Opinión
A Meta no le gusta Virginia Woolf, y no me extraña

Periodista y escritora
Este jueves pasado tuve el inmenso placer de disfrutar en el Teatre Raval (Barcelona) la obra Una habitación propia, producida e interpretada por Clara Sanchís y dirigida por la dramaturga María Ruiz. Efectivamente, conserva todo el poder de fascinación y subversión del texto original de Virginia Woolf, cuya adaptación lo respeta con reverencia. Pensamiento y humor, feminismo y humor, economía y humor, violencia y humor… la puesta en escena es una fiesta, con una Clara Sanchís en estado de gracia.
Ese mismo jueves, después de la representación, nos sentamos la propia Sanchís, la actriz Vicky Peña y yo a charlar con el público, entre otras cosas, sobre la situación actual de nuestras habitaciones propias y, por lo tanto, del espacio que ocupan nuestras voces. Hay un momento del texto de Virginia Woolf –convertido aquí en monólogo– en el que la voz “yo” se pregunta qué pasaría si las mujeres dijéramos la verdad. Woolf explica en su obra que, durante siglos, las mujeres han/hemos servido como "espejos dotados del mágico y delicioso poder de reflejar la silueta del hombre al doble de su tamaño natural". Y plantea que si las mujeres dijéramos la verdad y dejáramos de reflejar esa falsa grandeza, el ego y el orgullo masculino se vendrían abajo.
Sin embargo, ese planteamiento –que nosotras dijéramos la verdad–, siempre me ha provocado una pregunta inmediata: ¿Dónde? Así lo expuse el pasado jueves: ¿Dónde podríamos nosotras decir “la verdad”? ¿Qué canales tenemos? ¿A quién pertenecen –esto es lo esencial– los medios de comunicación, producción y de expresión donde las personas en general pueden o no decir la verdad? Todos ellos pertenecen a hombres. Es más, a hombres ricos, blancos y heterosexuales de puertas afuera, o sea hombres construidos sobre capas de violencias superpuestas. No serán ellos, a las pruebas me remito, quienes nos lo pongan fácil. De haber sido así, no habríamos tenido que echar mano de las redes sociales para relatar todas las violencias que hemos vivido y seguimos viviendo.
Mientras desgranábamos estas cuitas, no éramos conscientes de hasta qué punto la realidad acababa de darnos la razón. Unas horas antes, como suelen hacer, los responsables del Teatre Raval habían contratado en Instagram y Facebook unos anuncios para promocionar la obra. Poco después, recibieron un mensaje procedente de Meta donde se leía: “Rechazamos tu anuncio”. Y a renglón seguido: “Parece que estás publicando un anuncio sobre temas sociales, elecciones o política en la Unión Europea. Esto infringe nuestras Normas (sic) de publicidad (...).
A continuación, la compañía que maneja dichas redes sociales, pasaba a desgranar algunos ejemplos. Además de candidaturas electorales, referendos o similares, Meta prohíbe expresamente “Promocionar publicaciones sobre temas sociales, como los derechos civiles, la reforma económica o el medioambiente”.
Sin duda, la obra de Virginia Woolf trata temas sociales y reformas económicas, es más, trata algo tan revolucionariamente social, económico y político como el feminismo. Ese mismo feminismo cuya simple mención está prohibida en numerosos documentos oficiales de Estados Unidos o la propia UE. El feminismo, que empieza a ser un concepto repudiado incluso en algunos sectores que se llaman a sí mismos “progresistas”. El mismo feminismo que provoca en los círculos de la Cultura burbujeante actual un arrugar de narices, como si el tufillo de lo indeseable emergiera quién sabe si en forma de espejo.
No creo que toda censura sea solo mala. Existen muchas censuras que nos ayudan a interpretar y señalar el lugar en el que se aplican, y a quienes conviven con ellas sin mayor problema.
En el caso de la obra Una habitación propia –la de la Woolf y su adaptación de María Ruiz– lo mejor que una puede hacer es sumergirse en ellas, y después notar cómo la obra misma te eleva y embellece. A Meta no le gusta Virginia Woolf ni la posiblidad de nuestra habitación propia, ni las mujeres que manejan su dinero y su cuerpo, ni las mentes que brillan como constelaciones. Ya sabíamos a qué vienen los Zuckerbergs y Musks de este nuevo mundo extraño. En realidad, vienen a lo mismo de siempre, a buscar en nosotras ese espejo que duplique su pequeñez real. Nuestro empeño, por cierto, sigue siendo el mismo.
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