Opinión
Meta amordaza la solidaridad en nombre de la ley

Por Carolina Uribe de la Espriella
Consultora de comunicación política y social
-Actualizado a
Las redes sociales nacieron para conectar personas. Para compartir, entretenerse, vender, informarse y, en definitiva, para hacer vida social en un nuevo espacio común.
Durante años fueron el escenario donde florecieron comunidades, se derribaron muros y se amplificaron voces que antes no encontraban altavoz. Allí se gestaron movimientos que marcaron época (el 15M, las Primaveras Árabes, el feminismo global).
Las redes abrieron un espacio público paralelo, donde la gente corriente podía organizarse, indignarse y reconocerse sin pedir permiso. Pero esa promesa empieza a romperse. A partir de octubre de 2025, Meta (propietaria de Facebook e Instagram) bloqueará en toda Europa los anuncios sobre temas sociales, escudándose en la nueva normativa europea sobre publicidad política.
Lo que podría parecer una simple medida técnica para evitar la manipulación electoral es, en realidad, un golpe directo al corazón de la sociedad civil. Porque esta decisión no solo limita campañas políticas: recorta la capacidad de acción de las organizaciones que hablan de pobreza, migración, igualdad o medio ambiente.
Mientras las marcas comerciales seguirán anunciando sus productos sin obstáculos, las ONG verán cómo sus mensajes se apagan, sus causas se invisibilizan y su alcance se reduce drásticamente.
El impacto no es neutro. Golpea, como siempre, a quienes menos poder tienen.
A las personas en situación de vulnerabilidad y a las entidades que las acompañan.
En el fondo, es una decisión aporafóbica: castiga incluso hablar de la pobreza, silencia sus causas y penaliza la solidaridad.
Cuando se bloquea una campaña de sensibilización o de captación de fondos, no solo se pierde un anuncio: se apaga una voz colectiva. Se debilita la mirada crítica de la sociedad civil, esa que denuncia injusticias, impulsa cambios y recuerda lo que debería ser patrimonio común: la dignidad, la empatía, la igualdad.
Y todo esto ocurre en el peor momento posible. En una España cada vez más polarizada, donde crece la desinformación y avanzan los discursos de odio, silenciar a quienes defienden los derechos humanos no es prudente: es peligroso.
Mientras los algoritmos premian el ruido y la mentira, las plataformas castigan la comunicación solidaria y la educación cívica. El resultado es un espacio digital profundamente desigual. Las grandes tecnológicas deciden qué se puede decir, quién puede hablar y quién debe callar.
Bajo la apariencia de cumplir la ley, Meta privatiza la libertad de expresión y restringe, precisamente, los temas que más necesita debatir una sociedad democrática.
El sociólogo Manuel Castells habló de los "espacios de autonomía" que nacen en la red: lugares donde la ciudadanía se comunica fuera del control del poder.
Pero ese espacio se está cerrando. Las plataformas que antes facilitaron la autoorganización y la empatía colectiva son hoy filtros opacos donde la justicia social puede etiquetarse como "contenido sensible" y la solidaridad, como "riesgo para el negocio".
No se está frenando la manipulación política; se está frenando la participación ciudadana. Y al hacerlo, se erosiona un pilar esencial de la democracia: la voz de la gente común. Por eso, ahora más que nunca, necesitamos repensar el papel de las redes y exigir una comunicación verdaderamente democrática.
No se trata de abandonar el mundo digital, sino de reclamar transparencia, pluralidad y ética a quienes lo controlan. Porque cuando las plataformas castigan la empatía y recompensan el ruido, no defienden la neutralidad: perpetúan la injusticia.
Y cuando se apaga la voz de quienes defienden a las personas más vulnerables, no solo pierde el Tercer Sector: perdemos todas y todos. Porque callar la solidaridad también es una forma de censura.

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