Opinión
Con motivo del 25N, hablemos de nuestras uñas

Por Barbijaputa -
Periodista
-Actualizado a
Aprovechando que se acerca el 25N, el día internacional contra la erradicación de la violencia contra las mujeres, me gustaría hacer una reflexión al respecto de un tema que parece nimio, pero solo lo parece: nuestras uñas.
En un mundo donde la imagen de una mujer es más discutida que sus palabras, sus manos, y más aún, sus uñas han sido siempre un campo de batalla al que nunca se le ha prestado demasiada atención. El motivo podría deberse a una jerarquización de las denuncias que se hacen sobre la presión hacia nuestro cuerpo. Sin embargo, me parecería un motivo equivocado: ¿por qué habría que elegir? Si podemos hablar de la presión sobre nuestro cuerpo, el peso, las curvas, el pecho, la celulitis, el pelo, el vello, la dentadura, el tamaño de nuestra nariz… si hablamos de, y denunciamos incluso, cómo la industria pornográfica está presionando a muchas mujeres a operarse para “rejuvenecer” la vagina o blanquearse el ano, ¿por qué no estamos hablando del elefante en el salón? ¿No es obvio y alarmante que cada vez gastamos más dinero y tiempo que no tenemos en lucir uñas falsas, pegadas a nuestros dedos mediante técnicas que nos joden las manos? ¿No es importante que nuestras herramientas de trabajo, las manos, cada vez lucen uñas más largas, esmaltadas, con incrustación y dibujos imposibles que nos ralentizan, nos impiden realizar tareas simples como escribir de forma cómoda en el teclado de un ordenador? ¿No estamos viendo la forma en la que las mujeres empiezan a adecuar sus movimientos a unas muecas extrañas para conseguir rascarse el ojo sin saltárselo o abrir un paquete de patatas sin hacerse daño a ella o al paquete?
Bajo capas de gel, esmalte, brillo, se esconde una historia de conformidad y resistencia. Nuestras uñas, falsas o reales, meticulosamente cuidadas y con cita en la esteticién cada 15 días para “arreglar” cuando nos crecen, es obviamente un asunto de mujeres. Esto es otro sumidero de tiempo y dinero exclusivamente nuestro, como teñirnos, pasar horas al secador, cuidándonos los rizos o alisándonos el pelo; como echarnos mil cremas y depilarnos piernas, axilas, bigote, barba, cejas y hasta brazos. Como el láser, como la cera, como la anticelulítica y el antiage. Ellos pueden comerse las uñas, morderlas y escupirlas, ni siquiera tienen que tenerlas especialmente limpias, mucho menos relucientes las 24 horas del día. Pero resulta que somos nosotras, en nuestra inmensa mayoría, quienes cogemos la fregona y la exprimimos, quienes cogemos el estropajo y quitamos la grasa de las sartenes. Somos nosotras quienes más pañales cambiamos, quienes más alimentos cortamos y cocinamos, quienes vamos más al súper (suerte sacando la calderilla de la cartera con uñas de 5 cm).
Hablamos de nuestras manos, nuestros dedos, nuestro día a día, necesarias durante 365 días al año. “Arreglarse” las uñas es un símbolo de feminidad impuesto por el sistema. Igual que los tacones. Hemos hablado tanto de los tacones, del elemento de tortura que significan para nosotras, que nos duelen, que nos joden los gemelos, que nos impiden huir, que es lo primero que nos quitamos al llegar a casa. La necesidad que nos han creado de llevar las uñas decoradas, impolutas, exactamente iguales entre ellas en longitud, en calidad, en perfección es exactamente lo mismo que el mandato de llevar tacones.
Hay incautas que solo se “arreglan” las uñas cuando van a un evento importante, como una boda. Exactamente el mismo momento en el que hacen todo lo demás: peluquería, depilación, tacones. Cuanto más importante el evento, más incómodas. Cuanto mejor hay que pasárselo, supuestamente, menos libertad de movimiento. ¿Por qué? Porque todo está pensado para que sean ellos quienes disfruten: y nosotras nos “arreglamos” para que la mirada masculina se recree. Puedes ser consciente de esto o no, pero el patriarcado no nos deja lugar a dudas: tienes que estar perfecta no sólo para el ojo ajeno, sino para las fotos que quedarán: y entran en juego tus propios ojos, que te observan bajo el prisma patriarcal.
Desde la antigüedad, las uñas han sido un marcador de estatus social y belleza. Y esto es otra: que Rosalía lleve las uñas de 15 centímetros e incrustaciones de cristales para un videoclip es algo que nada tiene que ver contigo y tus quehaceres diarios, pero el matrimonio capitalismo-patriarcado nos ha hecho creer que es ideal, conveniente y hasta bello copiar esta moda. Las uñas largas eran símbolo de riqueza y ocio, como decíamos, por ejemplo en la China Imperial. Las mujeres de la clase alta se dejaban crecer las uñas y las pintaban (e incluso las protegían con fundas específicas para uñas) para demostrar que no trabajaban. Por desgracia, las cosas que han inventado las clases altas de todas las épocas para diferenciarse del resto de mortales ha sido luego copiada por esos mortales, replicando dichos modelos, sabiendo o sin saber que fueron creados expresamente en base al odio que los de arriba tienen a los de abajo. Un cuento triste ese.
El patriarcado, que todo lo absorbe, lo mastica y lo escupe en forma de regalo deseable, ha cogido el término “auto-cuidado” y lo ha comercializado. Por eso, pasar la mañana en un centro de estética poniéndote uñas falsas, pesadas y que, literalmente, te joden los dedos, es considerado como una mañana de “auto-cuidado”. Más bien, lo que ocurre después de una sesión de manicura y pedicura (que aquí también hay pasta, pero en su mayoría en verano, que es cuando la gente nos ve los pies) es que te quitas un ítem de la lista de la carga mental. El alivio que sentimos al “arreglarnos” las uñas es poder olvidarnos de una cosa que tenemos que hacer. Nos hemos dado 15 días de no mirarnos las manos y pensar: “madre mía, cómo tengo las manos, a ver si encuentro tiempo”. Y, eso, ese alivio, ese mirarnos el pegote puesto encima de nuestras uñas reales, eso se llama presión social para adherirse a los estándares de belleza que marca el sistema que nos jode la vida. Porque la dimensión económica no puede ser ignorada y nos plantea otro elemento: se ha creado un estándar de belleza que es alcanzable para algunas, pero inalcanzable para la mayoría por motivos económicos. Ha ocurrido siempre y seguirá ocurriendo: eres más o menos válida en base a cuán bella eres, y la belleza implica mucho dinero. Quitarse las manchas del sol periódicamente y buen maquillaje, uñas perfectas, pelo teñido y bien cuidado, buenos productos, peluquería, estética, cremas… como mínimo. Y cuantos más años cumples, más dinero necesitas.
En definitiva, incluso en algo tan pequeño como una uña, se reflejan las complejidades y dificultades de haber nacido con vagina en un mundo pensado por y para las necesidades y deseos de los que nacieron con pene.
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