Opinión
La miopía belicista y las misiones militares

Por Jordi Calvo
Coordinador del Centre d'Estudis per la Pau
-Actualizado a
En España y en toda Europa se está hablando de manera recurrente del envío de soldados y misiones militares a diversos lugares en conflicto o tensión. Del total de los 37 conflictos armados y de las 116 tensiones identificadas por la Escola Cultura de Pau de la UAB, han sido mencionados, por diversos miembros del Gobierno español como posibles destinos de las fuerzas armadas españolas, tres de ellos: Ucrania, Groenlandia y Palestina. Es cierto que hay algunas misiones europeas y de la OTAN en algunos de los más de cien escenarios con niveles de conflicto reseñables, pero son ciertamente escasas y no responden a motivaciones de solidaridad y paz reales.
Este contexto hace necesario abrir un debate sobre la pertinencia de enviar ejércitos a misiones en países con contextos totalmente distintos, lo que puede llevar, aunque no debiera ser así, dependiendo del posicionamiento ideológico y de los intereses subyacentes de cada cual, a respuestas y criterios diferentes.
En el caso de Ucrania, es un debate que lleva tiempo sobre la mesa y que conecta directamente con la guerra y con la posibilidad de un hipotético acuerdo de paz, que incluiría una misión encargada de garantizar el alto el fuego, compuesta por una fuerza militar multinacional. Países como Francia, Reino Unido o España, entre otros, han mostrado su interés y predisposición a enviar soldados para integrarla. También aparece en la ecuación la posibilidad de enviar tropas como respuesta a la amenaza de una intervención de la administración Trump en Groenlandia, administrado por un país pequeño, Dinamarca, donde Estados Unidos querría, según se plantea, controlarlo de manera directa y total por su valor estratégico en el círculo polar ártico. Finalmente, el presidente español, Pedro Sánchez, ha incluido en el debate la opción de enviar tropas españolas a Palestina en una, por desgracia, quimérica misión de paz multinacional, que debiera obligar a Israel a cumplir las resoluciones de Naciones Unidas y el derecho internacional humanitario.
La facilidad de optar por la opción belicista
Aquí surge una reflexión necesaria: ¿por qué se propone de manera tan rápida y fácil enviar soldados a otros lugares del mundo para lograr objetivos políticos? ¿Por qué existe la creencia de que enviando al ejército se va a conseguir lo que podría intentarse por otros medios humanos y materiales?, o ¿por qué aparece la respuesta militar como primera respuesta ante cualquier situación de conflicto?
La facilidad con la que la opción militar aparece sobre la mesa tiene que ver con la enorme preparación y capacidades acumuladas por muchos países, con décadas de enormes gastos militares. Cuando un país dispone de decenas de miles de militares entrenados, buques de guerra, aviones de transporte, de abastecimiento en vuelo, cazas, bombarderos, submarinos, lanzamisiles y todo tipo de medios logísticos, es en cierto modo lógico que esa opción se presente fácilmente como viable y lista para ser utilizada. El entrenamiento previo, la experiencia acumulada y la capacidad de proyección convierten al ejército en una herramienta tan disponible y sencilla de activar que es toda una tentación para los políticos.
A esto se suma otro factor político. En una situación económica complicada, con necesidades sociales no cubiertas, con una inflación que erosiona el bienestar de la ciudadanía y con la sensación extendida de que las cosas no van bien pese a los datos macroeconómicos, los gobiernos deben justificar más que nunca sus decisiones en materia presupuestaria. Europa va camino de duplicar su gasto militar desde la guerra en Ucrania, lo que supondrá inevitablemente detraer grandes cantidades de otras áreas como sanidad, educación o acceso a la vivienda. Surge entonces la necesidad de legitimar las inversiones militares mostrando su supuesta prioridad por encima de los gastos sociales.
Por otra parte, podemos comprobar que se recurre al músculo militar con rapidez cuando se trata de territorio europeo, pero no cuando se trata de otros lugares que bajo argumentaciones similares a las señaladas para Ucrania o Groenlandia bien podrían merecer el envío de misiones militares. Por ejemplo, no ha aparecido la posibilidad de enviar ejércitos europeos a Venezuela ante la injerencia militar estadounidense, que ha secuestrado a su presidente. Ni se han enviado tropas pacificadoras a Palestina para hacer respetar el derecho internacional, en un terrible genocidio, demasiado parecido al holocausto.
En este sentido, refiriéndonos al caso español, cabe preguntarle al Gobierno ¿por qué no hace lo mismo con el Sáhara Occidental, donde existe un conflicto real y una vulneración constante de derechos humanos y existe un vínculo social y cultural y una responsabilidad política histórica?, o ¿por qué no envía una misión a Venezuela, otro país con enormes vínculos con España, si de lo que se trata es de defender la legalidad internacional, la estabilidad y de disuadir de posibles agresiones militares al país?
No, no ha habido ni habrá intervenciones militares para proteger a poblaciones víctimas de la violencia en los 37 lugares en conflicto armado o en los 116 en tensión existentes si no existe un interés político que lo motive. De hecho, hoy en día entre las misiones en el exterior de organismos multilaterales, las operaciones de mantenimiento de la paz de Naciones Unidas son minoría (el 23%), con tan solo 11 activas. No, no hay misiones militares en las que un gobierno arriesgue la vida de sus ciudadanos para defender los derechos de ciudadanos ajenos. Es de perogrullo, pero hay que recordar que los ejércitos no se mueven por solidaridad sino por intereses políticos y económicos de los gobiernos que los envían.
La necesidad de las alternativas no militares
Desde un punto de vista estratégico, enviar tropas a Ucrania entraña riesgos enormes. Europa ya está en guerra de manera indirecta con Rusia. Los ejércitos europeos no son neutrales ni imparciales. Se llame o no misión de paz, existe un riesgo inasumible de entrar en una dinámica de escalada: un combate, una respuesta, otro ataque… hasta verse arrastradas a la guerra abierta. A ningún país de la UE le conviene una guerra mayor en Europa, y tanto sus gobiernos como Rusia lo saben. En Ucrania solo aplicaría una hipotética misión de paz aprobada por el Consejo de Seguridad con mando y efectivos militares de países verdaderamente neutrales, algo que no se está proponiendo.
En cuanto a Groenlandia, ¿qué sentido tendría que Europa enviara miles de soldados para defenderse de una hipotética intervención estadounidense, siendo Estados Unidos un aliado militar tradicional y existiendo la OTAN precisamente para evitar estos escenarios? Una fuerza europea enfrentada al ejército estadounidense solo significaría una pérdida de vidas totalmente innecesaria y evitable. Estados Unidos tiene más fuerza militar, en cualquiera de las comparaciones posibles. Aún es más, si la OTAN no es capaz de evitar la guerra entre sus miembros, ¿para qué sirve?
Al final, la pregunta que subyace en todos estos escenarios no es si España, Europa o la OTAN puede enviar tropas, sino por qué lo propone tan rápido en unos casos, por qué lo evita en otros, y qué intereses, más allá de los declarados, están realmente guiando estas decisiones que afectan a vidas humanas y a la paz del futuro en los países que envían a sus soldados.
Debemos recordar que no existe una sola alternativa al uso de la fuerza armada, existe todo un ecosistema de herramientas no militares para estos casos, muchas de las cuales están siendo infrautilizadas. Es el caso de la mediación, las mesas de diálogo y conferencias de paz en el marco de Naciones Unidas o la OSCE, la aplicación del derecho internacional de manera coherente y consistente contra los responsables señalados por la CIJ y el TPI, tanto en la guerra de Ucrania, como en el genocidio de Palestina o cualquiera de los numerosos conflictos armados activos.
También la aplicación de sanciones que no afecte a la población sino a los responsables políticos, trabajar en desincentivar el uso de la fuerza militar mediante acuerdos de cooperación, seguridad compartida, sistemas de alerta temprana, establecimiento de zonas desmilitarizadas, proyectos para el desarme de la población y la desactivación de explosivos. Todo ello sin hablar de la importancia de las iniciativas ciudadanas de solidaridad y ayuda humanitaria, o la lucha contra la desinformación mediática y la promoción de narrativas de desescalada bélica.
El problema no es la falta de opciones, sino la ausencia de voluntad política para aplicarlas. La miopía belicista lleva a ver el ejército como la opción más sencilla y disponible; la cultura de paz obliga a pensar, negociar, coordinar, escuchar y asumir riesgos políticos. Pero si el objetivo es proteger vidas humanas, evitar la guerra y construir la paz del futuro, la alternativa no militar no es solo deseable, es imperativa.

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