Opinión
Los menores de edad no votamos

Por Israel Merino
Reportero y columnista en Cultura, Política, Nacional y Opinión.
"Ceuta saldrá reforzada de esta situación", dijo ayer Pedro Sánchez en su primera entrevista tras el desastre humano en la ciudad española. Nadie sabe qué significa esta frase; nadie, repito, ni los tarotistas de saldo ni los paganos que abren pajaritos para buscar respuestas en sus tripas. Todo es melancolía, nadería, tahurismo; todo es fachada descolorida por la lluvia a la que también se le agrietan las vigas. Como presidente, Sánchez es un roscón de reyes al que le han sorbido la nata; un muñeco de acción al que le fallan las articulaciones y las pilas, aunque siga velando los sueños de los niños tristes que no se atreven a dormir solos. Como tótem, ya no invoca a nadie.
Y hablando de niños, pareciera que el presidente se dirige a ellos, más que a nosotros; nos trata como a menores de edad, como a infantes de parvulito incapaces de entender un ataque híbrido patrocinado por un monarca sátrapa y borracho de la sangre de su propio pueblo que no ha dudado en desatar una crisis humanitaria que nosotros, y en especial los ceutíes, estamos pagando. "¿Y qué gana Marruecos?", ha respondido el tótem desacralizado cuando Aimar Bretos le ha preguntado si el Estado africano estaba tras la operación. Como si viviéramos en una cueva, ¿sabéis?, como si los ciudadanos tuviéramos un pin parental en nuestros dispositivos o tomáramos tanto whisky por las noches que bloqueáramos nuestro sueño REM y nos viéramos incapaces de recordar que el ministro de Asuntos Religiosos del país vecino pidió la soberanía de nuestras ciudades hace cuatro días. Qué podrá ganar un estado montando sherezades contra un territorio en disputa, ¿eh? Pues absolutamente nada, malpensados; las operaciones constantes de desestabilización en territorios reclamados por Rusia, como Crimea o Moldavia, germinan de forma asexual y sin ánimo de lucro.
En épocas de crisis, los papás fingen sus serenos silencios y solo se permiten llorar de madrugada, a oscuras, cuando los niños duermen; y Sánchez apuntala su silencio con esa serenidad falsa por la que se escapan contradicciones absurdas, como que no hay pruebas para acusar al Estado marroquí de nada – las decenas de vídeos de militares metiendo como ganado en camiones a toda esa pobre gente deben ser inteligencia artificial – o, esta es mi favorita, que "las mafias que ejercen las guerras híbridas pueden estar autogestionadas", como si fueran gaztetxes que organizan marmitacos veganos para financiar las fiestas de septiembre: todo lugares comunes, frases hechas y palabras manoseadas por una cuadrilla que se apodera de la jerga izquierdista para rebañar un lustro más de dirigencia inmovilista; todo es tan absurdo que no asusta, solo entristece; el enfado se mudó hace tiempo al territorio de la apatía y la incredulidad. Es deprimente que volteemos los ojos al escuchar a nuestro presidente y no le creamos ni una miserable palabra aun con cien ahogados en nuestras playas. ¿Pero sabéis cuál es el problema? Que él, o ellos, tienen la culpa; han desemantizado tanto su palabra que la han convertido en un rumor en verso sin ninguna credibilidad; son los culpables de nuestra apatía por haber deformado la realidad hasta convertirla en un relato mediocre e infantil que ya no ebulle la sangre de nadie. Les doy la enhorabuena por habernos convertido en menores de edad. Que tengan en cuenta, eso sí, que los menores no votamos.
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