Opinión
Cómo montar "lo de Rufián"

El ciclo de las autonómicas ha comenzado con resultados preocupantes. Mientras, las alarmas van sonando cada vez más fuerte, a medida que las Generales se acercan y nos pillan, cómo no, debatiendo. El problema no es el debate, azuzado por la idea de Rufián, sino la tendencia a mantenerlo en la superficie y, ahí, cronificarlo. Esto es, quedarnos en la discusión del primer axioma: unidad sí, unidad no, sin plantear una propuesta realista que, a día de hoy, se puede decir que no existe. ¿Y qué es una propuesta realista? Simple y llanamente, un proceso que, descrito en el tiempo, cuente con el método óptimo para poder convertir en realidad la idea que se propone.
Hasta el momento, con lo que contamos es con algo parecido a una invitación informal para que los partidos de izquierda, excluido el PSOE, concurran de manera conjunta a las Elecciones Generales, con una premisa: que se atienda al ámbito y al peso territorial. Es decir, que los Más Madrid, Compromís, Bildu, BNG, ERC, Chunta y resto de partidos de base territorial tengan preeminencia a la hora de conformar las listas en esas circunscripciones. A su vez, que los partidos de ámbito estatal, IU, Movimiento Sumar o Podemos, se encarguen de articular las candidaturas en aquellas Comunidades que no cuenten con partidos de corte autonómico.
Aunque esta premisa tenga cierto sentido, ya que estima la representatividad partiendo de resultados empíricos, por sí sola es bastante insuficiente. Hay muchos otros extremos que deben ser previstos y metodologizados para hablar de una propuesta medio seria y, en este texto, vamos a intentar contemplarlos.
1. Programa electoral
Este es el que debería funcionar como punto principal y, al mismo tiempo. justificación básica de la candidatura: la existencia de un tronco ideológico común, que se vaya a promulgar y defender durante toda la legislatura.
Su elaboración no debería ser demasiado complicada. Partiendo de los programas electorales de cada partido, basta extraer, directamente, aquellas propuestas que coincidan. Existirán algunas otras que no sean idénticas, para las que se puede abrir un breve periodo de negociación y, así, alcanzar acuerdos. Las propuestas sobre las que no haya acuerdo, se dejarían fuera.
En resumen, el programa electoral es la frontera de posibilidades de acción común. Esto quiere decir que lo que esté incluido no haría falta debatirlo más veces. Sería la hoja de ruta de la coalición y de sus cargos electos. Por el contrario, todo aquello que no aparezca en el programa y que surja, a lo largo de la legislatura, deberá ser abordado según el punto 4.
2. Elaboración de las listas
Junto con el reparto de los recursos, este es el punto más complicado. Aún partiendo de esa premisa de preeminencia de los partidos con arraigo territorial, siempre se van a dar situaciones conflictivas. Por lo general, van a existir conflictos debido a la presencia de múltiples partidos, ya sea de ámbito territorial o estatal, en una misma circunscripción. Que uno de ellos sea electoralmente más potente, no va a conformar, de por sí, al resto.
Ante esta problemática hay dos posibles soluciones: acuerdo o primarias. La primera opción suele ser la preferida por los partidos, dado que evita la confrontación y deja poco espacio a sorpresas no deseadas. Por el contrario, las primarias son un excelente método para activar al electorado y encontrar perfiles que tengan una buena penetración social, siempre y cuando se realicen con ciertas garantías: sistemas proporcionales de reparto, censo amplio, evitar tanto listas plancha como el voto teledirigido desde los aparatos, son algunas de las previsiones que maximizan la potencia electoral de unas primarias.
Otro detalle importante es lograr un equilibrio entre candidaturas de personas independientes y aquellas otras que vienen del seno de los partidos. Por lo general, las primeras conectarán más con la ciudadanía, aunque a los partidos les suelen incomodar por ser más individualistas e indisciplinadas.
3. Estructuración de la coalición
Toda organización necesita espacios de deliberación y toma de decisiones. En el caso de esta coalición, debe existir un espacio, previo a las elecciones, donde se diriman los conflictos y se coordinen los movimientos. La lógica nos dicta que ese espacio debe ser horizontal y funcionar primando el consenso, aunque se reserven mecanismos (por ejemplo, votaciones con mayoría cualificada) para avanzar y evitar el bloqueo en situaciones en las que el consenso no sea posible.
La cuestión trascendental, en este apartado, es cómo mantener la estructura una vez pasadas las elecciones. En ese momento, al espacio originario de coordinación (compuesto por los partidos) se le sumaría el del Grupo Parlamentario, que no es lo mismo. Por lo general, los dos espacios suelen coexistir y es el de los partidos el que prima sobre el otro.
Mi opinión, aunque tenga sus riesgos, es que el Grupo Parlamentario, compuesto por los cargos electos y el personal técnico, es el que debería prevalecer. Eso no va a evitar que las diputadas y los diputados trasladen el parecer de sus respectivos partidos, pero sí va a dar una autonomía necesaria a las personas que, al final, son las que van a formar equipo y van a gestionar el día a día del trabajo parlamentario. Mantener una razonable separación y autonomía, respecto de la dirección de los partidos, es una buena manera de conservar al Grupo Parlamentario distanciado de los conflictos habituales entre partidos, aunque eso suponga cierta pérdida de control.
Si los puntos 1 y 4 están bien definidos, el Grupo Parlamentario puede funcionar perfectamente como órgano ejecutivo principal de la coalición.
4. Toma de decisiones
Este punto está íntimamente relacionado con el primero. Si el programa electoral está bien definido, habiendo sido rubricado por todos los partidos, la actividad del Grupo Parlamentario queda perfectamente establecida, sin necesidad de debates paralizantes para cada cuestión. Bastaría con delegar y confiar en la labor especializada de cada persona dentro del Grupo.
En el supuesto de tener que afrontar asuntos que no hayan sido previamente acordados, el método más eficiente consistiría en intentar llegar a un consenso y, en caso de no conseguirlo, que cada parlamentario se manifestase de acuerdo con el sentir de su organización o con el suyo propio, siempre motivado, en caso de ser independiente.
Debemos normalizar que existan desacuerdos, incluso entre partidos de una misma coalición, siempre que sean situaciones concretas y minoritarias. Unidad no implica uniformidad.
5. Reparto de recursos
Otro de los puntos críticos del proceso, en tanto las subvenciones parlamentarias suponen una entrada esencial de recursos para los partidos y su funcionamiento.
En el caso que nos ocupa, lo recomendable sería dedicar la subvención parlamentaria, exclusivamente, al funcionamiento del Grupo. Esto, que parece una perogrullada y que, incluso, está previsto legalmente, nunca se cumple. En las negociaciones para armar una coalición, los porcentajes de la subvención que van para cada partido son, detrás de las listas, el otro gran dolor de cabeza.
Si la subvención se dedicase, por completo, al buen desarrollo del grupo, lo ideal sería armar un equipo técnico potente, al servicio de todo el Grupo, al mismo tiempo que cada cargo electo pudiera contar con una persona de apoyo a su trabajo. Las contrataciones del equipo técnico se deberían gestionar a través de una mesa plural, con representantes de todos los partidos, que valorase candidaturas anonimizadas en función de sus currículums y no de su afiliación.
6. Garantías de funcionamiento
En la mayoría de los casos, incluso en las negociaciones previas más complicadas y las campañas más exigentes, el principal problema de las coaliciones llega una vez pasan las elecciones. Sostener una coalición en el tiempo, sobre todo más allá de una legislatura, resulta bien difícil. El entorno competitivo, los roces y desencuentros personales, las ansias de protagonismo o los intereses contrapuestos de los partidos dificultan el sostenimiento de los acuerdos en el medio y largo plazo.
Para garantizar lo máximo posible la durabilidad de una coalición es necesario establecer previsiones como:
· Crear un órgano de mediación plural, con miembros de todas las organizaciones, investido de la potestad de mediar y decidir en los conflictos que surjan. La composición de ese órgano debe hacerse atendiendo a perfiles amables para todos los partidos.
· Establecer espacios de evaluación continua del trabajo parlamentario. Por ejemplo, hacer rutinarias las reuniones del Grupo Parlamentario; fomentar proyectos colaborativos para la elaboración de políticas públicas; celebrar jornadas de convivencia entre cargos electos, direcciones de los partidos y militancias…
· Establecer respetuosos códigos de conducta para las redes sociales.
· Evitar airear conflictos internos, resolviéndolos en espacios creados ad hoc para su gestión.
· Acordar y firmar compromisos de prevención del transfuguismo.
· Identificar, previamente a las elecciones, los potenciales motivos de desencuentro que puedan existir y los compromisos a los que llegarían los partidos políticos para solucionarlos. Para esto último, tan sólo basta con hacer un recopilatorio de los conflictos acaecidos en la última década.
· Establecer una normativa interna donde se regulen las cuestiones anteriores y otras que puedan surgir, como la gestión comunicativa de los disensos, en las votaciones en las que no haya consenso y, por tanto, unidad de acción.
Soy consciente de que cada uno de estos puntos requerirían de un notable desarrollo posterior, pero no cabría en un simple artículo. Si existen personas con voluntad y capacidad real para empujar hacia una candidatura amplísima de la izquierda, pueden encontrar, en este texto, una guía procedimental sobre la que avanzar. Mientras tanto, lo único que encontraremos en los medios y las redes es un debate superficial y sensacionalista, sin visos de llegar a puerto. Y no tenemos tiempo que perder.


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