Opinión
¿De qué tienen miedo los hombres?

Periodista y escritora
Esta semana publiqué un artículo sobre las consecuencias del llamado caso de La Manada de Sanfermines vistas desde hoy titulado Una década después, ellos tienen miedo. Hablar del miedo de los hombres tiene no pocas aristas. Entre las mujeres, la idea de que los hombres teman algo genera —a mí también— un punto de rabia, porque los coloca en un lugar donde cabría la compasión, y a la vez a nosotras nos desplaza hacia la parte amenazante. Entre los hombres, la idea de tener miedo es sencillamente lo contrario de aquello para lo que han sido educados, y de nuestra cultura entera. El miedo es el reverso del valor, y el “valor”, como el “honor”, son la base de la identidad inculcada en los varones.
Además, hay una parte de la población a la que la idea de que “el miedo cambie de bando” no le hace gracia, porque rechaza la idea de que alguien tenga miedo. Prefieren el término “vergüenza”. De ahí que la frase de Giselle Pellicot, “que la vergüenza cambie de bando”, tuviera un tono muy determinado. ¿Qué queremos que sienta la parte agresora: miedo o vergüenza? Antes, deberíamos hacernos la pregunta de qué sentimos nosotras: ¿miedo o vergüenza, o ambas? Después de responder con honestidad, podemos empezar a pensar en nuestros deseos.
Tras la publicación del artículo, no pocas mujeres me respondieron que no, que ellas no ven que ellos tengan miedo en absoluto, y que probablemente no lo tendrán jamás. Es una visión lógica si nos atenemos a una mirada histórica sobre las herramientas con las que cuentan los varones en una sociedad. La mayor de ellas consiste en sellar los espacios de comunicación pública para que las mujeres no accedan a ellos y, por lo tanto, no puedan difundir un relato alternativo al relato oficial. A la misma altura está lo que podríamos llamar “el peso de la ley”, y que une al legislador y al Poder Judicial. Se castiga la palabra de la mujer en lugar de castigar la violencia del varón.
Sin embargo, todo eso ha cambiado radicalmente, aunque no de manera definitiva. El mayor miedo de los hombres se encuentra en este momento en la voz de las mujeres. No sólo en las voces individuales, que también, sino en una voz colectiva que los retrate como nunca antes se había hecho. Porque ese retrato es un espejo en el que mirarse. De nuevo, individual y colectivamente.
Es decir, no se trata de que María acuse públicamente a Mariano de haberla agredido sexualmente, que también. Se trata de que millones de Marías han relatado las violencias que ejercen millones de Marianos sin ni siquiera nombrarlos. Y esos millones de Marianos cuyo nombre no consta en ningún sitio saben que estamos hablando de ellos, que están ahí, en ese retrato, y junto a ellos hay millones de Pedros, Juanes y Manolos que no son Marianos pero saben que Mariano es su amigo, su hermano, su padre o su hijo y lo han callado, lo han amparado e incluso apoyado.
Los hombres no tienen miedo de las mujeres, por supuesto, aunque algunos actúen como si lo tuvieran, y corran a poner denuncias y digan idioteces ante los micrófonos de los festivales. Los hombres tienen miedo de sí mismos, de un nuevo retrato de sí mismos que ahora emerge y que, mientras estuvo oculto, no les produjo ninguna inquietud. Desde mi punto de vista, esto es lo más siniestro.
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