvidemos que, fieles a su catadura moral y ética, publicaron, en sus redes sociales, una foto de Melody junto a Pedro Sánchez con el texto "no es tu culpa, tú lo hiciste bien pero…".
Si nos atrae lo camp de una folclórica, tenemos que asumir que estamos ante un perfil de artista con unos claroscuros muy marcados. Juegan con el exceso emocional, con las frases trilladas, con los silencios dramáticos, para dar una imagen de entrega, de humildad artística sometida a la cultura del esfuerzo, que, a su vez, alberga a la artista egocéntrica, soberbia y, por qué no decirlo, con muy mala leche. No hay diferencia entre la Melody de la rueda de prensa y la que hizo toda la promo previa al festival. Es exactamente la misma.
Lo que me llamó la atención fue todo lo que leí y escuché después de que las expectativas no fueran satisfechas. Cuando parece que hemos asumido que la dirección de la UER no va a hacer autocrítica, se la exigimos a Melody. Y eso me hizo pensar si estábamos actuando, respecto a los artistas, de la misma manera que los Estados y las grandes corporaciones hacían con nosotros, la ciudadanía, cargándonos una responsabilidad que no debería correspondernos porque, simplemente, jugamos en inferioridad de condiciones.
Partiendo de la base de que no entiendo el arte y la cultura sin compromiso, me alarma el señalamiento al artista que no se posiciona. Seamos honestos, cancelar a Melody es fácil. Es sencillo señalar a la artista que no te interesa. Lo relevante aquí es si somos capaces de señalar, de cancelar, de exigir que se posicione, aquel artista, marca o evento que nos gusta.
A ti, que te vuelve loco el Sónar, que te lo has pasado genial allí con tus amigos, que guardas recuerdos magníficos de aquel concierto de Grace Jones, ¿vas a ir este año, sabiendo que está financiado por KKR, el fondo proisraelí? Y al Brava, ¿qué vas a hacer con tu entrada? ¿Vas a señalar, como señalas a Melody, a Villano Antillano o a La Casa Azul por mantener su presencia en el festival? ¿Qué opinas de que Ca7riel y Paco Amoroso actúen en el FIB, festival con el que se lucra el mismo fondo de inversión? Y voy más allá. ¿Vas a ver la nueva serie basada en Harry Potter después de conocer la calidad humana de su autora, J.K. Rowling, y cómo invierte parte de su fortuna en luchar en los tribunales contra los derechos humanos de las personas trans? Incluso, ¿estás segura de que el empresario que te paga cada fin de mes cumple con ese estándar de coherencia que exiges a los demás? Esas son las preguntas que nos deberíamos hacer.
¿Basta con un comunicado de prensa que diga que el festival respeta los derechos humanos universales, como hizo Sónar? Porque eso es lo mismo que dijo Melody. Es verdad que hay 50 artistas que iban a actuar en el Sónar que han cancelado su asistencia y eso es algo que aplaudo. Pero ¿y nosotros? ¿Nos van a devolver el dinero de las entradas si decidimos no ir? ¿Estamos dispuestos a perder ese dinero? ¿Hemos dejado de consumir Coca Cola, de comprar tinta de Hewlett-Packard para la impresora? ¿Hemos tirado nuestras zapatillas Nike o Puma? ¿No compramos nada en Carrefour?
La única manera que tenemos de luchar contra las injusticias y contra los abusos de poder es luchando contra el capitalismo como modelo económico universal. Y si no hay un modelo de financiación asequible que nos sirva de alternativa al dinero manchado de sangre, al dinero que juega con los derechos humanos de la gente, al dinero cómplice con el genocidio, ¿qué podemos hacer nosotros, como último eslabón de la cadena?
A los Estados les gusta el relato romántico del pueblo unido para exigirle que sea él quien sustente lo que la Administración famélica, tras décadas de privatización e inversiones especuladoras de capital privado, no puede hacer. Aunque sea su obligación. Eso de que el pueblo salva al pueblo solo beneficia a quien pretende lucrarse desmontando los servicios y empresas públicas. Delegar su responsabilidad.
Somos víctimas de una presión social que va a juzgar más nuestra actuación personal que la de la empresa o el gobernante de turno. No podemos ser los ciudadanos ejemplares del mes en un mundo que se rige por valores ultracapitalistas y anarcoliberales. No podemos porque, repito, jugamos en inferioridad de condiciones. ¿Cómo le exiges a una economía precaria que no compre en el supermercado que tiene el alimento más barato porque esa cadena es cómplice de alguna de las mil injusticias y barbaridades que se cometen en el mundo? Es importante no decepcionar a nuestra conciencia, defender los Derechos Humanos, plantar cara a las empresas manchadas de sangre. Pero aún es más importante luchar, desde el voto y el compromiso, contra cualquier partido político que sustente, con su complicidad e interés, un sistema económico que anteponga los beneficios de la empresa a las vidas humanas esclavizadas y sesgadas.
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